8 de mayo de 2021
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Analfabetismo de segundo grado

7 de abril de 2021
Por Jorge Yarce
Por Jorge Yarce
7 de abril de 2021

Por Jorge Yarce/

Es verdad que el analfabetismo tradicional, no saber leer ni escribir, ha disminuido en las sociedades menos desarrolladas, pero también lo es que, en todas, desarrolladas o no, ha surgido un nuevo analfabetismo: no saber pensar, al cual acertadamente López Quintás llama “analfabetismo de segundo grado”.

Nos quejamos, y con razón, de la superficialidad de los jóvenes de los colegios y de las universidades, que se han acostumbrado cada vez más a pensar menos. La disciplina mental de aplicarse a razonar sobre algo, de tratar de indagar por los significados, el ofrecer argumentaciones lógicas ante un problema, se convierte para ellos en una pesadilla. El escape natural es el facilismo de buscar todas las respuestas en internet. Están convirtiendo el conocimiento en recopilación de información y no saben ejercitarse en una disciplina mental seria. Eso resulta complejo y aburrido. Si los profesores se ponen muy exigentes, se lo cobran en las evaluaciones de los alumnos, que han pasado a ser el criterio predominante para juzgar la calidad de la docencia (“No importa lo que usted enseña ni como lo enseña: lo básico es lo que piensan de usted los alumnos”. ¡Vaya desafuero!)

Pero, ¡ojo!, los estudiantes no tienen la culpa de no saber pensar. Es que la educación que reciben no les enseña a pensar. Todos nos hemos ido acomodando a una enseñanza adaptada no a las necesidades verdaderas de las personas, sino a sus conveniencias emocionales. Además, no están solos: no piensan los profesionales, no piensan los empresarios, no piensan los políticos, no piensan los gobernantes…se trata de una enfermedad generalizada. Lo que predomina son las ganas, el sentirse bien, el frenesí de hacer, de rendir, de ser productivos, todo ello por la vía más corta y más fácil.

Pensar es “Ejercitar el entendimiento para alcanzar o comprender una cosa” (Diccionario RAE), para partir de algo elemental. Claro que ese ejercicio comprende muchos aspectos: pensar, reflexionar, comprender, discernir, ordenar, criticar, diferenciar, comparar, contrastar, interpretar, juzgar, relacionar, preguntar, sintetizar, crear …cosas bastante ajenas al estilo en boga en la enseñanza hoy. Ni pensamiento racional, ni lateral, ni divergente, ni emocional, ni sistémico. Hemos reemplazado el entender por el ver, por la abundancia de imágenes. Si no hay un video o un power point de por medio, no hay realidad y si no entran las cosas por los ojos, no vale la pena ocuparse de ellas. Hay que dejarse de “filosofías” y ser muy “prácticos”.

Analfabetismo de segundo grado que se refiere no sólo a no saber pensar, sino a no saber expresar ni saber hablar bien, ni saber escribir, como consecuencia de lo primero. Todavía más: a no saber qué es la vida, quién se es, o sea en qué consiste ser persona y ser miembro de una comunidad. Todo esto es marginal para el “pensamiento” frívolo, enclenque y superficial que impera en la educación. Hace poco un profesor de universidad le decía a sus alumnos que el concepto de “persona” era un asunto medieval, pasado de moda, que sólo somos seres vivos. O simplemente unos bichos o avivatos racionales.

Debemos salir de la penuria mental, escapar al imperio de las emociones. Hay que levantar cabeza y poner una pica en Flandes: enseñar a pensar como motor de la educación, no resignarnos a ver cómo el talento de las jóvenes generaciones se desperdicia en una aprendizaje cosmético y aparente. Pero es tarea de todos. Si nos hemos descuidado y cosechamos frutos poco apetecibles frente a los desafíos de nuestras sociedades, debemos responder solidariamente ante la urgencia de cambiar significativamente la manera de concebir el proceso enseñanza-aprendizaje.

Se da una paradoja: en medio del progreso científico, abrumador en muchos sentidos, y del imperio de la tecnología, que subyuga a jóvenes y viejos, nos estamos dejando regir por el pensamiento emocional. Las cosas nos tienen que gustar o no les ponemos atención, trátese de una clase, de un libro, o incluso de una película o de un video. Lo que exige un poco de abstracción o de razonamiento para entenderlo, se deja de lado, como si no fuera significativo. Nos tienen que poner delante imágenes, gráficos, fotos, símbolos, emoticones, etc.

Mantener la atención mental en algo durante unos minutos, no muchos, se nos hace pesado y dificultoso. Todo lo que implique una elaboración conceptual que debe explicarse y asimilarse no encuentra una buena disposición en los oyentes, lo cual aumenta su grado de analfabetismo, porque se acostumbran a no pensar o a no ejercer un mínimo de pensamiento crítico. Como si hubiera que acudir primero al entretenimiento para poder ejercer el pensamiento.

Los educadores deben poner especial cuidado con este analfabetismo de segundo grado y combatirlo seriamente. Los jóvenes digitales son reacios al razonamiento y a la argumentación. Sólo aquello que esté precedido o enmarcado en un escenario emocional los atrae. Y por darles gusto, a veces se les dispensa del ejercicio mental sistemático. No sólo se vive de emociones y sentimientos, las ideas y conceptos son absolutamente necesarios. Sobre todo, si se trata de realidades fundamentales para la vida. Sin ideas o conceptos no entendemos ni la vida ni la muerte, ni la voluntad ni la libertad, ni la convivencia ni la solidaridad.

Estamos rodeados de porqués y de interrogantes, y del pensamiento acumulado durante siglos, lleno de cosas sabias y de lecciones de vida a las cuales solo tenemos acceso ejercitando seriamente el pensamiento racional. Necesitamos de eso para la vida. Y en la enseñanza, en la escuela y en la universidad, se nos debe enseñar, ante todo, a pensar para poder vivir. Hay que buscar nuevos métodos y formas para llegar a las mentes jóvenes, incluso partiendo de lo emocional, pero no esquivando la tarea ardua, pero necesaria, del razonamiento lógico.

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