19 de mayo de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Mecanismo de pobreza

28 de marzo de 2021
Por Lola Portela
Por Lola Portela
28 de marzo de 2021

En mi última columna abordé este tema de la corrupción y la pobreza desde el caso más sonado de Latino América, el de Brasil, pero creo que vale la pena abordarlo una vez más, porque no podemos seguir, en silencio, observando malos ejemplos. Y es que quien ignora la historia, la repite.

Y a propósito de Brasil y su corrupto sistema empresarial de la mano de la política, por estos días, me encontré con “El Mecanismo”,  la exitosa serie de Netflix que sigue dando de qué hablar, porque muestra esos escándalos relacionados con la corrupción. Ese cáncer que, por décadas, lo ha contaminado todo hasta destruir a ese mismo sujeto, que en medio de su ignorancia, y tal vez por necesidad o por dárselas de “vivaracho”, vende su voto al mejor postor; por unos cuantos pesos o por un beneficio unipersonal.

El Mecanismo es la misma serie que logró enojar al expresidente Lula Da Silva, directo implicado,  quien a pesar de sus amenazas no logró ganar la peleas con la empresa productora, que hoy recauda varios millones por el éxito de la serie, que muestra lo sucio y descarado que es el corrupto.

Y es que mostrar los “hechos reales”, aunque con nombres irreales, es una buena fuente de ingresos. El éxito con certeza emana a partir de una buena y profunda investigación.

En todo caso, lo importante es que ésta serie retrata, cruda y majestuosamente, ese “mecanismo diabólico”, presente en casi toda América Latina, mediante el cual los grandes empresarios se enriquecen a costa del Estado y alimentan a los políticos corruptos, para llevarlos al poder, a cambio de contratos y/o prebendas.

La serie está lejos de ser mera ficción. Por el contrario deja visto que el mecanismo siniestro es el mismo y se reproduce en casi todas las instituciones de un Estado, donde los funcionarios electos o designados cobran por agilizar los trámites burocráticos, y reparten los beneficios con sus superiores.

Lo que duele es que lo  deshonesto es ya visto como tan “normal”, por algunos, que quien obra de forma correcta, hasta lo descalifican  socialmente. Asunto que en realidad poco o nada me importa. Nada más maravilloso que comer y dormir con la conciencia tranquila, al saber que, como decía mi vieja Lola, nada se le debe al diablo.

Se dice que la pandemia en Colombia agregó tres millones de pobres. Y tal vez esa cifra sea cierta, aunque creo que se queda corta, pues colombianos han perdido el empleo y otros tantos han hasta  reducido sus ingresos, por favorecer a otros, en esa hermandad o solidaridad propia de quienes no podemos con la indiferencia.

Y es que esta pandemia ha mostrado lo bueno y lo malo de la esencia del ser. Y ha desnudado esos corruptos mecanismos y “triquiñuelas” que, sin duda, inician en casa.

Me jacto con enorme orgullo de pertenecer a una familia donde la mentira, el engaño, la traición y el oportunismo se castigaba. Gracias también por esos principios de justicia que quedaron para siempre y que espero perduren en todas mis generaciones.

En ese contexto, creo que saldremos de esta pandemia  diferentes: fortalecidos, pero no iguales, pues hemos aprendido voluntaria o forzosamente, es mi humilde manera de verlo.

Por supuesto, duele ver cómo algunos hasta han sido víctimas de personajes que se valen de ave marías ajenas, para sacar pecho; con el trabajo de otro, que claramente no han realizado.

Parece un horror, pero la pandemia ha desmantelado no solo la pobreza, sino a rufianes que negocian con todo y por todo, incluyendo la salud, la vida, y ahora las vacunas.  Y cómo me gustaría que fueran expuestos en un muro: una valla pública para el corrupto, a ver si al menos sienten vergüenza, pues aunque lleguen a una cárcel, con lo robado, lo pagan todo.

Cuando se trabaja por el bienestar de la gente es tan grave y dolorosa la corrupción, como el tener que descubrir al falso amigo, a ése que muchos hicimos “socio”, para tenderle la mano, en medio de esta guerra que aún no termina, como tampoco termina la corrupción.

Tengo que decirlo mis lectores: creo que, más bien, con actos de traición al amigo es que inicia un corrupto, pues para traicionar a quien nos da la mano, se necesita no tener escrúpulos, sino ser infinitamente individualista, desde el grado máximo del egocentrismo.

Por eso mismo, nada raro que veamos un gran número de muertos que aparezcan como vacunados, para sumar estadísticas, pues si se atreven a simular, delante del paciente y familiares, que inyectan a un vivo, no me cabe duda cuántos muertos resucitarán para vacunar, especialmente en campaña, porque para un corrupto:  “su fin, justifica los medios”.

Sé que la lucha es universal contra la corrupción, eso nos indica que existe una especie de globalización contra ese flagelo. Y esa es, realmente, la gran transición de nuestro tiempo.

Tal vez la corrupción, como la pobreza, no terminen totalmente en ninguna parte, pero en lo que se debe trabajar en Colombia, particularmente, es en acabar con la impunidad. Y eso debe ser esencial y exigencia de la sociedad,  especialmente para con los políticos.

El mecanismo, que conlleva a la pobreza, se repite con cada ciclo electoral, y desde la sociedad lo pararemos cuando seamos capaces de decir: NO MÁS.

Propongo que se expongan esos “bichos o langostas sociales” al escarnio público.