19 de junio de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Besar la tierra que ella pisó

Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
8 de mayo de 2021
Por Carlos Alberto Ospina M.
Por Carlos Alberto Ospina M.
Comunicador Social-Periodista. Especialista en Producción Audiovisual. Profesor universitario, investigador social y columnista de opinión en diferentes medios de comunicación.
8 de mayo de 2021
Ramón Ospina y su señora esposa, Eufemia Macías

Absurdo tratar de redimir en una celebración comercial lo que no se hizo en el tiempo de vida. Desde el vientre los seres humanos captamos diversas sensaciones que nos ubican en un nivel de relación con el mundo exterior. Es elemental plantear que, durante la gestación, el nutriente físico, emocional y existencial pende de la madre. De aquí para allá distintas realidades ciertas y varias aprensiones en el marco del turbado mundo del relativismo rampante.

Cuatro meses atrás disfrutaba de mamá terrenal quien, a los 29 años de edad, cargaba con la responsabilidad y la satisfacción de criar ocho hijos, 5 mujeres y 3 hombres, los menores. El 28 de agosto de 1950, en la Iglesia de Nuestra Señora del Sagrado Corazón de Medellín, la quinceañera contrajo matrimonio con mi padre, Ramón Ospina Marulanda. Eufemia, nació y saboreó, el germinar de su adolescencia en el Municipio de San Jerónimo al occidente del departamento de Antioquia.

Siendo la mayor de 9 hermanos descubrió, a las carreras, que su belleza despertaba envidias y asaltaba la inquietud de los espabilados jóvenes del pueblo. Por eso, dos compañeras del colegio que, no toleraban su modestia y serenidad, al terminar las clases se agazapaban para lanzarle mamoncillos e insultar a la lozana niña. “¡Qué culpa tenía de haber sido una mona muy linda!, porque yo era rubia, hijo”, comentaba refiriéndose al color del pelo de mi hermano fallecido, Juan Ramón.

Mi mamá quedó marcada gracias a los paisajes, los olores y los sabores del campo. Su obsesión por la textura de la carne del cerdo criollo y el chicharrón bien salado, algo que heredó mi hermana difunta, Luz Marina; partía de la imagen del tocino envuelto en hojas de platanillo y colgado de una pita encima del fogón de leña. La inofensiva jornada comenzaba a las 4 de la mañana con un balde y una cantina metálica, en la cual depositaba la leche de unas cuantas vacas que facilitaban el sustento a la familia.

“El quesito no sabe a nada. ¡Quesito, el que yo hacía! Fui criada con eso y me comía uno diario”, estos pensamientos fueron su estribillo, incluso, la nefasta fecha que perdió el gusto y el olfato a causa del Covid. En la habitación del hospital no tuve el valor de decirle que era consecuencia del abominable virus. Al fin y al cabo, los papeles se invirtieron. El suscrito, su séptimo hijo, le proporcionaba las comidas, le cambiaba el pañal y permanecía en vela cuidándola a todas horas. Le dolía, entre otras cosas, el efecto de la enfermedad en la falta de control de esfínteres. A sus ochenta y cinco años nunca usó pañal, y siempre fue una mujer autónoma en todos los sentidos.

¡Tan echada pa’ lante! Que no se resignó a esperar la libra de arroz y el par de panela que su esposo, obrero de Coltejer, traía al finalizar la tarde. Ella, averiguaba y compraba recortes de telas para confeccionarnos la ropa, vendía cremas y obleas con el fin de que el alimento reposara encima de la mesa. A medida que la prole crecía nos enseñaba la preparación original de las viandas caseras. A pesar del barullo y las torpezas infantiles, nos estimulaba: “tienen que aprender de todo en la vida”.

Mi mamá disimuló las ocurrencias de mi papá. En un cuarto de 3 x 4 metros cuadrados sobre un capote y una muleta, a semejanza de colchón, dormían mis dos hermanas mayores, a la par que se acurrucaba para amamantar a la tercera de turno. Los desechos del sanitario del segundo piso se filtraban por las paredes del reducido espacio y la privacidad mudaba de lugar.

“Cuando vi entrar a su papá con una cornada en la mandíbula y ensangrentado todo el cuerpo, le dije: ‘esto no es vida’ y le señalé con la mano cómo estábamos viviendo”. Mi padre asintió moviendo la cabeza y a reglón seguido respondió: “Mija, tienes toda la razón, perdóname”. Esa noche él renunció al anhelo de ser torero y, entró de lleno en el periodismo y la publicidad, sus dos grandes pasiones.

Con su primera máquina coser, marca Singer, remendaba prendas y diseñaba cortinas. Así mismo, aprendió a tejer con hilo y nylon; forjó manteles y carpetas decorativas; experimentó el arte francés y la ebanistería; practicó yoga y floricultura; planchaba la ropa de la tropa y almidonaba los cuellos de las camisas; entre una infinidad de actividades cotidianas que no restaban calidad a la diversión. Las penurias dejaron ver las virtudes de una mujer recursiva que, con sus manos benditas, revivía las matas avejentadas y daba forma perfecta a las arepas, después de levantarnos a moler el maíz. Nos ponía a separar la cuajadura producto de las mazorcas y a sudar la gota amarga revolviendo la paila con la natilla sobre las brasas de madera seca.

El secreto de los buñuelos ha pasado de generación en generación al igual que el bizcocho de novia, la torta casera y el cucayo del hogao con arroz blanco. Mi mamá organizó su huerta de pancoger, puesto que gustaba del sazón natural u orgánico. De ningún modo, faltó el recetario del presbítero Eugenio Arias Álzate, las hierbas medicinales y los secretos de las plantas que, de vez en cuando, ayudaban a curar los diferentes malestares de salud. De acuerdo con las fases de la luna, cultivaba o podaba los árboles, y no permitía, coger frutos cítricos a plena luz del sol, “porque los apesta”.

A finales de los años setenta estuvo de moda “desmochar” el pelo con el artefacto conocido como “peluchín”. Mamá nos sentaba en un taburete y comenzaba la tala con la expresión contundente: “¡qué es la quejadera!”. A esta silla de tortura solo la superada el barbero del parque de Bolívar con su insólita rapada y el mechón colgando. Ni el helado de ron con pasas quitaba la resaca de aquella motilada infame.

De niños nos calmaba el malestar del sarampión a punto de colada y de aceite de hígado de bacalao. Ahora en la adultez buscaba nuestro bienestar a base de sábila, miel, limón y naranja agria.

Mi madre cursó hasta tercero de bachillerato, octavo en la actualidad; no obstante, fue una lectora incansable de los clásicos de la literatura universal y asidua televidente de los noticieros internacionales. Leyó en dos oportunidades la historia del héroe cervantino “Don Quijote de la Mancha”. Ningún tema le resultaba grande y a manera de pantomima, cuestionaba el reducido lenguaje de algunos jóvenes que objetan con el adjetivo: “literal”.

Ella, sí utilizó el significado exacto de cada palabra, supo reproducir el amor imperecedero, dio testimonio de existencia espiritual y defendió la real dimensión de la familia. No es el segundo domingo de mayo “el día de la madre”, sino cada instante que anida en nuestra mente y en nuestro corazón que, a veces, canta de alegría por haberla tenido y en infinidad de ocasiones, clama al cielo por no estar aquí.

Enfoque crítico – pie de página. ¡Tiempo de fortuna alegrar a la mamá!