18 de mayo de 2021
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Arar en el desierto

9 de abril de 2021
Por Eduardo Lozano M.
Por Eduardo Lozano M.
9 de abril de 2021
Todos los días, por todos los medios que están a mi alcance, no hago cosa distinta de decirle a mis lectores que no salgan, que permanezcan en casa, que se cuiden de todas las formas, con tapabocas, con distancia entre personas, pero como si se le hablara a los sordos, omiten  las recomendaciones como si su vida y la de sus seres queridos no tuviera ningún valor.
 
Lo que vimos en Semana Santa, cuando millones de personas se desplazaron a sitios de veraneo y a las playas, no  deja pensar cosa distinta que cualquier recomendación les importa un bledo. (ya esta semana teníamos 11 mil infectados el miércoles y el jueves)
 
Como periodista tengo la obligación moral de informar a la comunidad de lo que acontece y de los riesgos que estamos corriendo, pero estoy convencido que a una gran mayoría de personas no les importan ni sus padres, ni sus hijos, ni sus conciudadanos. Eso es como ARAR EN EL DESIERTO.
 
Pero ahí no va todo. Los insultos, inclusive de colegas, no se han hecho esperar.
 
En comunicaciones abiertas y privadas no me han bajado de terrorista y de estar fomentando el pánico entre las gentes.
 
Todas estas cosas me ponen de presente que hasta no tener el muerto en casa no se va a creer.
 
No sé si ustedes los lectores han estado presentes cuando una persona muere por EPOC o por una enfermedad pulmonar que les satura de infección los pulmones hasta el punto que no les permite más entrada de oxígeno, porque se llenaron de líquido.
 
En razón de esta profesión de reportero he visto de todo. 
 
No se alcanzan ustedes a imaginar como se desfiguran en un esfuerzo de luchar contra la muerte. Cambian totalmente los rasgos de sus caras, con gestos que horrorizan y lo que es peor ni el médico, ni uno, tiene soluciones a la mano para sobrepasar este trágico momento.
 
Ahí quisiera uno que la eutanasia fuera autorizada, pero ante un cuadro de esos, donde se sabe que no hay salvación posible, debía ser puesta en práctica para despedir de este mundo al ser humano, cuya posibilidad de vida es nula 
 

Pienso en este momento el costo que ha tenido para muchas ciudades la desobediencia. En Medellín, Barranquilla y Cali no hay cupos en las Unidades de Cuidados Intensivos, mientras que a las puertas de los hospitales los moribundos y sus familias claman por atención.

 

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