11 de mayo de 2021
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Hernán Alejandro Olano ¿Quién mató a Gaitán?

9 de abril de 2021
9 de abril de 2021

Por: Hernán Alejandro Olano García

El viernes 9 de abril de 1948, a la una de la tarde, cuando salía del edificio <Agustín Nieto>, rumbo al Hotel Continental a almorzar[, en compañía del abogado Plinio Mendoza Neira[2], quien, al decir de Mariano Ospina Hernández, era un “hombre en extremo parcializado y violento. Había liberalizado a Boyacá en el gobierno de Olaya Herrera y tratado de liberalizar al Ejército en el gobierno de López Pumarejo”.

A pasar frente al café “El Gato Negro”, fue asesinado de tres disparos el jefe liberal Jorge Eliécer Gaitán, dueño de una “vida apasionada y febril”, quien con su “cara mestiza llena de sudor, el pelo abundante disciplinado con gomina, el acento áspero, a veces sarcástico, de la clase popular bogotana” , apodado por muchos como <El Negro>, por otros como <el Lobo> y otros más antipáticos lo denominaban <El Badulaque>, lo cual no era óbice para decir que era también “un civilista que se negó a tomarse el poder por vías no democráticas, y no tardó en surgir la bala tiránica que acabó con su vida, produciendo la más grande frustración de la Colombia republicana”.

Varias personas habían tenido premoniciones sobre su muerte, incluso, Cecilia de González, secretaria del doctor Gaitán, cuando éste salía de su oficina a medio día del fatídico 9, le dijo: “cuídese doctor Gaitán” y él le contestó: “Déjese de pendejadas”. Tres disparos cambiaron la historia de Colombia. El reloj de Gaitán se detuvo a la una y cinco. Se lo llevaron a la Clínica Central, a unas cuantas cuadras de allí, aún con vida, pero con pronóstico reservado. “Un grupo de hombres empapaban sus pañuelos en el charco de sangre caliente para guardarlos como reliquias históricas… Las cuadrillas de limpiabotas armados con sus cajas de madera trataban de derribar a golpes las cortinas metálicas de la farmacia Nueva Granada, donde los escasos policías de guardia habían encerrado al agresor para protegerlo de las turbas enardecidas…”.[9]

No encontrándose en la casa presidencial, Ospina subía en vehículo oficial por la calle octava rumbo a la carrera 7, cuando un taxi de color rojo quiso emboscarlo, lo cual precipitó la salida de palacio de un pelotón de soldados para contrarrestar la acción que pretendía ese hombre desconocido que frenó violentamente sin que pudiera chocar con el carro del presidente. En ese instante, el general Rafael Sánchez Amaya, director del Ejército, acompañado por el mayor Iván Berrío se acercaron a la ventanilla del vehículo e informaron al Primer Mandatario acerca de lo ocurrido, a lo cual respondió: “Hay que proceder enérgicamente, pero los soldados de Palacio sólo deben disparar cuando se les haga fuego por parte de los atacantes”.

La noticia de la muerte de Gaitán partió en dos la historia de Colombia y produjo un desbordamiento de la muchedumbre en la capital y en todo el país, pero Ospina Pérez, resistió heroicamente en el palacio de La Carrera (hoy Casa de Nariño), donde no quiso cambiar de posición su escritorio, no obstante, las vidrieras que lo ponían a boca de tiro de los maleantes.

Las personas que en primer lugar llegaron a Palacio y lograron ingresar una vez conocida la noticia, fueron: “los señores Ministros del Despacho, doctores Eduardo Zuleta Ángel, Evaristo Sourdis, Fabio Lozano y Lozano, José María Bernal, José Vicente Dávila Tello y Joaquín Estrada Monsalve; los señores Secretarios Rafael Azula Barrera y Camilo Guzmán Cabal; los doctores Camilo de Brigard Silva, Luis Javier Mariño y Guillermo Garavito Durán; las señoritas secretarias Cecilia Piñeros Corpas y Belén Arbeláez López; las señoritas Lalita Guzmán y Ángela Hernández, esta última hermana de doña Bertha; el Bibliotecario señor José Francisco Roa y los servidores habituales de Palacio. Esto con respecto a los civiles, y en cuanto a los militares, el General Miguel Sanjuán, secretario del ministro de Guerra; el coronel Carlos A. León, comandante del Batallón Guardia Presidencial; el Mayor Iván Berrío, jefe de la Casa Militar; los edecanes Capitán Germán Uribe y teniente Jaime Carvajal y los oficiales Mayor Alfonso Meneses, Capitán Alejandro Londoño y teniente Alejandro Ruiz Holguín; Héctor Orejuela y Silvio Carvajal. El General Sánchez Amaya, estuvo durante las primeras horas, pero después hubo de atender los importantes deberes a su cargo, en distintos sitios de la ciudad”.

Allí, en palacio, don Luis Cano instó al presidente para abandonar la sede del gobierno debido al peligro que corría, Ospina pronunció la histórica frase «Para la democracia colombiana vale más un presidente muerto que un presidente fugitivo».

Negándose Ospina a aceptar la idea de Laureano Gómez de constituir una Junta Militar. Esa frase, es parecida a la de Cicerón “Mejor morir haciendo frente a los enemigos que dejarse matar”, Ut cum dignitate potius cadamus quam cum ignominia serviamus. Incluso el mismo Ospina, en 1973 señalaba: “si yo hubiera abandonado el palacio con cualquier pretexto, y en cualesquiera circunstancias, la desmoralización y el desaliento habrían cundido entre sus bravos defensores, cuyo mayor estímulo en la lucha consistía en mi presencia y la de mi señora en el Palacio de Nariño y en nuestra firme resolución de resistir hasta el fin, corriendo toda clase de riesgos”.

Y más adelante agrega el presidente Ospina:

“Se impartieron, pues, las órdenes para defender el edificio palmo a palmo. Todos, inclusive mi esposa y mi cuñada y las valientes señoritas de la secretaría se alistaron para hacer uso de las distintas armas disponibles y yo manifesté que ocuparía el escritorio presidencial porque deseaba, si el instante supremo había de llegar, morir en el sitio habitual de mis actividades presidenciales”.

Volviendo a las calles bogotanas, Roa Sierra, el supuesto agresor material, suplicó casi sin voz que no lo dejaran matar; “tenía el cabello revuelto, una barba de dos días y una lividez de muerto con los ojos sobresaltados por el terror. Llevaba un vestido de paño marrón muy usado con rayas verticales y las solapas rotas por los primeros tirones de las turbas. Fue una aparición instantánea y eterna, porque los limpiabotas se lo arrebataron a los guardias a golpes de cajón y lo remataron a patadas… el cadáver desfigurado a golpes iba dejando jirones de ropa y de cuerpo en el empedrado de la calle… Al cuerpo macerado sólo le quedaban el calzoncillo y un zapato… la turba siguió de largo hasta el Palacio Presidencial, también desguarnecido. Allí dejaron lo que quedaba del cadáver sin más ropas que las piltrafas del calzoncillo, el zapato izquierdo y dos corbatas inexplicables anudadas en la garganta”, por las cuales fue arrastrado por las calles.

Creo que Roa Sierra, desempleado con cuarto de primaria, hijo de Encarnación Sierra, el número trece de los catorce hijos de esta mujer, fue puesto en la escena del crimen por algunos centavos; llevaba ochenta y dos de ellos en su pantalón. No considero del todo creíble la versión de García Márquez sobre el perfil del criminal de acuerdo con las versiones de la madre del presunto criminal: “Ella declaró que desde hacía unos ocho meses se habían notado cambios raros en el comportamiento de Juan. Hablaba solo y reía sin causas, y en algún momento confesó a la familia que creía ser la reencarnación del general Francisco de Paula Santander, héroe de nuestra independencia, pero pensaron que sería un mal chiste de borracho”.

Aunque se dice que el autor material del magnicidio fue Juan Roa Sierra, hubo por lo menos dos atacantes; precisamente, un policía de apellido Potes fue quien organizó el crimen que cambió la historia de Colombia, tal vez ese era el hombre del vestido gris, que García Márquez nunca pudo reconocer. Se cree incluso que hasta la CIA y el FBI tuvieron una participación importante en los sucesos de ese día. Sin embargo, la tercera versión la escuché el 23 de diciembre de 2016 de la voz autorizada de Miguel Santamaría Dávila, quien aseguró haber visitado en Miami a del Pino, quien aseguraba que él, Enrique Ovares y Fidel Castro, habían sido los tres autores materiales del crimen, disparando al tiempo revólveres calibre 38. Santamaría Dávila confrontó esas versiones siendo Embajador de Colombia en Rusia, cuando por un par de días develaron los archivos secretos de la KGB; su teoría es que Stalin quería atravesarse a que se impusiera en Colombia el Plan Marshall. El general Marshall no tuvo duda alguna de que el bogotazo había sido una obra de Moscú. Mientras que los comunistas “respondieron acusando tanto del asesinato de Gaitán como del levantamiento consiguiente “al imperialismo y a las oligarquías”. Con menor vaguedad, se ha culpado también a la entonces recién creada CIA, Agencia Central de Inteligencia del gobierno norteamericano”.

Alfonso López Michelsen, “para quien toda la historia eran líos de faldas, hasta la guerra con el Perú” y, un poco ligero en sus apreciaciones y, no sé si con el fin de desviar la responsabilidad de los verdaderos culpables, frente a la acción material y directa de Juan Roa Sierra, decía:

“… mi versión es que Roa Sierra, el asesino material de Gaitán, era un pobre diablo desquiciado. Tenía un gran complejo de inferioridad, pero se conquistó a la mujer de un cartero, lo cual le subió considerablemente el ego, aunque con tan mala suerte que surgió un tercero en disputa y la mujer se fue con él. Roa Sierra le hizo una escena típica de celos en la cual ella, como toda mujer que despide a su amante, lo mandó a freír espárragos, ante lo cual el pobre diablo contestó:

– Aunque me crea un pendejo, usted se acordará de mí toda la vida.

(…)

Yo presumo que la intención original de Roa Sierra fue suicidarse para poder aparecer en El Tiempo, pero quien sabe en qué momento el magnicidio le pareció más importante y se suicidó matando a Gaitán.

(…)

Fue entonces cuando empleé la frase de que había sido una cuestión de faldas y eso sacó de casillas a la familia de Gaitán, que insiste en que fue un crimen ordenado por Ospina Pérez a través de un coronel llamado Virgilio Barco, tocayo de nuestro Virgilio, que era el director de la policía. La familia sostiene que Virgilio Barco estaba sentado en un café viendo que se ejecutaran sus órdenes, y que luego el gobierno tapó todo. Yo no creo, ni hay ninguna prueba de que Ospina fue el autor intelectual de la muerte de Gaitán. Más aún: lo que yo creo es que no hubo autor intelectual”.

El anterior párrafo, extractado de López Michelsen, es tachado de falso por Mariano Ospina Hernández, pues el coronel Barco “llegó después del asesinato y quedó de enviar más policías, pero lo cogieron en la Dirección y de allí nunca pudo volver a salir”.

El gran contradictor de la derecha conservadora y liberal era Jorge Eliécer Gaitán, ya se había pronunciado en la gran marcha del Silencio del sábado 7 de febrero de 1948, “su asesinato es un acto político, pues su movimiento, definido de corte populista, llama al pueblo a movilizarse por sus reivindicaciones y a confrontar a las clases dominantes. Sus cuestionamientos giran en torno a los problemas de la democracia y el nacionalismo, de ninguna manera pretenden realizar transformaciones drásticas en el sistema de propiedad, tampoco constituyeron una opción socialista”.

Pero como opositor de la derecha, “su lenguaje revanchista, sus feroces ataques contra la oligarquía… (Hicieron que con él) no se registre fenómeno comparable en la historia de la demagogia popular colombiana”.

La muerte de Gaitán hizo que muchos aprovecharan el desorden liberando a los presos de las cárceles La modelo y La Picota y saqueando los principales almacenes de la ciudad; “gentes beodas y desfiguradas por la emoción y por el alcohol, mujeres llorosas y ladronzuelos descarados, agentes de policía desertores y tímidos, que por temor al linchamiento se han despojado a medias del uniforme, artesanos con picas, hachas, azadones, peinillas. Abrigos mink, mantas de colores, piezas de telas, botellas, libros arrojados a la calle, sombras y luces, como en una pesadilla impresionista”,como lo señalaba Abelardo Forero Benavides. Pero también “se produjo el fenómeno del “resaqueo”, es decir, el delito cometido por funcionarios públicos que iban en busca de lo saqueado y se quedaban con lo obtenido”.

En lo político, por ejemplo, desde <El Tiempo>, el escritor Jorge Zalamea quiso reunir a los más notables liberales de izquierda para constituir la Junta Revolucionaria de Gobierno que habría de sustituir a Ospina Pérez. En otros lugares del país, esas Juntas Revolucionarias crearon milicias populares, “reemplazaron transitoriamente a la autoridad central estatal y a la municipal; depusieron alcaldes y comandantes de Policía, rectores de colegios, directores de prisión y nombraron sus reemplazos”, principalmente en: Medellín, Antioquia; Barrancabermeja, El Socorro y Puerto Wilches en Santander; Ibagué, Líbano, Honda, Santa Isabel, Chaparral, Armero, Natagaima, Villarrica y San José de las Hermosas en Tolima; Armenia, Pereira, Palestina y Chinchiná en la región del Viejo Caldas; Riofrío, Caicedonia, Buga y Zarzal en el Valle del Cauca; puerto López y Villavicencio en el Meta; y, Yacopí, Fusagasugá, Anolaima y Cachipay en Cundinamarca.

Jorge Eliécer Gaitán, nacido en Manta, Cundinamarca, el 23 de enero de 1898, cuando su madre ejercía allí la docencia, era “moreno, el mentón voluntarioso, la boca grande, el cabello espeso y negro, el rostro mestizo, de rasgos enérgicos, que a la luz de los reflectores adquiría una dureza metálica. Tampoco pude olvidar aquella voz suya, a veces lenta, maliciosa o sarcástica, golpeando las palabras con un acento que era el mismo de la llamada <chusma bogotana>”. Y agrega Plinio Apuleyo Mendoza, que a Gaitán se le podía describir como: “aquel líder moreno y colérico, hijo de un pequeño comerciante que vendía libros de segunda mano y una maestra de escuela”, es decir Eliécer Gaitán Otálora, dueño hasta haberse quebrado, de dos almacenes de miscelánea frente a la plaza de mercado del barrio Egipto y Manuela Ayala Beltrán, quien previamente había estado casada con Domingo Forero. “Del primer matrimonio tuvo un hijo, también Domingo, quien se fue para Panamá y, con el tiempo, desapareció”; don Eliécer y doña Manuela tenían también otros hijos Manuel José, Ana Leonor, Rosa María, Miguel Ángel, José Antonio y Rafael María.

García Márquez lo consideraba el héroe de su infancia, pues alguna vez lo vió en Zipaquirá pronunciando un discurso y escribió: “…me impresionó su cráneo con forma de melón, el cabello liso y duro y el pellejo de indio puro, y su voz de trueno con el acento de los gamines de Bogotá, tal vez exagerado por cálculo político”; Gaitán “pertenecía a tal estirpe… como si la tierra y la atmósfera de su gente le transmitiera un mensaje poderoso e inalterable”, agregando García Márquez, que el dirigente político tenía: “voz metálica y deliberado énfasis arrabalero”, que caracterizaba su retórica: “esta tradición de retórica bien puede contribuir a la continua propensión colombiana a la violencia política: sataniza al enemigo, polariza las fuerzas y puede ser utilizada por cualquiera de los dos lados de la división partidista o los tres, si se incluye, como debería hacerse, la izquierda marxista en todas sus formas. El liberal Jorge Eliécer Gaitán fue uno de sus más ilustres practicantes, pero no el único: el conservador Laureano Gómez también distinguía una oligarquía liberal”.Y agrega más adelante: “Con Gaitán la temperatura política llegó a niveles muy altos. Él y Gómez fueron oradores y demagogos formidables, que ahora podían llegar a sus seguidores directamente a través de la radio, sin intermediación de los políticos locales. Gaitán desde sus primeros pasos en la política había tenido un excepcional atractivo para los sectores populares de ambos partidos, pero las circunstancias de la coyuntura y las realidades básicas de las lealtades políticas colombianas determinaron su decisión de culminar su carrera como jefe liberal”.

La descripción de Gaitán se complementa por lo dicho por Arias Trujillo, al advertir sobre el caudillo, que “su violencia retórica contra las clases privilegiadas contrasta con algunos hechos de su vida privada. En varios aspectos, Gaitán intentó imitar a la oligarquía, quizá incluso quiso hacer parte de ella. Sus elegantes y finos trajes, su matrimonio con una mujer blanca de la “alta sociedad” antioqueña, el costoso barrio en el que residía, sus reiterados esfuerzos por ser aceptado en los clubes sociales más prestigiosos de Bogotá dejan al descubierto una faceta que no encaja del todo con sus furiosas diatribas contra la oligarquía”.

Previamente había sido novio por largo tiempo de Leticia Velásquez Restrepo, hija del novelista Samuel Velásquez. Ella narra parte de su noviazgo con Gaitán, así: “…Se fue para Europa y me escribió, religiosamente, cada semana. Regresó confiado en que la sociedad y los políticos le abrirían las puertas. No fue así. Tuvo que librar su batalla contra opiniones y prejuicios siempre adversos a él. Me contaba todo. Se reflejaba en él una niñez amarga. Nuestros amores, para él, fueron un refugio. Pero a Jorge Eliécer le pasaba lo que a los aprendices de patinadores: se agarran de todo cuando se van a caer. Cuando aprendió a patinar, hablábamos por teléfono, nos veíamos donde las amigas o tomábamos el té en el Ritz o en el Regina. Estábamos distanciados por la situación en casa. No caía bien. Me fui para Europa. Cuando volví, las cosas se arreglaron. Sin embargo, a Jorge no le importaba sino la gloria”.

El líder liberal, miembro de número de la Academia Colombiana de Jurisprudencia, había cursado estudios de derecho en la Universidad Nacional y gracias a la sociedad que fundó con su medio hermano Manuel José, que era médico, con quien tenía en San Victorino la droguería <<Venecia>>, logró financiar el doctorado en derecho penal en Italia, bajo la dirección de Enrico Ferri, “una de las figuras más importantes de la escuela italiana socio jurídica, quien no sólo influyó su práctica como abogado penal, sino su pensamiento y actividad política”. En Italia, Gaitán “se sintió seducido, por el espectáculo que ofrecía el fascismo, por su teatralidad, por el manejo de las masas, por las grandes manifestaciones, por la elocuencia de la que hacían gala Mussolini y compañía”.

De estas diversas apreciaciones recogidas, así como del testimonio escrito por el propio Ospina Pérez en 1973 a través de la prensa escrita, quedan muchas preguntas e incógnitas, como las que sobre los misterios del “colombianazo”, como por ejemplo, que el diario comunista de Barquisimeto, Venezuela, titulado El Popular; el mismo 9 de abril, publicó un aviso, siete horas antes del asesinato de Gaitán, que decía así: “Adelanto a la edición de mañana 10 de El Popular: Asesinado Jorge Eliécer Gaitán en Bogotá, Colombia. El hecho se produjo a la salida de la sesión plenaria de la Conferencia Panamericana. Reacción violenta se registró a lo largo de Colombia. Rómulo Betancourt en las calles con los estudiantes de la Revolución Colombiana”. Incluso se cuenta que Rómulo Betancur, a quien se le atribuye alguna culpa en la organización de la revuelta, dijo al ingresar al Hotel Granada: “Este pueblo de borrachos, por embriagarse hizo fracasar la revolución”.

La muerte de Gaitán ya estaba maquinada, incluso en emisoras de Barranquilla, Barrancabermeja y Ubaté ya se había anunciado a las doce del día, una hora antes del atentado, el fallecimiento del político liberal.

Otras de esas incógnitas sobre el crimen, las formuló el general Álvaro Valencia Tovar:

“¿Por qué Roa Sierra fue ultimado salvajemente, en vez de entregado a la autoridad policial, que no tardó en aparecer en la escena del crimen?

¿Por qué la radio de Barquisimeto, en Venezuela, lanzó al viento la noticia del asesinato algo así como media hora antes de que ocurriera?

¿Por qué camiones con bidones de gasolina aparecieron poco después del desencadenamiento de ira y dolor que siguió a la noticia de la muerte del caudillo, ocurrida en una clínica cercana hacia las tres de la tarde? Sin ese combustible, la ciudad colonial de gruesos muros de adobe y mampostería no se habría convertido en cenizas y escombros humeantes.

¿Por qué desde el primer momento se quiso inculpar al presidente Ospina Pérez, arrastrando el cadáver en harapos del asesino hasta la entrada del Palacio de Nariño? ¿Se quiso presentar así el magnicidio como un crimen de Estado?

(…)

La emisora Nueva Granada a través del Noticiero <<Últimas Noticias>>, dirigido por Rómulo Guzmán, se convirtió desde el momento en que voló la noticia del atentado en un insensato instigador a la venganza revolucionaria. Consignas bárbaras como las de arrebatar de las ferreterías cuantos instrumentos pudieran utilizarse como armas iniciaron el pillaje que desbordó el objetivo primario, para convertirse en saqueo embravecido del comercio, en tal forma que se desvió el propósito revolucionario, rompiendo sus cauces iniciales en una generalización descontrolada de robos y violencia”.

Todas esas razones anunciaban la proximidad de la desgracia, una guerra imparable durante muchas décadas.

[1]           Estaba previsto compartir mesa con Jorge Padilla, Alejandro Vallejo y Pedro Eliseo Cruz.

[2]           Plinio Mendoza Neira era un boyacense con las virtudes de su gente: inteligencia beligerante; vocación de alineación; fidelidad a las ideas; sentido histórico, que era herencia normal de la evolución de sus luchas. MORALES BENÍTEZ, Otto, prólogo, en: MENDOZA, Plinio Apuleyo. El País de mi Padre. Planeta, Bogotá, D.C., 2013, p. 12.

[3]           El comentario se encuentra al margen, escrito a lápiz en la versión original de este texto, por el doctor Mariano Ospina Hernández en febrero de 2018.

[4]           LLERAS RESTREPO, Carlos. De la República a la Dictadura. Testimonio sobre la política colombiana. Colección la Línea del Horizonte. Planeta Editorial, Bogotá, D.C., 1997, p. 100.

[5]           MENDOZA, Plinio Apuleyo. El País de mi Padre. Op. Cit., p. 83.

[6]           GALEANO, Eduardo. Colombiando. Palabras sentipensantes sobre un país violento y mágico. Selección y presentación Renán Vega Cantor. CEPA Editores-Librería Pensamiento Crítico, Bogotá, D.C., 2016, p. 91.

[7]           OSPINA, William. Colombia, donde el verde es de todos los colores. Literatura Mondadori, Bogotá, D.C., 2013, p. 16.

[8]           BRAUN, Herbert. Mataron a Gaitán. Vida pública y violencia urbana en Colombia. Punto de Lectura-Alfaguara, Bogotá, D.C., 2013, p. 397.

[9]           GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Vivir para contarla. Op. Cit., p. 335.

[10]        OCAMPO MARÍN, Héctor. Mariano Ospina Pérez, el presidente. Op. Cit., p. 191.

[11]        Así llamada porque los jóvenes jinetes santafereños hacían allí carreras de caballos.

[12]        OCAMPO MARÍN, Héctor. Mariano Ospina Pérez, el presidente. Op. Cit., p. 192.

[13]        OCAMPO MARÍN, Héctor. Mariano Ospina Pérez, el presidente. Op. Cit., p. 194.

[14]        OCAMPO MARÍN, Héctor. Mariano Ospina Pérez, el presidente. Op. Cit., p. 194.

[15]        GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Vivir para contarla. Op. Cit., pp. 336-337.

[16]        GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Vivir para contarla. Op. Cit., p. 347.

[17]        MENDOZA, Plinio Apuleyo. El País de mi Padre. Op. Cit., p. 94.

[18]        SANTOS MOLANO, Enrique. El día que mataron a Gaitán, en: CREDENCIAL HISTORIA. El 9 de abril. Edición 195, marzo de 2006, p. 4.

[19]        GALEANO, Eduardo. Colombiando. Palabras sentipensantes sobre un país violento y mágico. Op. Cit., p. 101.

[20]        CABALLERO, Antonio. Historia de Colombia y sus oligarquías. Op. Cit., pp. 362-363

[21]        Comentario de Mariano Ospina Hernández escrito al margen en el manuscrito original de este texto en febrero de 2018.

[22]        LÓPEZ MICHELSEN, Alfonso. Palabras pendientes. Conversaciones con Enrique Santos Calderón. El Áncora Editores, Bogotá, D.C., 2001, pp. 30-31.

[23]        Comentario de Mariano Ospina Hernández escrito al margen en el manuscrito original de este texto en febrero de 2018.

[24]        GIRALDO, Fernando. Sistema de partidos políticos en Colombia. Centro Editorial Javeriano CEJA, Colección Biblioteca del Profesional, Bogotá, D.C., 2003, p. 31.

[25]        VALENCIA TOVAR, Álvaro. Los presidentes que yo conocí. Op. Cit., p. 119.

[26]        OCAMPO MARÍN, Héctor. Mariano Ospina Pérez, el presidente. Op. Cit., pp. 207-208.

[27]        TORRES DEL RÍO, César Miguel. Colombia Siglo XX. Desde la guerra de los Mil Días hasta la elección de Álvaro Uribe, p. 155.

[28]        TORRES DEL RÍO, César Miguel. Colombia Siglo XX. Desde la guerra de los Mil Días hasta la elección de Álvaro Uribe, p. 155.

[29]        Otros dicen que en Cucunubá y para otros, su cuna era Bogotá, pues en esta ciudad, en el barrio las Cruces, pues fue bautizado en la catedral y en la partida no se especificó su origen geográfico.

[30]        MENDOZA GARCÍA, Plinio Apuleyo. Entre dos aguas. Narrativa, Ediciones B, Bogotá, D.C., 1ª reimpresión septiembre de 2012, pp. 134-135.

[31]        Testimonio del abogado Carlos Julio Ayala, primo de Gaitán, en: ABELLA, Arturo. Así fue el 9 de abril. Internacional de Publicaciones, Bogotá, 1973, p. 11.

[32]        GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Vivir para contarla. Op. Cit., p. 252.

[33]        POSADA DÍAZ, Jaime. Historia, actualidad y porvenir del liberalismo colombiano. Con mi abuelo Lorenzo María por Alberto Lleras. Tomo II. Ediciones Universidad de América e Internacional Socialista, Bogotá, D.C., 2009, p. 196.

[34]        GARCÍA MÁRQUEZ, Gabriel. Vivir para contarla. Op. Cit., p. 331.

[35]        DEAS, Malcolm. Intercambios violentos y dos ensayos más sobre el conflicto en Colombia, Taurus-Colección Pensamiento. Penguin Random House, Bogotá, D.C., 2015, pp. 48-49.

[36]        DEAS, Malcolm. Intercambios violentos y dos ensayos más sobre el conflicto en Colombia, pp. 114-115.

[37]        ARIAS TRUJILLO, Ricardo. Historia de Colombia Contemporánea (1920-2010). Op. Cit., p. 102.

[38]        ABELLA, Arturo. Así fue el 9 de abril. Internacional de Publicaciones, Bogotá, 1973, pp. 12-13.

[39]        DEAS, Malcolm. Intercambios violentos y dos ensayos más sobre el conflicto en Colombia, p. 91.

[40]        ARIAS TRUJILLO, Ricardo. Historia de Colombia Contemporánea (1920-2010). Op. Cit., p. 95.

[41]        OCAMPO MARÍN, Héctor. Mariano Ospina Pérez, el presidente. Op. Cit., p. 209.

[42]        ZULETA TORRES, Margarita. El Bogotazo y la Novena Conferencia Internacional Americana, en: AA.VV. Agua y Fuego, cincuentenario del 9 de abril de 1948. Op. Cit., p. 112.

[43]        VALENCIA TOVAR, Álvaro. Los presidentes que yo conocí. Op. Cit., pp. 122-123.