12 de mayo de 2021
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73 años de la Oración por La paz, que aún no llega.

11 de abril de 2021
Por Celmira Toro Martínez
Por Celmira Toro Martínez
11 de abril de 2021

«Bienaventurados los que no ocultan la crueldad de su corazón, los que entienden que las palabras de concordia y de paz no deben servir para ocultar los sentimientos de rencor y exterminio. Malaventurados los que en el gobierno ocultan tras la bondad de las palabras la impiedad contra los hombres de su pueblo, porque ellos serán señalados con el dedo de la ignominia en las páginas de la historia” (Jorge Eliécer Gaitán: Oración por La Paz, 1948)

Esta semana se cumplió un año más de la revuelta del 9 de Abril de 1948 cuando los fanatismos políticos de entonces acabaron con la vida de Jorge Eliécer Gaitán y su inminente llegada a la Presidencia.

El 6 de febrero de ese mismo año, Gaitan había liderado una marcha silenciosa del pueblo, en protesta a la creciente violencia ejercida por la fuerza pública, partidos políticos y el mismo gobierno en contra de militantes de oposición que sin piedad habían sido asesinados en diversos lugares del pais, incluido nuestro departamento de Caldas.

Este hombre movido por su pensamiento y sus anhelos de una patria mejor, pronunció la tan nombrada «Oracion por La Paz», un discurso histórico que hoy vuelve a tener vigencia y voz en esta patria atormentada y amenazada. Más que una oración, era la exigencia de un pueblo cansado de los abusos y atropellos a la  honra, al trabajo, a la dignidad humana, a la vida.

Hoy 73 años después, la situación no ha cambiado. Seguimos en la misma violencia, disfrazada con buenas intenciones, con propuestas que esconden ante la ley las verdaderas razones que los mueve en esta carrera por el poder y el manejo absoluto del estado, bajo la mirada cómplice de las instituciones garantes  de la justicia, del honor, de la vida digna de todos los habitantes de este pais que amamos.

La historia sirve para entender las acciones humanas y su trascendencia en la vida de los pueblos y en especial para ver, como en un espejo retrovisor, lo que hemos sido, los errores recurrentes que no hemos podido extinguir de nuestro comportamiento y para ver, desde una nueva posición, otros horizontes, otros caminos.

Da pesar tener que reconocer que no hemos avanzado. Que seguimos como un pueblo ciego e indolente a lo que somos como país, como sociedad.

Cada vez, estamos más lejos de una ciudadanía de dignidad, de participación, de amor por nuestras raíces, del respeto y la honestidad que hacen posible una vida digna y honrada.

¿Qué destino podemos tener si los jóvenes de hoy son líderes de las redes sociales, impulsados por millones de seguidores desconocidos, virtuales a quienes influencian en su forma de vivir, de consumir, de amar, de ver la vida, de elegir, de construir país y ciudadanía a su manera?

Ya no se necesita tener una profesión para ser exitoso y llegar lejos, para servir a los demás: lo importante es ser aplaudido por muchos, así su obra sea intrascendente, hasta ridícula. Perdimos la ruta de los principios y valores y quien la pierde se adentra en laberintos sin regreso.

Si con líderes que muestran a través de su trabajo, de las acciones de bien en pro de las poblaciones más necesitadas, de científicos curtidos en largas jornadas de estudio y de investigación, de profesionales egresados de las mejores Universidades, estamos como estamos, ¿qué diremos entonces del rumbo de nuestro país y del mundo, en unos pocos años, cuando estemos gobernados por aquellos que dicen tener millones de seguidores, sin importar los verdaderos valores que construyen en realidad nuestro desempeño social y ético y, que son al fin, los cimientos de nuestra sociedad?

Hoy, queda solo un puñado de hombres y mujeres de bien a quienes se les podría confiar los destinos de la patria, son tan pocos, tan escasos que habría que buscarlos como, a aguja en un pajar, y una vez encontrados, empezar a perfilarlos como posibles tablas de salvación para este país en conflicto, en zozobra. Lo más grave y difícil es que la obra de restauración social y ética la tenemos que hacer todos los colombianos: los adultos mayores, columnas vivas de nuestra democracia, de nuestra historia, hoy silenciados y resignados cuando deberían ser el faro guía de las generaciones más jóvenes y dar la última batalla por el rescate de Colombia y exigir los derechos que hoy se nos niegan.

La clase trabajadora y productiva debe también tomar parte activa en esta reconstrucción social de nuestro país y dejando a un lado el interés personal, decidirse por alcanzar un bien común digno de cada ciudadano, de cada colombiano.

Los jóvenes, esos que mueven las redes sociales, que tienen la tecnología incrustada en sus genes, tienen también la responsabilidad de construir un nuevo país, el que les tocará dirigir y llevar a buen puerto, si quieren tener una historia patria que contar, que mantener.

Y los niños y niñas que apenas se levantan y los que llegan cada día: para ellos,  tendremos que inventarnos,desde los hogares y la escuela, una nueva forma de educarlos, de formarlos como ciudadanos y ciudadanas de bien, para quienes el honor y el respeto por su Patria sea lo más sagrado, lo más grande: las razones para darse sin medida a hacer de Colombia un lugar de ejemplo, de grandeza.

Todos tenemos el deber de lograrlo, porque esta tierra hermosa nos compromete el alma y aquí està nuestra herencia. Porque en palabras de Jorge Eliécer Gaitán, inmolado por luchar por una patria mejor y más justa, «amamos hondamente a esta patria nuestra y no queremos que nuestra nave victoriosa navegue sobre ríos de sangre hacia el puerto de su destino inexorable» (Oracion por La Paz 1948)