16 de mayo de 2022
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Re-significación de símbolos históricos de Manizales

21 de mayo de 2021
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
21 de mayo de 2021

La Asociación Cívica Centro Histórico Manizales de corta vida y palpables realizaciones, promueve un proyecto de acuerdo municipal, para llenar de historia el Centro, darle al pasado un presente viviente, asociando las calles de la ciudad a nombres de personajes o de eventos que se suponen merecen ser recordados. Para el efecto, impulsa un Acuerdo del Concejo Municipal que reedite las normas que fueron expedidas en 1864 por esa misma corporación.

Un Acuerdo que pretenda imprimir en las paredes de las esquinas nombres que evoquen el pasado, tiene como propósito consolidar una memoria colectiva, forjar el imaginario de la ciudad. No se trata solo de repasar la historia. Aquí hay que hacer una labor que sería un anatema para un historiador, hay que juzgarla. El derecho a la memoria otorga legitimidad para revisar la historia y calificar moralmente los sucesos. Los historiadores nos ofrecen una comprensión del pasado, lo interpretan a partir de la atmósfera mental – término acuñado por Marc Bloch – reinante en la época que examina, pero no hacen juicioso de valor sobre las actuaciones de los personajes.

Lo que se plasma allí, en el Acuerdo de 1864, es la imagen que los manizaleños tenían de si, los acontecimientos que le marcaban su corta historia. Fundadores que todavía caminaban sus calles, guerras de las que todavía estaban humeantes los cañones, y maravillados con la toponimia que apenas aprendían.

El pasado no es una realidad inmutable, va cambiando de aspecto conforme al tiempo transcurre. Los sucesos y los personajes se empequeñecen o adquieren dimensiones formidables vistos a mayor distancia, o se disuelven, el Cauca dejó de ser estado, y soberano, y hostil.

Con el transcurso de las décadas la Colonización Antioqueña ha tomado los contornos de una epopeya, así la han llamado algunos, que traducido a un lenguaje menos literario es la de la mayor empresa que en nuestra patria se emprendió en el siglo XIX.  De esta gesta notable perdura docenas de pueblos fundados sobre en las estribaciones de la Cordillera Central. El de Manizales se constituyó en un hito, y por ello sus fundadores son dignos de reconocimiento.

Así entonces, que Victoriano, José Joaquín y Antonio María Arango, Marcelino Palacio, y Antonio Ceballos, sean nombres que se recuerden cuando se transite por las calles del centro, es una merecida exaltación a los fundadores y la ciudad.

Pero, esa lista ha de ser vista desde la contemporaneidad, debe explicar la ausencia de otros expedicionarios fundadores, que eran veinte. Y ninguna será suficiente para dejar por fuera a Don Fermín López pionero de los asentamientos desde  Arma hasta Cartago.

No hay duda que, para cuando se expidió aquel acuerdo municipal, la atmósfera estaba cargada de soldadesca y fusiles, y batallas recién libradas, en las que, de seguro, participaron jóvenes de El Sitio. Los sentimientos de victoria, o de derrota, o de duelo, marcaron el que se hubiera tomado los nombres de las batallas de Santo Domingo, Yarumal, y de Tulcán.

Los inicios de la década de los sesenta del siglo antepasado fueron convulsos. Mosquera, prototipo del caudillo, movilizó al sur caucano contra el gobierno de Ospina Rodríguez. La única revolución triunfante que se instaló en el solio de Bolívar, se tomó la capital sin poder sin controlar al Estado de Antioquia, que siguió insurrecto. No valió que Mosquera, ya presidente, y los constituyentes de la carta de Rionegro, se trasladaran a ese bastión conservador.

El telón de fondo de esta lucha era el de los librecambistas contra los proteccionistas; a su alero los centralistas –  habían perdido el pulso con la Constitución de 1858-, contra los federalistas. Los motores, caudillos y élites regionales de los Estados Soberanos que componían la Confederación Granadina. La gasolina una falsa guerra religiosa, entre un pueblo, todo creyente, fueran conservadores, gólgotas, draconianos, o radicales. Los jefes locales Braulio Henao, Cosme Marulanda con el estandarte católico se batieron con mal suceso contra los liberales venidos del Estado de Bolívar, en Santo Domingo; fueron insurgentes y se enfrentaron al gobierno del Estado de Antioquia y lo derrocaron en Yarumal –el Cascajo-; celebraron que el jefe conservador Arboleda hubiera contenido a los ecuatorianos que reclamaban para si la provincia de Pasto.

Estas batallas son hoy escaramuzas menores y dolorosas, derramamiento de sangre fraterna, representativas de un mal mayor, el poco respeto por la democracia, la inclinación por la solución violenta, midiendo armas, enfrentamientos de territorios que han lastrado el desarrollo económico.

La esponsión merece ser recordada, como ejercicio de entendimiento para superar la guerra. Mosquera para derrocar a Ospina Rodríguez quiso proteger sus espaldas, sometiendo a Antioquia. Avanzó hasta las goteras de Manizales, el Observatorio, de donde fue repelido por las fuerzas locales comandadas por los generales Braulio Henao y Posada Gutiérrez, lo que obligó a los contendientes a una sponsio, promesa solemne, por la que el uno se retiraba al Cauca y el otro le conseguía una amnistía del gobierno. Ospina no la aprobó, y Mosquera quedó libre de un compromiso que talvez no iba a cumplir.

Los colonos venidos del sur de Antioquia tuvieron que enfrentar dos problemas mayúsculos. Desbrozar la montaña, y atender pleitos ante las autoridades de la república, este rasgo gravoso para los colonos y vergonzoso de la política de distribución de tierras.

Elías Gonzales y Luis Gómez de Salazar –abogado de colonos, luego su azote-  fueron un lastre para la colonización. Un pasado fardo que tuvieron que cargar los colonizadores. Aquellos hicieron una empresa inmobiliaria de una concesión de tierras cuya legitimidad se discutía, recibieron el favor real, pero no sembraron una mata de maíz. Y los linderos ambiguos, el nacimiento del rio Pozo, el cauce del Rio Chinchiná, los aprovecharon para ensanchar la concesión a su conveniencia.

La Concesión de Aránzazu es una estampa de la sociología del poder que hay que recordar, ojalá así fuera, para enterrar. Un sistema de reparto de tierras por favoritismos personales, engendraba un gobierno clientelar,  terreno propicio para confabulaciones e intrigas, en las que triunfaban personajes con capacidad para traficar influencias, -Aránzazu era rico, cosmopolita, empresario, con carabelas para navegar en el Caribe-, que podían organizar la elite de abogados criollos, para obtener sentencias a favor (1824), declarar la existencia de la Parroquia de Salamina (1825), conseguir leyes que refrendaran sus privilegios (1853), para hacerlas valer contra los colonos pobres, imponiéndoles el pagar por lo que habían conseguido con su esfuerzo.

Los nombres de las calles deben ser escogidos paciente y colectivamente, que los habitantes de hoy los sientan como suyos, una selección ilustrada por la historia, y animada por un espíritu generoso, que distribuya el honor sin exclusiones y compresivo de todo nuestro pasado. No pueden quedar por fuera, por ejemplo, los hechos y personajes que hicieron de Manizales centro de la vida cultural del país, hace cien años.