9 de mayo de 2021
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Por Gonzalo Duque Escobar Ecorregión Cafetera: evaluación ambiental del territorio

1 de mayo de 2021
1 de mayo de 2021

Por: Gonzalo Duque-Escobar*
Quehacer Cultural

Para empezar, el Paisaje Cultural Cafetero de Colombia, territorio que comprende 340 mil hectáreas de la zona rural en 858 veredas cafeteras ubicadas en el trópico andino, a pesar de ser declarado por la UNESCO en 2011 patrimonio de la humanidad, lo que representaría una oportunidad para hacer de dicho instrumento un factor de desarrollo rural integral, no ha podido resolver las disrupciones socio-ambientales del paisaje, bajo los atributos de esta declaratoria; veamos: este territorio se ha sumido en una profunda crisis durante el último medio siglo, como consecuencia de la implementación de un modelo de monocultivos de base química asociado a la Revolución Verde, cuyas condicionantes tecnológicas y financieras terminaron, por: 1- generar procesos migratorios; 2- fragmentar los ecosistemas y arrasar el sombrío; 3- desmantelar la agricultura autárquica tradicional; 4- favorecer un modelo agroindustrial de dependencia tecnológica; y 5- favorecer la vulnerabilidad del territorio al cambio climático.

Esta lectura del territorio que trata de las complejas y frágiles relaciones dialécticas de simbiosis y parasitismo, entre las comunidades que habitan la ecorregión y sus frágiles ecosistemas con su particular estructura ecológica de soporte, y de las condiciones de los activos naturales y bienes culturales de la ecorregión, subraya los desafíos que tenemos para hacer de nuestro territorio un “constructo cultural”, bajo las dos siguientes premisas: primera, como contexto general, un espacio geográfico en sí no es el territorio, entendido éste como una construcción social e histórica, donde la cultura es el fruto de la Interacción de dos sistemas complejos: el natural y el social, por lo que el medio ambiente que inicialmente es un medio fundamentalmente natural, gracias a la cultura puede ser transformado y constituirse en un medio paranatural ecológicamente sólido; y segunda, el Paisaje Cultural Cafetero como sistema de producción adaptado a las laderas del trópico andino, sumado a los ríos Cauca y Magdalena con sus  comunidades de pescadores y ecosistemas de tierra cálida, y nuestros páramos y reservas forestales protectoras que se ubican entre el bosque andino montano alto y el paisaje de glaciares, como bienes patrimoniales son tres territorios diferenciados sujetos de derechos bioculturales, y no simples espacios con valiosos recursos objeto de explotación para satisfacer los apetitos del mercado.

Cultura y Territorio

Para entender la ecorregión cafetera, el Museo Samoga ha propuesto una visión en la que se interpreta el carácter biodiverso y pluricultural del territorio, recurriendo a una analogía con los cuatro elementos aristotélicos, así: con el mundo de la Tierra, Pachamama, se recoge el occidente minero con Anserma, Marmato, Supía y Riosucio, como un lugar de marimbas, resguardos, carnavales y negritudes; con el mundo del Agua, Bachué, se describe la subregión magdalenense con su patrimonio hídrico excedentario, y como tierra de ranchos de hamacas, chinchorros, y subiendas, donde sobresalen la historia de los champanes y vapores y de la Expedición Botánica; con el mundo del Aire, Yuruparí, se alude a la tierra del aroma del café, del bahareque de guadua y de las chapoleras, por los corredores de la colonización antioqueña donde sobresalen, además de Aguadas, Salamina y Neira, poblados emblemáticos del Quindío, Risaralda y el norte del Valle; y finalmente, con el mundo del fuego, Chiminigagua, se describe la alta cordillera con sus volcanes, cóndores, bosques de niebla y palmas de cera, donde encontramos los páramos de la Mesa de Herveo con sus caminos empalizados que llevan a las fértiles tierras de San Félix-Murillo-Roncesvalles.

En la subregión minera de la vertiente occidental del cañón del Río Cauca, lugar donde existen vestigios de la cultura Umbra diferente a la Embera y aún viva, España explotaba la mina aurífera más grande del orbe en el siglo XVI, localizada en Quiebralomo donde existían dos parcialidades indígenas vecinas al lugar: Cañamomo y La Montaña, que explican a Riosucio como el núcleo cultural más relevante del territorio y de la artesanía folclórica más añeja de la ecorregión, mientras que la historia de Marmato es en últimas la de la expoliación minera por extranjeros que se llevaron la riqueza, quedándole a los marmateños únicamente la pobreza. Similarmente, por la región magdalenense, donde la hidrovía fue a lo largo de cuatro siglos y medio el principal medio de transporte en Colombia, encontramos no solo este eje que representa la historia del desarrollo nacional, sino también un escenario estratégico para implementar el transporte intermodal de la Región Andina, gracias a las potencialidades de este río que reclama la recuperación de sus humedales ya degradados y el regreso de la subienda casi desaparecida. En cuanto a los corredores cafetaleros, cuya consolidación se da gracias a la Colonización del Siglo XIX, se hace evidente la necesidad de restablecer los derechos bioculturales para ordenar acciones interinstitucionales conducentes a un desarrollo rural integral compatible con la cultura ancestral cafetera y aprovechar las opciones del territorio, mediante la generación de bienes y servicios ambientales en el marco del bioturismo, y la implementación de la agroforestería. Y por último, sobre la alta cordillera donde se imponen los desafíos del páramo y del bosque altoandino por el cambio climático, urge preservar el PNN de los Nevados y las Reservas Forestales del territorio, por ser fundamentales para la conservación de la biósfera como hábitat de especies endémicas y en peligro de extinción, y por la importancia de los servicios ambientales cuya estabilidad depende de la condición de los ecosistemas, como soportes de la funciones reguladora del patrimonio hídrico y del clima.

Ecosistemas y bosques

Sea esta la oportunidad para hacer dos llamados: el primero, sobre el deterioro de nuestros bosques andinos y selvas tropicales como una situación que también afecta al país, consecuencia de la deforestación y del comercio ilegal de la madera, entre otras acciones que se constituyen en severa presión antrópica sobre estos frágiles y vitales ecosistemas; y el segundo, el panorama de la guadua, planta emblema de Caldas y recurso fundamental nativo de la región andina, que por sus múltiples usos en el hábitat rural y urbano, se constituye en un elemento estructurante de nuestra cultura y en una impronta del paisaje de la ecorregión cafetera colombiana, ya que de 12 millones de hectáreas (ha) preexistentes hace 200 años, sólo quedan 50 mil ha en Colombia y 20 mil ha en la ecorregión cafetera. Si en Colombia la tasa anual de deforestación en 2020 fue de 75 mil ha, también en la ecorregión cafetera, un territorio biodiverso que alberga al 7% de las especies de plantas y animales del país, donde el paisaje estuvo dominado por bosques, ahora sólo se conserva menos del 20% de dicha cobertura.

Pero el drama va más allá, así como en Colombia de una extensión de 9,7 millones de ha de bosques de niebla, solo queda el 25%, y en extensión los bosques secos que llegaron a tener similar cobertura se han reducido al 8%, similarmente en el Eje Cafetero, donde los paisajes están dominados por potreros, cafetales, plantaciones forestales, plataneras y cañaduzales, también la deforestación sistemática y el uso conflictivo del suelo, al lado de la infraestructura y el uso de agroquímicos, les pasa factura a los ecosistemas boscosos. Según Alma Mater, en 2002, de un potencial del suelo que es del 4% para potreros, dicha cobertura llegó al 49%; de un potencial del suelo para usos forestales del 54%, los bosques del territorio sólo llegaban al 19%; y de unos usos agrícolas y agroforestales cuyo potencial es del 21% y 20% en su orden, la cobertura agrícola apenas llegaba al 30%, sin que podamos dar cifras importantes evidenciando cambios estructurales para el actual momento, ya que la anterior realidad pareciera persistir, y con ella la vulnerabilidad de este escarpado, territorio, en el cual con sus cuencas deforestadas no podremos preservar el agua y la biodiversidad para enfrentar las demandas del Cambio Climático.

Agua y Clima

Si en materia de acuíferos para toda la ecorregión cafetera, además del extenso valle del Magdalena como gran reservorio, están los valles del río La Vieja por la vertiente del río Cauca, cuyo potencial de agua subterránea se asocia con el glacis del Quindío, el valle del Risaralda y la zona de Santágueda; en cuanto al sistema subterráneo sobresalen las zonas de recarga de las áreas cordilleranas de páramo y sectores vecinos de gran cobertura boscosa, o las regiones del Oriente caldense donde la copiosa precipitación explica un patrimonio hídrico excedentario, susceptible de aprovechamientos hidroenergéticos responsables. Además, en este territorio verde donde existen conflictos severos entre uso y aptitud del suelo y los eventos extremos por el calentamiento global acechan, se debe avanzar en el ordenamiento de las cuencas, emprender acciones de adaptación al cambio climático, asegurar el suministro de agua potable y preservar los frágiles ecosistemas. Pero a la mega-minería que amenaza los ecosistemas andinos y al agua en toda la alta cordillera, y ha desestructurado el patrimonio cultural del occidente caldense en Marmato – Riosucio, se debe sumar la problemática de los ríos de las capitales cafeteras, afectados por vertimientos residenciales e industriales, y en menor grado por la huella hídrica gris de la actividad cafetera; razón por la cual entre los 10 ríos más degradados de Colombia por esta problemática, aparecen el Chinchiná, el Quindío y el Otún. Como principio debe plantearse que mientras el oro y el carbón como recursos pueden ser explotados, el agua y el suelo como soporte de la biodiversidad, son un patrimonio.

Igualmente, la ecorregión cafetera, tiene en el cambio climático uno de los mayores desafíos socioambientales para su desarrollo: según los escenarios del IDEAM (2011-2100), si en Colombia donde para la zona Caribe y Oriental prevalece un solo clima, y en la Andina se presenta un clima bimodal, con el cambio climático se calentarían menos las zonas de relieve montañoso de la Región Andina (2 ºC a 3 ºC), y más las regiones de la Costa Norte, Orinoquia y Amazonia (3 ºC a 4 ºC); para la ecorregión deberemos considerar las migraciones altimétricas en los pisos térmicos equivalentes a 700 m por cada °C de cambio en la temperatura, afectando las zonas de vida ya que esto gravitará desfavorablemente dada la fragmentación de nuestros ecosistemas. Y respecto a las lluvias, que a nivel nacional se incrementarán en las zonas de montaña entre un 10 y 40%, y que también se reducirán entre un 10 y 40% en la costa norte, en el archipiélago de San Andrés y en la Amazonía, nuestra ecorregión tendrá los mayores desafíos: para fin de siglo la precipitación podrá aumentar entre un 30% y 40% en el pie cordillerano, desde Villamaría y Manizales hasta Salamina, al igual que en Pereira, Quinchía y Santuario, y en menor grado en Quimbaya y Filandia.

Epílogo

Para comprender los conflictos socioambientales y orientar la gestión del hábitat en la ecorregión cafetera, resulta fundamental partir de los derechos bioculturales que amparan tanto a las comunidades como a los ecosistemas del territorio, a la luz de las trascendentales decisiones que ha tomado la Corte Constitucional de Colombia sobre la materia. Lo anterior también obligará a comprender el territorio para enfrentar una crisis estructural que se explica por un modelo de desarrollo como el que conocemos en el sector cafetero, donde la suerte de los pequeños poblados cafetaleros dependerá de la salud del suelo y del agua, del sombrío para la biodiversidad, como también del bioturismo sumado a la venta de servicios y bienes que expresen nuestro patrimonio cultural y natural.

Adicionalmente en la ecorregión, estos temas como también el de los páramos y humedales, incluso el de la explotación industrial excesiva que ha diezmado los bosques de galería que han sido objeto de una tala severa, y también las zonas de reserva y protección vitales para comunidades y ecosistemas vulnerables amenazados, son relevantes por una razón: si desconocemos el carácter mestizo del territorio, invisibilizando el fundamental aporte cultural de nuestras comunidades negras e indígenas tal cual ha ocurrido antes con un propósito perverso de “blanquear la raza”, terminaremos por desconocer el aporte fundamental de las comunidades ancestrales sobre la forma en que debemos relacionarnos con la estructura ecológica y los biomas del frágil territorio para no presionarlos ni degradarlos.

* Museo Interactivo Samoga. Manizales, abril 23 de 2021.