11 de mayo de 2021
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El capitalismo tiene otra cara

11 de abril de 2021
Por Jaime Lopera
Por Jaime Lopera
11 de abril de 2021

Había un chiste curioso: quien en este país se declare como social demócrata se expone a ser calificado como retardado mental. Aun cuando es una afirmación inculta y tosca, desde hace años la expresión socialdemocracia representa, a su modo, una vertiente diferente a la de liberal o conservador que han sido las denominaciones partidistas tradicionales en Colombia.

Se supone que la malograda reputación que tienen los partidos políticos en las encuestas de opinión, debiera llamar la atención de sus dirigentes al menos para encontrar nuevos nombres. Pero no los hay y, a falta de un calificativo apropiado, la etiquetas de centro, derecha e izquierda han copado la atención de la ciudadanía –incluyendo las perversas exhortaciones hacia la polarización.

No obstante, si se trata de hallar una respuesta a este dilema de derecha-izquierda, la economía parece haber encontrado una diferente ruta interpretando y armonizando las nuevas tendencias del capitalismo mundial[1]. Asoma una nueva cara.

En efecto, la ecuación está cambiando: una parte de ella se representa como el exitoso modelo occidental de mercado libre, regido por la libre empresa; y la otra parte es el modelo de un Estado poderoso que domina todos los resquicios de un país. Esta ecuación ya no es la misma: ni existe un Estado fuerte, estalinista, burocrático, adverso a los efectos del mercado, ni ya se da el prototipo de una empresa totalmente libre, desguarnecida de la atención del Estado –animada por Friedman y Hayek. La evolución se ha venido dando gradualmente, especialmente en China donde el modelo es una extraña fusión (eficaz allá) del mercado con autoritarismo!

Veámoslo con una óptica más reciente: quien desee especular sobre los cambios del nuevo capitalismo norteamericano, deberá conocer las últimas medidas del gobierno de J. Biden al anunciar, ahora en marzo, la primera mitad de su paquete de infraestructura masiva, cargada tanto de proyectos de construcción como de iniciativas novedosas para ayudar a impulsar a Estados Unidos hacia un futuro más verde. Todavía se necesita mucho tiempo para su aprobación en el Congreso, y los impuestos que le faltan, pero las intenciones saltan a la vista.

Una inversión pública de unos US$ 621.000 millones de dólares, se gastará en infraestructura de transporte: carreteras, puentes, transporte público, ferrocarriles y aeropuertos y más de US$ 174 mil millones se destinarán a vehículos eléctricos y préstamos a la gente para que puedan adquirirlos. En el mismo sentido, otros US$ 100 mil millones se destinarán a la modernización de la red eléctrica. Sin embargo, la llamada infraestructura social no se olvida pues gozará de nuevas inversiones como la parte reservada para residencias de ancianos en una cuantía de US$ 400.000 millones de dólares, entre otras.

Si esta es una evidencia del regreso al New Deal de Roosevelt, o algo parecido, que arrincona al sector empresarial por cuenta de las ofertas keynesianas, entonces no hay duda que el Estado está creciendo mucho más allá de lo que imaginaron los neoliberales. La imprenta estatal de fabricar y emitir billetes se ha puesto a toda marcha en favor de la prosperidad norteamericana[2].

¿Estamos acaso cerca de la socialdemocracia de los retardados mentales y la de los principales países de Europa?[3] ¿Qué viene enseguida para los estadounidenses? Según los expertos, si bien se podrían adivinar efectos inflacionarios como consecuencia de esta emisión de moneda, lo más delicado parece ser el aumento de la deuda pública de esa Nación y la desmesurada reacción de los republicanos a dicha medida. Sin embargo, todavía hay tiempo para saberlo.

Pero alguien más aparece en la escena con un salvavidas: el mismo Presidente del Foro Económico Mundial, Klaus Schwab, habla ahora suavemente del “capitalismo de las partes interesadas” como un nuevo sistema económico cuya prioridad es concederle importancia a largo plazo a la sociedad en su conjunto siguiendo el ejemplo de la actual Nueva Zelanda con su novedoso y provocativo “presupuesto del bienestar”.

En consecuencia, las anteriores y vigorosas doctrinas acerca de un capitalismo financiero absorbente y usurpador –que dominó la escena mundial por muchísimos años— están siendo desplazadas hacia un capitalismo humano con énfasis en la desigualdad, la educación y el medio ambiente[4]. La otra cara cobra forma.

El consenso de los poderosos ahora parece orientarse a pensar que las empresas deben concentrarse menos en la maximización de los beneficios a corto plazo y menos en la máxima expansión capitalista. Así lo reconoce el mismo Bill Gates. Y, como si fuera poco, la cooperación internacional surgida de la pandemia del Covid-19 ya está dando lugar a otra variación de esa perspectiva: cuando se reconoce que si las instituciones públicas, los sindicatos y el propio gobierno logran perder poder por esta misma influencia mundial, el debate contra la diferenciación adquiere nuevos bríos y aliados.

La desigualdad es, pues, el centro del énfasis, es la pieza clave. No son el centro, la derecha o la izquierda los personajes de estos nuevos enfoques políticos de la modernidad: es la desigualdad, de la que el propio Papa Francisco ha sido su crítico por años.

Abril 2021

 

[1] Y los nuevos autores que lo reinterpretan: Mason, Piketty, Stiglitz, Sanders…

[2] Moisés Chaim, Viene una avalancha de dinero. El Tiempo, 21 marzo 2021.

[3] Muchos países europeos que se vacunaron de comunismo mediante las iniciativas de la socialdemocracia.

[4] Para mejor información de los efectos del colapso financiero de 2008, se puede ver el documental de Charles Fergusson en Netflix llamado Inside Job, 2010.