10 de mayo de 2021
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Un zahorí citadino

Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
9 de abril de 2021
Por Pablo Felipe Arango
Por Pablo Felipe Arango
Abogado, experto en servicios públicos. Lector. Librero. Catedrático en universidades de Manizales. Ornitólogo aficionado.
9 de abril de 2021

Mi amigo Igor me escribió a WhatsApp: “Hoy mientras me bañaba observé un hilo de agua que escurría por una de las paredes, enseguida pensé que se trataba del calentador del agua que está encima, en el segundo piso. Verifiqué que había una pequeña rotura del tanque, el resto fue neutralizar toda la parte eléctrica, cerré la entrada del agua fría al tanque y abrí todas las llaves del agua caliente para desocupar el tanque y evitar la inundación. Buscar el técnico que desconectará todo el sistema, labor que termino hacia las 7, mañana salir a comprar un nuevo equipo y esperar el sábado a que el técnico venga a instalarlo. Son las contingencias del vivir diario…”.

Justo ese día Carolina me contó que en el apartamento de abajo hay una filtración de agua en el techo del baño de una de las habitaciones, que, sin lugar a duda, proviene de nuestra cocina. Me dijo además que están haciendo todos los esfuerzos por encontrar el lío desde abajo, es decir, rompiendo el techo del baño. ¿Qué tal si no la encuentran?, pregunté, tendrán que levantar el piso de la cocina, respondió. No quise pensar más en el asunto, como si dejándolo a un lado se fuera a resolver por sí solo.  A la mañana siguiente fui a la cocina descalzo, a hacer café, y sentí, como lo he sentido en otras ocasiones, que ciertas baldosas estaban tibias, mientras que otras no. Supuse que el suelo de la cocina es una especie de entramado de tuberías de aguas relativamente complejo, y que seguro no tendremos un plano que detalle con cuidado por dónde van unas y otras. Esa idea me hizo recordar el temor que me provocó, hace también pocos días, saber que por una de las paredes de mi biblioteca pasa otra tubería. La posibilidad de que estalle o simplemente comience (como en algún momento tendrá que comenzar) a gotear y a humedecer la pared y luego la madera y después los libros, me mantiene en un estado de alerta extraordinario, que exacerbó primero el mensaje de Igor, y luego las noticias de Carolina.

El escritor norteamericano John Updike escribió en un formidable cuento, que leí hace más de treinta años: “Siempre pensamos que somos lo que pensamos y vemos, cuando en realidad no somos sino sacos erectos de tripa. Pensamos que hemos comprado espacio habitable y vistas, cuando en realidad hemos comprado un laberinto, una historia, una arqueología de cañerías, de intersecciones, de sifones, de válvulas”.

Apenas pude pregunté a mi amigo por el estado de su catástrofe. Dio cuenta entonces, con su proverbial minuciosidad, de las gestiones que ha tenido que hacer antes de volver a contar con agua caliente para el baño. Desde comprar un nuevo calentador, hasta adquirir un sinnúmero de tuberías, codos, acoples y llaves, y obviamente conseguir al fontanero. Imagino a Igor sentado en una silla al frente del hombre, escuchándolo hablar de su trabajo con la pasión que caracteriza a los fontaneros, y que Updike, sin temor, comparó con la de los poetas; de tal manera que el trabajador, que además habrá acudido un domingo, como se lo pidió Igor, para no interrumpir su visita del sábado a la librería, habrá “suspirado” frente a algún problema resuelto o por resolver, y habrá mirado a su patrón temporal tal “como los poetas, con un ojo —miran— al auditorio”.

Alguno dirá que Updike exageró con aquella comparación, y habría que estar de acuerdo, si es que el opositor supone que los fontaneros son más sensibles y perceptivos que los poetas, porque nunca menos. Un fontanero, es decir, uno de aquellos que hace arreglos menores pero urgentes, que compone lo descompuesto, es un zahorí citadino y moderno, una especie de arqueólogo innato, que tiene la capacidad de descubrir los fantasmas que vamos dejando en las casas que habitamos, y que “solo nosotros podemos ver”, como sugiere el cuentista norteamericano. Nosotros y luego él, cuando lo llamamos de urgencia, a veces a horas —o en días— inimaginables.

Y verá el fontanero ese saco, también erecto, de tripas, que es nuestra casa, y con ellas la intimidad del espacio que vamos creando a través de nuestra presencia y con nuestra mera habitación, porque una casa no lo es hasta que se habita y comienzan a quedar en ella los vestigios vitales, y casi siempre inmundos, que habrán de sobrevivir en los resquicios que no alcanzan a limpiarse, o en las esquinas que aún, años después, siguen sobreviviendo desconocidas u olvidadas, tal como la última letra de la palabra “librería” que pusimos en la ventana de nuestra primera casa, con el fin de guiar a los mensajeros, y que allí sigue, aun cuando hace muchos años la vendimos.

Igor habrá debatido con su fontanero las minucias de la instalación de su nuevo calentador, los detalles del desfogue, el orden y la rectitud de las tuberías, que en su caso habrán quedado perfectas. Al final el calentador habrá calentado el agua y la tubería misma y hasta las paredes y pisos de la casa, como sucede en mi cocina. Luego Igor, en su siguiente baño, habrá mirado nuevamente hacia el techo por donde apareció el inesperado hilo de agua, añorándolo, porque ese terrible daño hizo evidente que la casa sigue conectada a él, exigiéndolo, pidiendo que nuevos rastros suyos queden grabados en sus rincones.

Manizales, 9 de abril de 2021