18 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Escombrera

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
30 de abril de 2021
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
30 de abril de 2021

Nadie tiene interés en investigar a fondo que fue lo sucedido. Existen todas las excusas y justificaciones para no hacerlo. Solamente las víctimas mantienen ese interés, pero sin que puedan hacer mayor cosa pues cuando los oyen, las respuestas que les dan desde los entes encargados de esa tarea, no pasan de ser meros anuncios protocolarios y en el mejor de los casos promesas politiqueras en las que se envuelven objetivos electorales. Las víctimas ya no creen en nadie, pero no dejan de luchar en busca de la veracidad de lo que allí sucedió, de los secretos que se encuentran guardados en lo alto de esa montaña que solamente es posible alcanzar mediante el uso de unas empinadas y casi interminables escalas, con un pequeño tramo al que dotaron de sistema eléctrico y que luce más como un trofeo de alguien que con eso quiso hacerle saber a todos que el bienestar estaba cada vez más cerca.

Por momentos queda la sensación de que se trata de un combate entre la memoria y el olvido. La memoria de quienes tanto perdieron y no conocen destinos finales y el olvido de los que están. Interesados en borrar esas huellas que marcan unas fechas en la muerte estaba en todas las esquinas y a la gente la desaparecían o la asesinaban delante de quien fuera. Quienes lo hacían nunca dieron la cara. Siempre estaban cubiertos con capuchas de tela negra, que les llegaba hasta los hombros. Y además hablaban poco, para no correr el riesgo de que alguien les pudiese identificar por el tono de su voz, como que a lo mejor bien podría tratarse de un vecino que se había entregado a esas militancias, que, antes que nada, eran de sobrevivencia.

Y también se percibe que el olvido le va ganando a la memoria, pues no son muchos los que recuerden esos sucesos en que se daba la muerte desde cualquier punto de vista, ideológico o de simple defensa de poderes de dominación sobre grandes comunidades. La autoridad se imponía por la fuerza de la sangre y cuando la autoridad (legítima) llegaba a esos lugares o lo hacía con la misma metodología o como aliada de alguna de esas múltiples fuerzas irregulares. Las víctimas siempre eran los mismos: los de abajo, los que nada tenían, ni tienen y a quienes hasta el futuro se los extraviaron.

Esos olvidos pragmáticos que obedecen a planes sistemáticos en ese sentido, con el fin de buscar percepciones e imagen de ejercicio del poder legitimo en manos del Estado, quien siempre ha sido el gran ausente de esas zonas que se poblaron con miles de seres humanos llegados de lejanas tierras, huyendo de la violencia, tratando de encontrar al menos un sitio donde dormir sin sobresaltos, teniendo como resultado otra clase de preocupaciones confluyentes en los mismos hechos violentos de los que tanto huyeron. Y no pudieron seguir huyendo, aún con las mismas causas que generaron sus huidas iniciales, sencillamente por la razón de que no tenían a donde correr. Correr para chocar en la siguiente hora con otros enemigos que se han declarado tal, sin que nada, ni nadie los hubiese provocado.

No va a ser posible que el olvido lo borre todo, porque la historia y la literatura de alguna manera van a tener la capacidad de recuperar esos relatos, en los que se patentizan tantas angustias, humillaciones, lágrimas, aumento de la pobreza y ausencia completa de la dignidad humana, que al menos se ha consagrado, en su respeto, como el eje conductor del sistema jurídico que rige a todos.

La historia se ha encargado de contar hechos, personas y tiempos que dadas sus implicaciones de vergüenza y deshonor para la raza humana, o se contaron de tal manera que aparecen como indiferentes al ser, pero que no se cuenta, ni se contará, una sola vez, por lo que en la medida en que los investigadores sin el compromiso de contar historias oficiales, ponen al descubierto realidades que atropellan el menor sentido de humanidad. Hay tantas cosas que las contaron de una manera interesada y en construcción de lo que siempre se ha denominado la historia oficial, que en la medida en que los investigadores sociales se van apropiando de ellas, con visiones críticas y solamente con el interés de que se sepa que fue lo sucedido, lo que termina por impedir el olvido, es como oír hablar de asunto diferente. Desde la academia no comprometida se pueden conocer esos hechos que no por vergonzosos dejan de estar en lo que ha sucedido desde siempre.

Y en ayuda y respaldo a esa otra manera de contar la historia, llega muchas veces la literatura, que en el ejercicio de su libertad de creación, se puede ocupar de los mismos hechos históricos, pero con la enorme libertad de la ficción, que permite reconstruir con criterio artístico circunstancias que no por ello dejan de ser profundamente dolorosas, pero que en la medida en que el receptor se va a apropiando de esos relatos, apoyado en que se trata de creaciones humanas, lo soporta un poco de mejor manera.

Nacional e internacionalmente alguna vez todos han oído hablar de La Escombrera, en La Comuna de Medellín, escenario de todos los crímenes habidos y por haber. Y no son pocas las veces en que la literatura se ha ocupado de ella y de sus características violentas y degradantes de la totalidad de los valores y los ideales del ser humano. Los medios masivos de información, por épocas, se ocupan de esos mismos lugares, pero lo hacen con fundamento en cientos de comunicados oficiales en que los gobernantes de turno pretenden ser los verdaderos redentores de muchas situaciones en las que la comunidad no ha sido la más favorecida. De toda esa información que se da a conocer cuando se presentan determinadas coyunturas, la primera sacrificada es la veracidad, porque esta no se ha llegado a conocer en su integridad. Cada quien cuenta lo que quiere contar y conforme a los intereses que busque defender.

Es mucho lo que hay por saber de ese fenómeno social dado en la capital del Departamento de Antioquia, que es una verdadera vergüenza, y solamente el paso de los años, cuando todo no sea más que historia y los responsables de lo sucedido allí ya no se encuentren para asumir las responsabilidades que les corresponden.

Estremece conocer muchos detalles desconocidos hasta ahora en esa situación y para darlos a conocer el autor se vale de una muy seria investigación de mucho tiempo. Consulta de archivos, entrevistas con cientos de personas, por lo que bien puede ubicarse el texto como una novela histórica. Es la obra “La sombra de Orión”, la última producción de Pablo Montoya, publicada por Random Hause, con una primera edición de febrero de 2021. Es el producto de un trabajo becario, como profesor de literatura de la Universidad de Antioquia, encerrado por un poco más de año y medio en el Municipio de El Retiro, en ambiente rural, alejado de preocupaciones y ruidos de la rutina de todos los días. Sin duda, con ella marca una nueva pauta de lo que es su obra novelística, en la que se pueden conocer:

– La sed del ojo, 2004
– Lejos de Roma, 2008
– Los desterrados, 2012
– Trilogía de la infamia, 2014
– La escuela de música, 2018
– La sombra de Orión, 2021

Con “Trilogía de la infamia”, se hizo acreedor al premio internacional de literatura Rómulo Gallegos, en el 2015 y del Premio Casa de las Américas en el 2017. Esta novela, en la que se ocupa de tres grandes maestros de la pintura, cuyas vidas las enmarca en los correspondientes tiempos que vivieron, con énfasis en los hechos sociales para mostrar como el hombre ha sido capaz de dañar sin límites a sus congéneres. Es un canto a la certeza de lo que debe ser una lectura adecuada de la historia.

Pablo Montoya, nacido en Barrancabermeja, Santander, de donde salió muy joven por razón de sus estudios, es también autor de colecciones de cuentos y de profundos ensayos sobre temas de arte y de historia. Su escritura es precisa, de frases cortas y sin muchos adornos, con un gran respeto por las normas del idioma y un profundo respeto por el lector. Es uno de los más grandes autores del siglo XXI en Colombia, pero curiosamente no es personaje del mundo de los sobresalientes, por una especie de bajo perfil que maneja, en el que se destaca su discreción y la total ausencia de toma de posiciones políticas que lo pongan en las puertas de los escándalos de que tanto se nutren los medios masivos de información. Pero sin duda alguna, es uno de los autores fundamentales en la novelística colombiana que con esta obra da un gran paso en la consolidación de su nombre.

Pocas menciones críticas hemos leído sobre “La sombra de Orión”, en la que se retratan tantas vergüenzas juntas, que al final de su lectura casi que se pide permiso para seguir respirando, porque son muchas las páginas en que se mete al receptor en esa montaña de escombros y de basura que ha caído inmisericordemente sobre tantos y tantos cadáveres.

La novela se estructura desde la perspectiva de un narrador culto, un profesor de Literatura de La Universidad, que regresa al país al cabo de muchos años, luego de estar viviendo en París, desde donde se aleja de un amor no correspondido y lleno de decepciones afectivas. Logra ser docente de tiempo completo y se reintegra, hasta en lo posible, a su familia materna, especialmente con sus hermanos. Es el narrador de los hechos y los cuenta desde el asombro de quien todo lo desconoce y en la medida en que va retomando el ambiente de esa misma ciudad de Medellín donde transcurrieron su infancia y sus primeros años de formación profesional. Es un docto profesor lleno de contradicciones, pues a pesar de ello no puede ver una cara y un cuerpo femenino bonitos porque de inmediato cae rendido y comienza a tener comportamientos de adolescente tardío, como le ocurre a todos aquellos que llegan a nuevos amores en el otoño de sus vidas. En esos devaneos termina por enamorarse de una habitante, y estudiante, de La Comuna, con quien se adentra mucho más en ese conocimiento de lo que allí sucede, ha sucedido, sigue sucediendo, lo que va descubriendo con asombro y mucha repelencia de que en su país pasen cosas como esas.

La novela se divide en. siete partes, cada una de ellas de alguna manera temática, para contar lo que ocurrió y sigue ocurriendo en La Comuna, pero muy especialmente en La Escombrera, en la parte superior de esa comunidad de desterrados, llegados de muchas partes de Colombia en huida de la violencia que puso en riesgo sus vidas, pensando que podían estar en un lugar sin muerte, imaginando eso por el simple hecho de llegar a vivir a la gran ciudad, como si lo vivido hasta ese momento obedeciera simplemente a la circunstancia de vivir en lugares lejanos de las urbes ruidosas y que llaman de progreso.

La novela tiene un lenguaje demoledor, que va agitando la respiración del lector que piensa que ese crimen que se describe ahora va a ser el peor y quiere tener una especie de respiro para preparase a que sucedan cosas buenas. Pero no es así, a un gran crimen sigue otro y las víctimas, que en esencia son los familiares de los muertos, casi todos ellos asesinados sin motivación cierta que de alguna manera pretenden aunque fuera una explicación de tantos crímenes, terminan siendo los interlocutores del narrador, quienes le van contando los hechos, algunos de ellos con mucho miedo en sus voces y escudándose en el anonimato, y otros ya despojados del miedo, porque se cansaron y están dispuestos a hablar duro, pues nada peor que la muerte les puede ocurrir. Ya no les queda nada por perder y si alguien les dice que les queda la vida, no es difícil que respondan que eso que llevan no es vida, porque hace tiempo que dejó de serla.

El argumento de la obra se centra en lo que se denominó, por allá a comienzos del siglo XXI, la Operación Orión, en la que se comprometieron todos los órganos del Estado, pero con el involucramiento infame de grupos armados ilegales, como los paramilitares, los narcotraficantes y los guerrilleros. Todos unidos en contra de una comunidad que fue sorprendida y en la que se era sospechoso de ser parte del desorden que impedía a las fuerzas de control ingresar a esos lugares, con noches y días de terror, en las que la gente dormía debajo de las camas y los colchones los usaban para proteger las puertas, para que cuando dispararan de afuera al menos se les quitara fuerza y dinámica a los proyectiles, que pegaban contra todas las pocas cosas que constituían los pobres amueblamientos de hogares en los que si acaso se vivía de un salario mínimo de uno de sus integrantes.

Fue una operación militar de la que se enorgullecieron todos los estamentos oficiales, como la gran fuerza de la pacificación de La Comuna, en la que todo lo que se moviera era sospechoso de ser criminal y por tanto de manera indiscriminada era eliminado. En la primera parte, denominada La Operación, en apartados cortos, contundentes, con un lenguaje duro y poético se va dando cuenta de lo que sucedió en esos días de la toma del Estado de una zona de Medellín donde siempre ha brillado por su ausencia. Es un lenguaje poderoso, rápido que va pasando por la mente del lector que no pierde la capacidad de asombro.

En el segundo apartado de la novela se van describiendo las diferentes bandas que se llegaron a formar en La Comuna y que de alguna manera constituían el ejercicio de la autoridad. Una autoridad absolutamente criminal, que disponía de las vidas de los jóvenes para reclutarlos o sencillamente para matarlos, para que no llegaran a ser peligro para la comunidad. La protección de la comunidad, con muerte de sus mismos integrantes.

Poco a poco se va armando todo ese universo de tinieblas, de terror, de muerte, de sangre, de desaparecidos, de los que está absolutamente llena La Escombrera, sin que nunca se haya podido establecer esto con certeza porque los estamentos oficiales no quieren hacer el trabajo por costoso o sencillamente por temor a dejar al descubierto el horror de como se combate el delito desde el Estado, que no es más que la simple multiplicación de la violencia y la inseguridad.

El profesor Pedro Cadavid, protagonista de la novela, va contando los detalles de todo y va dejando una narración que independiente de su lenguaje de ficción, hace conocer tantas infamias juntas y consolida esa imagen de horror que se vivió allí, aunque los eufemismos con los que siempre ha presentado y presenta el Estado, digan otra cosa.

Pablo Montoya en sus obras literarias se funda en los pilares de la historia, el arte y la música, así como en la poesía, pues en su concepto toda buena novela debe ser un gran poema en prosa y él lo sabe lograr.

Una gran novela que da cuenta de una amarga realidad que ha vivido y vive la segunda ciudad de Colombia. En 436 páginas relata la historia del desgarre de una sociedad carente de todo y atropellada por todos. La radiografía de La Comuna de Medellín y especialmente de La Escombrera, en lo alto de ese cerro, es un canto a la angustia, ceñido a investigaciones de orden histórico, que de alguna manera siempre han constituido eje de trabajo del autor colombiano. En nuestro criterio, a la novela le sobran las últimas 51 páginas, La Cura, pues la estructura racional de la obra sobre relatos históricos, no debería haber caído, especialmente en cabeza del narrador que se supone un científico social, en rezos, brujerías y remedios carentes de cualquier sustento serio. Bien pudo el autor dar cuenta de esa grave perturbación de animo por lo ocurrido al personaje, pero se hacía innecesario ponerlo en manos de los más ignorantes curanderos, lo que apenas es propio de los analfabetas, no de un hombre culto como aparece en la ficción. Y además, el último apartado de la obra, le quita fuerza de sugestión a la novela, que debió quedar en esos relatos de miedo, de un lugar que todos saben que es, pero nadie se atreve a indagar en sus fondos profundos. Hay tantos cadáveres debajo, que se fueron de la vida con el miedo dibujado en sus semblantes.