10 de mayo de 2021
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¿Urbanismo Táctico o un proyecto de ciudad?

29 de marzo de 2021

 

gustavo arteaga
Gustavo Arteaga, el autor

Quiero escribir algunas ideas sobre este tema, ya que en las últimas semanas, diferentes preguntas me han hecho ver las confusiones que hay respecto al uso y el significado de lo táctico al interior de las teorías de la planificación y el urbanismo. Debo iniciar señalando que mi posición respecto a lo táctico es la del reconocimiento de un instrumento, uno más entre muchos y posiblemente su principal cualidad sea lo novedoso hoy, ya que entre las ideas capaces de movilizar la acción, se podrían referenciar muchos más. Se debe señalar también que como idea, lo táctico no puede remplazar el pensar técnico de quienes lo deben traducir para mirar los horizontes del largo plazo. Quiero decir acá que, si lo táctico es un actuar sobre la urgencia y no sobre lo importante, por definición inicia con una formulación errada.

¿De dónde viene la confusión?

En los últimos años las prácticas sobre la ciudad están teniendo un protagonismo particular. El mundo de las ciudades se hizo el gran proyecto de la modernidad después de 1920 y de la mano, las agendas de los promotores urbanos se ven urgidas de renovaciones. En estos ejercicios las prácticas políticas (y las electorales) dentro del sistema social, buscan esas novedades y las estrategias para refrescar el escenario de la opinión publica ya mediatizada. Esta práctica en los temas urbanos se tradujo en la pérdida o el remplazo de la planificación del mediano y el largo plazo. La opinión y los debates del momento (lo inmediato) se fueron posicionando como proyecto de ciudad y los conflictos no atendidos iniciaron acá su acumulación, por ende la deuda social tomó velocidad.

Bajo este panorama la urgencia de la solución se hizo dependiente de la manera en que la opinión podía identificar el problema, y de la solución dependía el protagonismo – o la favorabilidad-, con lo cual los temas que la opinión podía identificar con facilidad se hicieron la agenda misma de atención (si representaba la alta favorabilidad), pero esta práctica tendría un alto costo. En los sectores sociales que no podían localizar sus conflictos en esta agenda la deuda se seguía acumulando y tomaba magnitud. Las brechas sociales y la pobreza, junto con el malestar social, se instalaban en la ciudad como un sentimiento ante lo no atendido.

Cerca de los 60´s la idea de ciudad se cuestionó y el poder que la gestionaba fue visto como lejano, lo que entregó poderes a la ciudadanía que recuperaba la capacidad de acción ante la no gestión de sus demandas. La vivienda y su autogestión fue uno de los primeros fenómenos vistos y las comunidades migrantes del campo a la ciudad operaron bajo la lógica de un no Estado, lo que quiere decir que sus organizaciones remplazaban el poder en la ciudad que no los quería ver. Bajo este principio, lo táctico fue la manera como los teóricos, sociólogos principalmente, identificaron el poder de algunas acciones que hacían visibles los conflictos.

Se puede decir acá que lo táctico es la traducción de una manifestación espontánea de una comunidad movilizada por un conflicto en búsqueda de la solución. En este marco, la acción de lo táctico era la solución en si dada por la ciudadanía que, valiéndose de la capacidad de organización, remplazaba la gestión del poder planificador perdido en las agendas de las otras urgencias. Bajo este supuesto la solución dada desde la base se establece como otro tipo de gestión que posee instrumentos propios que se asocian a la idea de lo insurgente tan propia de estas épocas convulsionadas socialmente. Al comprender este sentido de acción es posible ver el error al tratar de vincular como forma de la planificación lo táctico. Se estaría apropiando de una manera que surge como respuesta a su no acción.

Que los poderes de gestión tradicionales recurran a la atención de un conflicto bajo la óptica de lo táctico se traduce en el actuar desde las herramientas que lo cuestionan, y esto se puede entender bajo dos posibilidades: la primera, que al no contar con los recursos para hacer lo debido y atender lo importante desde la planificación y el urbanismo, recurre a las formas limitadas para solo atender lo urgente (no usa la capacidad técnica para anticipar). La segunda, que desde la necesidad de actuar, simulando las acciones ciudadanas, pretenda tomar la favorabilidad de los nuevos sectores sociales que se hacen relevantes al emerger; congraciarse con los sectores menos favorecidos bajo el actuar precario en la solución de sus demandas se hace un tipo de principio. En las dos hay profundas condiciones negativas y es en este punto que la confusión producida por los actores no conocedores minimiza las reales posibilidades de la planificación instrumentalizada desde su naturaleza y sus fines; también desconocen las del urbanismo y su función social que, aunque olvidada bajo esas mismas agendas precarias que tratan de definirlo como un atributo ante un rol perdido, sigue siendo el medio de gran poder para trasformar. Todo urbanismo es social y toda planificación tiene función social, que se perdiera es responsabilidad de un mal ejercicio de nuevos actores que limitados por la obligación de la opinión solo ven en el corto plazo la posibilidad de acción.

Es urgente retomar en Manizales la agenda de la planificación que hizo de la ciudad un proyecto ciudadano continuo y alejar de este las visiones de la novedad, la opinión y los mesías que aparentan canalizar un poder absoluto de solución en tan solo cuatro años.