16 de mayo de 2021
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Recordando a gaitán

12 de abril de 2021
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
12 de abril de 2021

En 1946 Jorge Eliécer Gaitán se había convertido en el líder natural del Partido Liberal y todos sabían que sería el próximo presidente de Colombia. Era un dirigente carismático, con un discurso impactante, y sus consignas calaban en los sectores populares. En muchas regiones se venían produciendo asesinatos selectivos; solo en 1947 hubo cerca de 14.000 mil muertos. En su papel de jefe único Gaitán se empeñó en denunciar la ola de violencia en Boyacá, Santander y en otros departamentos. Ante el silencio del gobierno, dirigido por Mariano Ospina Pérez, convocó al pueblo a la Marcha del Silencio, para el 7 de febrero de 1948. Desfilaron por la carrera séptima 50.000 personas, no se oía ni un grito; se concentraron en la Plaza de Bolívar para escuchar el discurso de Gaitán, dirigido al presidente Ospina. El alto gobierno quedó impresionado con esta manifestación, porque producía terror ver a miles de personas en absoluto silencio. La prensa hizo énfasis en el poder de Gaitán sobre el pueblo. Se dice que este día las llamadas “fuerzas oscuras” decidieron su muerte.

La Marcha del Silencio en Manizales

la concentración política en la capital de Caldas se inició a las cuatro de la tarde de ese 7 de febrero con una extraordinaria movilización de fuerzas populares; participaron los dirigentes liberales Guillermo Londoño Mejía, Ernesto Arango Tavera, Luis Jaramillo Montoya y Marco Giraldo Sanín, quienes orientaron a los liberales para que se reunieran en la Plaza de Bolívar, frente a la Gobernación. Aquí llevaron la palabra Álvaro Campo Posada, Camilo Mejía Duque, Juan Crisóstomo Montoya y Pedro Nel Jiménez. Se desarrollaba el acto político y salían de los pasillos de la gobernación numerosos saboteadores a gritar abajos al liberalismo y vivas a Laureano Gómez. La policía protegía la puerta principal de acceso a la gobernación y los agentes secretos mostraban sus revólveres en forma amenazante. Había interés en sabotear la manifestación desde el propio Palacio Departamental; cuando el acto se disolvía y los participantes se dirigían a sus casas, salió una persona del Palacio, esgrimió un machete y agredió a varios manifestantes, pero los agentes de policía lo detuvieron y lo llevaron a la Gobernación. Sobre este asunto informó el diario La Mañana, lo siguiente:

En estos momentos, desde el Palacio de la Licorera, en construcción, se hicieron los primeros disparos sobre la multitud, que ocasionaron el primer herido. Los liberales, entonces, retrocedieron hacia la esquina de la gobernación donde se hallaba situado el almacén de Hijos de Liborio Gutiérrez. Entonces empezó el abaleo desde la propia gobernación.

De las mismas ventanas de la oficina del gobernador Muñoz Botero y desde el Puente de los Suspiros se hicieron varios disparos, que rebotaron contra el pavimento y ocasionaron más heridos. De allí en adelante siguió el abaleo general. Los particulares conservadores, que en semanas anteriores habían sido armados por la policía de Caldas, y la propia policía desde la planta baja de la gobernación, lanzaron sobre la multitud un fuego graneado en todas direcciones.

Cuando agonizaba el día, los dirigentes liberales fueron enterados de una cifra de nueve muertos y más de 20 heridos. Pero las noticias de la manifestación liberal de Pereira informaban de cuatro muertos y 22 heridos. En horas de la noche una comisión del Directorio Liberal de Caldas, integrada por Federico Mejía, Ramón Marín Vargas y Efrén Lopera, visitó al gobernador, Alfonso Muñoz Botero, para exigirle el desarme y acuartelamiento de la policía, la destitución de su comandante y el nombramiento de un investigador. El gobernador se defendió anotando que los liberales se acercaron en forma hostil a la gobernación con el propósito de atacarla y que fue entonces cuando la policía tuvo que disparar para defender la propia vida.

Al día siguiente viajaron a la capital de la república Otto Morales Benítez y Guillermo Rivera Cardona, delegados por el Directorio Liberal Departamental, con el fin de informar al doctor Gaitán y al presidente de la República sobre el desarrollo de los acontecimientos en Manizales y Pereira. La escalofriante noticia tuvo amplia difusión. El Tiempo publicó en titulares de primera página:

Los sucesos de Caldas. Plena responsabilidad tiene el gobernador Alfonso Muñoz B. Morales Benítez y Rivera Cardona relatan el atropello. Si hubiera ocurrido el asalto a la gobernación, por lo menos un muerto ha debido quedar en ella. Las víctimas quedaron regadas en diversos lugares de la plaza. La policía había sido armada desde antes de la manifestación. Los discursos fueron serenos.

El día 9 hubo paro cívico en Pereira y Manizales y el pueblo pedía la destitución del gobernador. Gaitán viajó a Manizales y pronunció su último discurso sobre la paz y sobre el dolor colectivo. La Oración por los Humildes, en el cementerio San Esteban, terminó con una frase bellísima: “Compañeros caídos en la lucha, vuestra sombra es la mejor luz en nuestra marcha”.

El Bogotazo

El 9 de abril de 1948, a la una y diez minutos de la madrugada, Gaitán estaba terminando la defensa del teniente Jesús María Cortés, del Batallón Ayacucho de Manizales, quien asesinó a Eudoro Galarza Ossa, el director del periódico La Voz de Caldas. El proceso se inició en la capital de Caldas pero fue trasladado para Bogotá para brindarle garantías, porque se trataba de un militar y podía ser absuelto. Los mandos medios del ejército sufragaron todos los gastos. Cuando Gaitán terminó la intervención pidió la absolución, alegando que había obrado en legítima defensa del honor del ejército, al ultimar de dos disparos al periodista. A las dos de la madrugada los jueces entregaron el veredicto; el fallo fue absolutorio en todo. Las barras gritaron de emoción y sacaron a Gaitán en hombros. Este fue su más importante triunfo como penalista.

Al medio día estaba reunido en la oficia con algunos amigos y cuando salieron del edificio recibió tres disparos que acabaron con su vida. La primera reacción de quienes escucharon los balazos fue perseguir al asesino; Juan Roa Sierra se convirtió en un trofeo para la multitud, que marchó hacia la sede del gobierno. El pueblo enfurecido buscó otros blancos que representaban el poder: el ministerio de Relaciones Exteriores, donde debía estar Laureano Gómez, el ministerio de Justicia y la Gobernación. El ataque al Palacio Arzobispal significaba el repudio a la jerarquía católica, que había tomado partido al lado de la extrema derecha.

El gobierno de Ospina estuvo a punto de ser derrocado, pero se sostuvo porque el Ejército se mantuvo leal; por su parte los dirigentes liberales no supieron aprovechar la oportunidad: no apoyarlo hubiera sido suficiente. Ospina Pérez se asustó demasiado por el levantamiento popular y les propuso a los dirigentes liberales un gabinete de unión nacional; la fórmula fue aceptada. De este modo los jefes contribuyeron al apaciguamiento de los ánimos del enfurecido pueblo liberal. Y el acuerdo bipartidista sólo duró un año, porque el sectarismo y los afanes hegemónicos acabaron con la coalición. En ese momento se desató el sangriento período conocido como La Violencia.