14 de mayo de 2021
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Borrar huellas de la historia

1 de mayo de 2021
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
1 de mayo de 2021

Es noticia que la comunidad indígena misak derribó la escultura de Sebastián de Belalcazar, icono de la ciudad de Cali, por cuanto en palabras de una de sus autoridades: reclaman la historia y que se cuente la verdad, que no es otra de que este personaje es un genocida que les despojó de sus tierras.

¿A qué Historia es a la que fuerzan entrada?

La Historia, en singular no existe. Son muchas las historias, muchas las versiones de los sucesos, y ninguna es la verdadera, esto era un anhelo al que ya no se aspira. La historia es un proceso inconcluso, abierto, siempre controvertible.

Nadie está en capacidad de recuperar el pasado tal cual sucedió. Nadie es el ojo de Dios que todo lo puede abarcar. La realidad de lo ocurrido es siempre más compleja que la que puede avizorar el narrador más perspicaz. Quien cuenta, no percibe todos los hechos, escoge entre ellos, olvida algunos, asume intencionalidades, les da brillo u opacidad, según su inclinación.

George Orwell, en tiempo de la Segunda Guerra Mundial, expresó que la historia es la que escriben los vencedores. Esa es la historia oficial. Lo más parecido a ella, entre nosotros, fue la de Henao y Arrubla, de la que nadie se acuerda. Ignacio Torres Giraldo, tan cercano a nuestra región, fue un activista político, en Los Inconformes, quiso rehacerla desde el punto de vista de los oprimidos, obra que pocos conocen. Jaime Jaramillo Uribe, orgullo de nuestra localidad, se inclinó a contar la historia desde la perspectiva del pensamiento, del liberalismo clásico. Indalecio Liévano hizo un examen crítico que nos mostró otra cara de la Colonia, la crueldad de la Encomienda y de la Mita. German Colmenares asumió la mirada económica y con el marco teórico de la ideología académica tan propia de los ambientes académicos de los setenta y ochenta, repasó nuestra historia, con particular interés la de su tierra, en Cali: Terratenientes, Mineros y Comerciantes.  Y qué decir de las profusas y valiosas interpretaciones de nuestra historia hecha por los colombianistas, los americano, británicos y franceses y sus alumnos, que han dedicado sus reflexiones a ofrecer interpretaciones de nuestro pasado. Es hoy, a los historiadores y a la academia, a quienes les toca contar la historia. Ahí están a disposición de los lectores sus versiones. Cada uno asume la propia, según su talante y criterio. El gobierno toma a conveniencia, = no lo podría hacer si fueron esclarecidas judicialmente= versiones sobre determinados eventos o circunstancias, y las hace oficiales.

Los misak quieren meter su versión en la historia por la puerta de la violencia. Esa ha sido la gran tragedia de nuestro país, haber instituido a la violencia como instrumento político. Primero como herramienta para rotar las élites regionales, y luego, como ideología expresa de quienes desde mediados del siglo pasado pregonan a revolución. De la afirmación de Marx de la violencia como partera de la historia, hicieron un programa político, que se opone a un proceso civilizatorio de vivir en una sociedad en paz, regida por los derechos humanos.

Derribar monumentos es un acto que puede tener profundas significaciones, el juicio a los ídolos, la revisión de la historia, la escogencia de los símbolos de identidad, pero estas son enturbiadas por la violencia con la que se expresan. Y no ganan mérito porque sean réplica o eco, de lo que acontece en otros rincones del continente, con el busto de Colón, objeto de mutilaciones, con la escultura de Pedro de Valdivia decapitada y su cabeza puesta a los pies de Caupolicán.

Las formas violentas se niegan la posibilidad de protestar contra la agresión que les representaba el Belalcazar ecuestre del Morro de Tulcán, que además de ser emplazado en terrenos sagrados indígenas, se hizo sustituyendo al cacique Pubén, cuya escultura se dispuso allí instalar, se encomendó hacer, se entregó, y se hizo desaparecer. Que esculquen de las autoridades para abajo, como cuando se perdió la custodia de Badillo.

Está abierto el debate, que lo propicien, para revaluar el nombre y obra de Sebastián de Belalcázar, pero admitiendo de entrada que, si reclaman respeto por su versión, también respeten las de los demás. Belalcazar, como protagonista de la Conquista se incorpora a nuestra historia, de múltiples maneras, y su actuación resiste muchas lecturas. La del exterminio de la población indígena, la de fundador de pueblos, en su relación con la desaparición de la cosmovisión indígena, y con la propagación de la fe católica. Incluso se ha de tener en cuenta a William Ospina, prestarle oídos a sus sugerencias sobre nuestro progreso de no haber sido suplantada la cultura indígena por la española. Pero como eso no fue así, sino que somos fruto de un mestizaje, ya no estamos en condiciones de rehacer nuestra historia desde la utopía racial de un pueblo meramente blanco, meramente indígena, meramente afrodescendiente.

Y si se quiere que la historia en un futuro cuente la versión que proponen los indígenas, no padezca esta del estigma de haber sido fruto de una falsificación, no se debe proceder a   borrar huellas, ocultar hechos quemar documentos, silenciar testigos, destruir monumentos.

Hoy nos dolemos de la hoguera que Diego de Landa hizo en Maní, con los Códices Mayas. Privó a la humanidad de conocer la riqueza de la cultura y literatura de esa cultura precolombina.

¡Claro que sí, que no todos los eventos se pueden equiparar! Pero también es cierto que tienen común racero. Los autores de la destrucción son fieles creyentes de estar combatiendo el Maligno: el opresor, el conquistador, el hereje, el enemigo.

Y tienen de común el proceder con actos materialmente destructivos, y que son expresiones, aún lo sea en ciernes, de una vocación al totalitarismo, a suprimir las versiones del otro, y ello sucede cuando un grupo decide si el fundador de una ciudad ha de ser o no símbolo de ella.

Es en la cancha de la razón, de la que se retiran los violentos, en donde se debe discutir cuales monumentos de la ciudad deben encarnar la identidad de la ciudad. Si se ha de remover el Cerro de Cristo Rey, espantar al Gato y a sus novias, desmontar a Sebastián.