18 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Los viajes y el conocimiento global

*Escenógrafa colombiana residente en Buenos Aires, Argentina, graduada en la Universidad de Palermo como Diseñadora de Espectáculos
11 de abril de 2021
Por Vanessa Lya Giraldo Orozco*
Por Vanessa Lya Giraldo Orozco*
*Escenógrafa colombiana residente en Buenos Aires, Argentina, graduada en la Universidad de Palermo como Diseñadora de Espectáculos
11 de abril de 2021

A partir de una clase de geografía podemos ver la gran diferencia entre hablar de los accidentes geográficos del país y visitarlos personalmente. Es mejor y más didáctico recorrer la cordillera caminando, ofrece mayor claridad el aprendizaje adquirido cuando vemos por nuestros propios ojos los valles y los ríos, los mares, las hermosas ciudades y los recursos naturales que cuando lo analizamos en un mapa o carta geográfica.

Por extensión puede aplicarse lo anterior a las demás áreas del conocimiento, las ciencias, las experiencias personales y cómo han influido los viajes al exterior en las perspectivas de vida y visión del mundo. Un viaje puede transformar completamente nuestras vidas y despertar nuevas inquietudes e interesarnos en diferentes conocimientos.

A los grandes exploradores les debe la humanidad los mayores avances y descubrimientos que han hecho posible el progreso y desarrollo en todos los niveles. La tecnología y la ciencia se multiplican en la medida en que se expanden de una región a otra del universo, gracias a los viajeros. No solo las mercancías requieren de un intercambio para multiplicar el comercio, las ideas viajan también. La colonización de nuevas tierras y los viajes a la luna, el conocimiento del espacio sideral ha sido siempre obra de ellos.

En 1492 un viajero infatigable, Cristóbal Colón, en lugar de permanecer pasivo en su continente europeo, tuvo la magnífica idea de buscar las Indias Occidentales, atreviéndose a enfrentar los peligros de mares desconocidos y su osadía permitió el descubrimiento de un gran continente, ejemplo hoy de desarrollo y progreso, con el país más poderoso, Estados Unidos, a la cabeza.

Mis primeros viajes al exterior me produjeron una serie de sensaciones que en su momento no pude comprender cabalmente. La falta de apertura a lo desconocido, cuando creemos que lo sabemos todo, impide la asimilación de lo bello y lo nuevo que en cada momento nos ofrecen las experiencias en el extranjero.

Tanta información novedosa, las presiones del tiempo y los horarios que casi nunca alcanzan para el cúmulo de actividades, no nos dejan pensar y nos convertimos en autómatas, corremos y corremos sin cesar. Al final terminamos cansados, esperamos dormir un poco para continuar la rutina igual al día siguiente. Solamente al retorno del viaje somos conscientes de la importancia y belleza de los sitios visitados.

Analizando detenidamente los itinerarios me percaté del tiempo perdido al no haber aprovechado al máximo las ventajas de tener frente a mis ojos lugares hermosos, paisajes, museos y culturas de regiones lejanas, conocidas anteriormente sólo por los libros y la televisión.

Una honesta autocrítica me permitió abrir los ojos y despertar, ayudándome a tomar conciencia del significado de los viajes y su influencia en el conocimiento global. Por conocimiento global quiero referirme al acercamiento y percepción, por los cinco sentidos, de lo que sucede en el mundo. Aunque los medios de comunicación nos acerquen a los puntos más distantes del planeta y los libros nos permitan acceder a teorías y demostraciones, nada es comparable con la experiencia personal y la dicha que brinda captar, en tiempo y espacio, reales, la belleza y diversidad de los diferentes lugares de la tierra.

No basta con visitar un sitio, pasando por ahí, es importante integrarnos a la comunidad, ganarnos a la gente, indagar por sus costumbres y entenderlas, ampliar la información general sobre el lugar con la que puedan brindarnos sus moradores. Esa maravillosa oportunidad no podemos desaprovecharla, hay que ver, escuchar y gustar.

Nada puede borrar las imágenes grabadas en nuestra mente, vividas en tiempo presente y real. De cada viaje regresamos con más experiencia, adquirida muchas veces de forma imperceptible. Alcanzamos propiedades únicas, ya que lo que llevamos a nuestro interior nadie nos lo puede quitar. El conocimiento del mar, por ejemplo, nos brinda sensaciones imposibles de compartir, es algo tan personal y único que, aunque las expresemos con mucho entusiasmo nunca serán iguales para el que las escucha como para quien tuvo la percepción real.

Disponemos, después de haber viajado, de argumentos suficientes y valederos para adoptar una posición con puntos de vista claros y concretos. Los conocimientos adquiridos en los libros y en forma virtual, la teoría en general, son muy importantes y hasta igualmente válidos, pero nada es comparable al gran abanico de posibilidades que ofrecen los viajes. De ellos pueden surgir relaciones interpersonales importantes, intercambio comercial y cultural, proyectos académicos, una perspectiva de vida diferente, las barreras empiezan a derrumbarse.

Esta percepción es más patente cuando viajamos por segunda vez, la expectativa por viajar la acompañamos con el interés por conocer. Viajar por viajar ya no es la actitud. Es decir, no pasamos desapercibidos ante el país extranjero y sus costumbres, interactuamos con los demás viajeros y con las personas de la región visitada. Esto hace que la experiencia de viajar se convierta en algo muy valioso y productivo.

Interiorizar las experiencias es fácil cuando surgen espontáneamente, sin el afán de responder a una lección o prueba. Aprender deja de ser una actividad aburrida si despierta inquietudes espontáneamente, eso surge en las expectativas permanentes a que se ve expuesto un viajero.

En los viajes aprendemos a movernos solos, adquiriendo formas de actuar, defendernos y sobre todo desarrollando habilidades para comunicarnos en cualquier momento y lugar. A respetar a los demás y aceptar la diversidad, a tener una visión más amplia de la vida, al comprender la integración racial, alcanzando un mayor grado de humanismo y respeto a las creencias y formas de ser de cada cual.

La tolerancia y la paciencia afloran naturalmente, al tener que acomodarnos a las incomodidades y limitaciones que enfrentamos en lugares lejanos, desde el cambio de horarios y su influencia en nuestro metabolismo, las comidas y el clima, sobre todo, cuando vamos del trópico a los lugares que disfrutan de estaciones. Son circunstancias que tenemos que afrontar y vencerlas en cualquier lugar donde nos encontremos.

Esa habilidad la va encontrando el viajero a medida que aumentas sus experiencias y hace de sus vivencias un aliado en su mejoramiento y en el cambio de comportamiento, lo cual repercute incluso en sus relaciones personales y familiares, volviéndose más condescendiente y menos exigente. La relación familiar recibe el beneficio del cambio obtenido en los viajes.

Cada instante es diferente, siempre estamos expuestos a la novedad, la calle recorrida por primera vez puede ser también la última, lo más probable, ese pequeño instante transcurrido en atravesarla puede dejar infinidad de recuerdos. El sitio turístico, histórico o arquitectónico nos brindan informaciones que mañana podemos aplicarlas en nuestra vida o traerlas a investigaciones y ser la respuesta de inquietudes, mucho tiempo sin resolver.

Los diseños en arquitectura e ingeniería encuentran una fuente de alimentación en las visitas a monumentos y obras similares en distintos países, los grandes diseñadores acostumbran salir al exterior a obtener información por sus propios ojos. Las naciones en desarrollo necesitan la información de las más avanzadas, para ello envían a sus dirigentes a traer innovaciones. Lo mismo hacen las universidades con sus profesores, enviándolos a adquirir especializaciones en diferentes campos de la ciencia, en instituciones de educación superior del exterior.

En la medida en que ampliamos nuestro horizonte le damos cabida a mayores conocimientos, haciendo más importante la experiencia de vivir. La quietud y la monotonía estancan, paralizan y deprimen. Salir de la estrechez mental y geográfica es la oportunidad de quitarnos la gran venda que cubre nuestros ojos, y así ver la realidad que nos circunda, desde otras perspectivas, acrecentando el conocimiento, al añadir, al propio, el de los demás.

A través del aprendizaje salimos de la caverna oscura de la ignorancia y emprendemos el viaje hacia la luz, el conocimiento nos despierta, proyectándonos hacia una nueva vida, enterrando el pasado para siempre.

El cuento de la rana del pozo* ilustra claramente el renacimiento, una especie de resurrección, que acompaña el descubrimiento, cuando decidimos dejar atrás el pasado, lo conocido, para abrirnos al mar infinito de posibilidades que ofrece el mundo que nos falta por conocer.

Vivía una rana en un pequeño pozo, ese era su único mundo, un día fue visitada por otra rana, procedente del mar. La rana del pozo le pregunta a la rana del mar que cómo era ese mar de donde ella procedía. Es muy grande, dijo la visitante. ¿Será tan grande como la cuarta parte de mi pozo? Inquirió la rana del pozo. Mucho más grande, fue la respuesta. ¿Cómo la mitad de mi pozo? Más grande. Y agregó: es más grande que tu pozo. Entonces la rana del pozo le dijo a la rana del mar que ella quería conocer ese mar donde ella vivía. A lo cual le respondió que sí pero que tendría que dejar su pozo e ir con ella. Y emprendieron el viaje. Cuando llegaron al mar la rana allí residía se dirige a la visitante diciéndole: este es el mar donde yo vivo, la rana del pozo miró el amplio espacio y explotó inmediatamente.

Cualquier cosa puede ocurrir cuando superamos el pasado y rompemos los muros que limitan nuestras fronteras físicas y mentales. Dejar el pozo conocido y salir a conocer otro es la mejor forma de aprender, de lo contrario nuestro pequeño pozo seguirá siendo, para nosotros, más grande que el océano porque la ignorancia es atrevida y no concibe opciones diferentes a la propia. Limitaciones éstas que sólo a nosotros mismos perjudican ya que nos están privando de la vastedad del universo, en cuya amplitud se desarrollan muchos mundos. Lo que no sabemos es inmensamente mayor a lo que sabemos. Nuestro conocimiento es una gota de agua frente al océano de lo ignorado.

Estar abierto al conocimiento es observar detenidamente, preguntar, compartir con los demás, hablarles de lo nuestro y saber lo de ellos. Si esto lo convertimos en una regla de conducta cada día será más grande el aprendizaje, de esta manera el tiempo dedicado y el dinero invertido serán muy bien recompensados.

Ese interés por aprender nos ayuda a transmitir a los demás nuestras experiencias haciendo de la conversación una verdadera clase de geografía e historia y sobre todo, de sociología. Esto se convierte en un círculo vicioso muy interesante y progresista que nos transforma en personas importantes para la comunidad. A la postre aprendemos para enseñar, para servir, lo que aprendemos y no lo comunicamos es como si no lo supiéramos.

Lo anterior fomenta la comunicación y puede llegar a ser el mayor estímulo para despertar inquietudes de toda índole, incluso la necesidad de aprender idiomas extranjeros que hagan más fácil la interacción con personas de naciones que hablan una lengua diferente a la nuestra, y acceder a la información expresada en diferentes medios.

Precisamente mi último viaje al exterior tuvo como objetivo principal el perfeccionamiento de otro idioma. Fue una experiencia extraordinaria ya que a medida que estudiaba tenía que practicarlo, así pude medir diariamente mis avances, al intercambiar experiencias con estudiantes de diversas nacionalidades que asistían a la misma escuela.

Cada día me traía una nueva exigencia en el aprendizaje, no quería quedarme atrás de ningún compañero, por ello el avance era una necesidad. Vinieron luego las excursiones al interior y al exterior de la ciudad, todo se prestaba para aumentar mi bagaje cultural y mi dicción, al tener que expresar en otro idioma lo sucedido en cada jornada.

Introducirnos al interior de la región visitada y a sus costumbres, conversando con sus habitantes, nos va abriendo al idioma. En la medida en que conocemos más la cultura es más fácil la comprensión de su lengua. Esto marcha en dos direcciones: conocer la cultura favorece el aprendizaje de la nueva lengua y un buen dominio del idioma extranjero nos permite entrar a su cultura.

La globalización exige, junto al conocimiento de un segundo idioma, la capacidad de incrustarnos en todas las actividades: el comercio, la academia, el arte, la cultura y la política. Ahí radica la importancia de irnos proyectando hacia esa nueva realidad histórica de las naciones.

Somos residentes del mundo y a ello debemos responder, la globalización es la unificación de las culturas. Por tanto, aprendiendo a valorar las ajenas enviamos el mensaje recíproco, o sea el valor de lo nuestro es también importante. En un mundo unificado, como el de hoy, tenemos que apreciar lo propio. Si queremos que los demás valoren lo nuestro tenemos que empezar a valorarlo nosotros mismos. Si no crees en ti mismo no esperes que los demás crean en ti, esto tiene mucha aplicación en este caso, porque tenemos que salir de la timidez y ofrecer con orgullo el producto nacional.

La preparación académica, la instrucción en general y nuestras iniciativas personales deben ir en consonancia con la apertura de las fronteras internacionales. Los viajes al exterior, las lenguas extranjeras y el conocimiento global, además de una manera de pensar abierta a las diferentes concepciones, nos preparan para los nuevos desafíos.

*Spear William, Feng Shui, (pág. 51), Intermedio editores, Bogotá, 199

Vanessa Lya Giraldo Orozco

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