8 de mayo de 2021
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Sin fútbol sí hay paraíso 

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
30 de marzo de 2021
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
30 de marzo de 2021

Mi madre me quería ver convertido en papa, no en interior derecho o aguatero del Nacional, mi equipo de siempre. Me inventó vocación de cura y al seminario La Lind, cerca de Manizales, fui a templar. Allí estudié  tres años, un mes y ocho días. No me aburrí un segundo. 

Como hoy 29 de marzo celebramos otro año de su viaje más allá del sol, en recuerdo suyo retomo algunas memorias futbolísticas de infancia. (La veo a la derecha de Dios Padre. O la izquierda. Dios no tiene presa mala). 

Para mi madre, sin fútbol sí había paraíso. Nunca le interesó el deporte. Espero no calumniar a nuestra zurdita de oro si digo que confundía el fútbol con un policía acostado. O con la sota de bastos de su baraja española en cuya manipulación era ducha a la hora de jugar tute, uno de los pocos lujos que se dio, con el dominó. 

A ella y a los de su generación les estaba prohibida la lúdica, el placer. Solo les dictaba trabajar, trabajar y trabajar. Y criar hijos para el cielo. En nuestro caso paró la tacada en nueve petacones. Seis seguimos en circulación. 

Mamá Geno creía que yo no iría al cielo con los amigos del fútbol que tenía. O sea, no tenía nada contra los goles, sino contra los que los hacían.  

“No se junte con malas compañías”, era su estribillo. Sobre todo con Nazareno que decía la grande con tantas ganas que yo quería crecer rápido para decirla también. En la calle nos sentíamos como en casa, dicho sea con el cronista brasileño Ruy Castro al hablar de los cariocas. 

El deseo de doña Geno era que su negrito se portara tan bien que a su muerte lo lamentara hasta el dueño de la funeraria (=Mark Twain). No voy a decir que he logrado esa meta. En esas sigo. No sé cuántas reencarnaciones necesitaré para lograrlo…  

En desarrollo del libre desarrollo de mi personalidad que entonces no se llamaba así, le desobedecía en materia futbolística. Era un auténtico “anticristo de la calle”.  

Jugábamos  la cancha de la carrera 50ª con 93, al lado del hígado de la Escuela José Eusebio Caro (foto). Jugábamos para nadie, para el olvido, o sea, para nosotros mismos. Ahí está el maní el placer.  

Mis ratos libres terminaban detrás de un balón. O de una pelota de trapo, de caucho, o de papel. El material era lo de menos. A veces jugábamos fútbol sin balón de la misma forma como en la película Blow up juegan tenis sin la bola. 

Ella solo toleraba mi amistad con Caliche, quien era una mezcla de Pelé, Maradona y Messi de pantalón cortico. Así era de asombroso el fútbol que practicaba.  Caliche era lo más parecido a un domingo. 

En él se cumplía el consejo del polaco Ryszard Kapuscinski a los periodistas: Para ser buen periodista ante todo hay que ser una buena persona. 

Cuando jugábamos en la cancha de Ciegos y Sordomudos hasta allí me seguía (perseguía es el verbo) mi madre para monitorear mis amistades.  

Ni pensar que quienes estudiaban en la Escuela de ciegos jugaran fútbol.  (La escuela sigue en su lugar. La visité hace unos meses pero ese día no estaba permitido el ingreso).  

Como todo ha subido, ahora los ciegos juegan desde su silencio con el ruido de las pelotas al caer. Lo dice un poeta, y “los poetas son mentirosos que siempre dicen la verdad”. Dice  Juan Manuel Roca, el sobrino de Vidales, sí, Luis, ¿quién más? : “Mi madre y yo en la terraza. Y abajo, ángeles de la sombra (los niños ciegos) corrían como locos tras el ruido”. 

Como siempre he tenido el fútbol por cárcel, a este deporte le debo el  primer y único canazo que he pagado. Y le debo a mi madre – enemiga del fútbol- haber recuperado mi libertad.  

Con varios chinches de la 50ª con 92, en Aranjuez, fuimos detenidos por el delito de jugar fútbol en la calle. Por la infracción me metieron en la “bola”, una especie de cárcel ambulante.  

Luego fuimos a templar a la permanente o a la inspección de donde nos echó con  un sermón paternal el funcionario de turno. A lo mejor fue don Absalón Vargas, una especie de Sherlock Holmes de barrio. Y nos devolvió a nuestro hábitat, su majestad la calle. 

Doña Geno se convirtió en mi abogada y abogó para que nos volvieran a dar la libertad por cárcel. Lástima no haber sido papa en reciprocidad…