9 de mayo de 2021
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Los  “copietas”  de  West  Point

20 de abril de 2021
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
20 de abril de 2021

El pasado diciembre de 2020 quedará marcado como un nuevo baldón, difícil de ignorar, en la historia de la prestigiosa Academia Militar de West Point, cuna de la oficialidad del ejército de los Estados Unidos, entre cuyos más conocidos exalumnos están los generales Ulysses S. Grant y Robert E. Lee, jefes rivales de los ejércitos del norte y del sur, enfrentados en la guerra de Secesión; John Pershing, comandante supremo de las fuerzas aliadas en la Primera Guerra Mundial, Douglas MacArthur, Omar Bradley, Dwight D. Eisenhower, Simon Bolivar Buckner Jr, George Patton, tan buen tanquista como mal hablado comandante y peor diplomático, célebre por palabras de ánimo de este calibre, dirigidas a sus tropas: “No busquen morir por su patria, mejor procuren que esos bastardos mueran por la suya”. También fue alumno Edgar Allan Poe, prolífico autor de novelas de terror, quien como cadete, fue expulsado en 1831 luego de ser juzgado en una corte marcial por desobediencia y abandono del servicio.

Uno de los más célebres egresados de West Point fue, sin duda alguna, el General George Armstrong Custer, singular personaje, más conocido por su arrogancia, megalomanía y sus “metidas de pata” que por sus cualidades, tal como se relató en la columna “Un General y un caballo de guerra”, publicada en EJE21 el 10 de diciembre de 2017, donde se relatan algunas de sus hazañas y se detallan las circunstancias de la derrota final que sufrió a manos de guerreros indios pieles rojas, al mando de los jefes sioux “Toro Sentado” y “Caballo Loco” en la batalla de Little Big Horn, el 25 de junio de 1876, donde murió con la totalidad de los 14 oficiales y 233 suboficiales y soldados de su unidad de combate. Custer fue el último puesto entre los 36 compañeros de su promoción de 1861, y además, poseedor del record absoluto de 726 anotaciones por mala conducta durante su permanencia como cadete, cifra no superada en la historia de esta escuela militar, situación que lo mantuvo siempre al borde de la expulsión, de la que lo libró su audacia y valor, aparte de la influyente “palanca” de algún miembro del senado de los Estados Unidos, conocido de su familia. Luego de la derrota de Little Big Horn, el cadáver de Custer fue rescatado del campo de batalla y conducido con todos los honores a West Point, donde se encuentra su tumba en la actualidad.

La Academia de West Point fue fundada por el presidente Thomas Jefferson en marzo de 1802, pocos días antes de que, en mayo del mismo año, Napoleón Bonaparte fundara la Academia Especial Militar de Saint-Cyr, principal centro de formación de la oficialidad del ejército francés, entre cuyos alumnos más destacados figuran el general Charles de Gaulle y los Mariscales Philippe Petain y Jean de Lattre de Tassigny, célebres líderes de las tropas francesas durante la primera y segunda guerras mundiales. Sin embargo, la conocida academia, junto con sus glorias, el prestigio de sus fundadores y el lujoso inventario de alumnos, ha debido cargar con las culpas y manchas de algunas “ovejas negras”, tal el reciente escándalo que se desató, luego de que los principales medios de prensa norteamericanos encabezaran sus ediciones con titulares como el del periódico USA Today del 21 de diciembre de 2020, que en su primera página informaba: “West Point acusa a más de 70 cadetes de hacer trampa en el peor escándalo académico de los últimos 45 años”. ¿Qué había sucedido?

Pues que a causa de las medidas sanitarias impuestas por el coronavirus, todas las actividades académicas del pénsum regular debieron realizarse en forma virtual, incluidos los exámenes previstos en el programa de estudios. Y fue precisamente en una prueba final de Cálculo en mayo de 2020, que los calificadores descubrieron que 72 “plebes” (cadetes de primer año) y al menos un “yearling”, (cadete de segundo año), habían incurrido exactamente en el mismo error en una de las respuestas, lo que hizo sospechar en la evidencia de una trampa colectiva, situación expresamente proscrita de los exigentes estándares éticos del instituto, que se fundamentan en el inalterable y sagrado código de honor, grabado a fuego en la mente de un cadete, según el cual,

“A CADET WILL NOT LIE, CHEAT, STEAL OR TOLERATE THOSE WHO DO” (Un cadete no mentirá, engañará, robará, ni tolerará a quienes lo hagan).

55 de los implicados aceptaron la comisión de la falta, así que unos renunciaron voluntariamente y otros fueron expulsados, mientras que algunos, por falta de pruebas, fueron sometidos a un proceso de rehabilitación y permanecerán en observación hasta que se demuestre que merecen continuar como alumnos del instituto. Infortunadamente, el caso no es el único ocurrido en el historial de West Point, pues en 1951, 100 cadetes fueron acusados de “copiar” en un examen de matemáticas compuesto por 10 problemas, en el cual, todos los acusados también incurrieron exactamente en el mismo error. En esa ocasión, 90 cadetes se retiraron voluntariamente o fueron expulsados. Más tarde, en  marzo de 1976, 153 cadetes de tercer año debieron retirarse de la academia, unos por renuncia voluntaria y otros por expulsión, luego de ser sorprendidos “copiando”  en una prueba de ingeniería electrónica. Luego, 98 de esos cadetes fueron readmitidos y sometidos a un severo proceso de rehabilitación, luego del cual lograron culminar sus estudios y graduarse en la promoción de 1978.

Otros institutos militares han sufrido fenómenos similares, como ocurrió en la Academia Naval de Annapolis donde en 1992 fueron pillados 125 guardiamarinas trampeando en un examen. Por último, en el mismo año, la Academia de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos en Colorado Springs, debió soportar su propio calvario cuando 19 cadetes fueron suspendidos por hacer trampa en una evaluación.

El consejero Jeffery Peterson, miembro del Grupo de Consejería de West Point, quien reporta al Teniente General Darryl Williams, actual superintendente de la Academia, restó trascendencia al caso argumentando que los infractores, excepto uno de segundo año, eran cadetes novatos, recién incorporados y por tanto adaptándose hasta ahora al proceso de asimilación y desarrollo de los estándares éticos y de liderazgo propios de la academia. Como puede concluirse, aquí, allá y acullá, en todas partes, se cuecen habas.