17 de mayo de 2021
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Los viejos oficios

15 de marzo de 2021
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
15 de marzo de 2021

Según el censo de 1870 en el pueblo de Manizales había 10.562 personas de las cuales 2.746 eran agricultores, 152 comerciantes, 38 arrieros, 69 sirvientes y 6 artistas. Cuando llegaron las guerras civiles aumentó la población de los pueblos porque los ejércitos movían, entre sus soldados, un grupo grande de artesanos y de personas que podían vivir de un oficio calificado y sostener a una familia; por esta razón hacia 1890 las  poblaciones pequeñas y grandes se van enriqueciendo por la llegada de albañiles, carpinteros, herreros, zapateros, peluqueros, pintores, fundidores, cerrajeros, hojalateros, ebanistas, sombrereros, tipógrafos, impresores, encuadernadores, costureras, bordadoras, lavanderas, panaderos y cocineras. Estas personas se establecían en los pueblos, rápidamente les llegaba la clientela y luego recibían a alumnos o aprendices, que con el tiempo se convertían en oficiales prácticos y en artesanos o maestros. Los artesanos, por lo regular, eran cultos, sabían leer y escribir, tenían que conocer de números, sumar, restar, multiplicar y dividir. Si el arriero no sabe hacer cuentas no puede contratar la carga, el sastre tiene que tomar medidas para hacer un pantalón, lo mismo que la modista; el carpintero y el ebanista conocen los trazos, saben dibujar y hacer cuentas, lo mismo sucede con las bordadoras.

Los más cultos eran los artistas, tipógrafos e impresores, que ayudaban a cambiar la mentalidad de los pobladores; los artesanos contribuyen a transformar la aldea en pueblo, son una fuerza intelectual progresista. A finales del siglo XIX muchos comerciantes y hacendados de Manizales, Salamina, Manzanares, Neira, Riosucio, Santa Rosa de Cabal, Pereira y Armenia, traían de Europa, muebles y catálogos, para mobiliario y figurines o cartillas de moda para hombres y mujeres, y sobre esta base los artesanos hacían copias y reproducciones de muebles y vestidos. Pero también crean sus propios diseños. De este modo va apareciendo una nueva clase urbana. En este proceso jugaron destacado papel los maestros de obra, los ebanistas y los artistas, que se vincularon con la construcción de iglesias y que levantaron las casonas para la élite. Desafortunadamente la inmensa mayoría de estos artesanos fueron olvidados por los cronistas de su tiempo.

Otro oficio de vital importancia era el de las pesebreras, institución que estaba presente en todos los pueblos de la región. El campesino llegaba con su carga, la llevaba a la plaza de mercado o a la tienda y después entregaba la mula y el caballo al encargado en la pesebrera, donde bañaban los animales, les daban caña y miel de panela; por último, las soltaban en el potrero para que pastaran. En horas de la tarde regresaba el campesino, ensillaba y salía para la finca.

La herrería, es otro oficio que tiene que ver con la arriería. Uno de los mejores herreros de Manizales a principios del siglo pasado era Pedrito Ossa, quien tenía una ramada con su famosa herrería; no solo fabricaba las herraduras con gran habilidad sino que calzaba los animales. Era muy agradable observar la técnica para elaborar la herradura. Se ponía la varilla de hierro en el horno, se avivaba el fuego utilizando el enorme fuelle que se manejaba con un pie, cuando estaba al rojo vivo la cogía con las tenazas, la ponía en el yunque y la golpeaba con un martillo para darle la forma, luego le abría los agujeros para los clavos y la pulía con una lima. En todos los pueblos había una o varias herrerías dependiendo de la cantidad de recuas y de arrieros que tuviese la localidad, así como del número de pesebreras.

Otra actividad que dependía del herrero era el de herrador, especialista en calzar las bestias. Los arrieros graduados en el arte también herraban sus animales, pero era más conveniente llevar las mulas a la pesebrera para que las calzara el experto o práctico, por los cuidados que demandaba esta actividad. Primero había que vendar al animal, después se rebanaba el casco, se le media la herradura y por último se clavaba y se pulía con la lima. Algunas de estas herrerías evolucionaron y se convirtieron en talleres de fundición donde, además de fabricar herraduras, se remendaban herramientas como hachas, picas, calabozos, güinches, barretones, trapiches y pailas.

La arriería contribuyó a desarrollar otros oficios, con pequeños y grandes talleres en todos los pueblos de la región; hablamos de los enjalmeros; las enjalmerías funcionaban en locales ubicados en las afueras, debido al material utilizado para elaborar las enjalmas; la materia prima era el fique, la guasca de plátano y la paja; el artesano con una aguja de arria, cáñamo y retazos de lona, iba pegando la paja en pequeños manojos y de este modo armaba las enjalmas, para las mulas y bueyes de carga. En estos lugares fabricaban también las esteras para dormir, usadas por arrieros y para los peones en las fincas.

En cuanto a los zapateros había por montones en todas las aldeas, corregimientos y pueblos; eran pequeños talleres a cargo de un artesano y sus hijos; pero también operaba en las grandes poblaciones, la mediana empresa, que funcionaba con zapateros asalariados.

No es un secreto que los artesanos llegaron a estas poblaciones debido a las guerras civiles; el conflicto bélico que más artesanos aportó fue la guerra de 1876, pues muchos de ellos llegaron con el ejército del general Julián Trujillo y se quedaron en Manizales; después viajaron al Estado del Cauca por sus familias y se ubicaron en los pueblos grandes como Salamina, Aguadas, Pácora, Aranzazu, Neira, Manzanares, Manizales, San Francisco o Chinchiná y Pereira. Para una familia pobre el ideal era tener un hijo artesano; un pequeño campesino no quería que su hijo fuera peón para que no abandonara el hogar, por eso buscaba el taller de un artesano y le pagaba para que lo recibiera como aprendiz; de este modo fueron surgiendo nuevos artesanos, o maestros, en la medida en que las aldeas se transformaban en pueblos, a finales del siglo XIX.

El desarrollo de los pueblos hizo surgir otros oficios y especializaciones que giraban alrededor de las familias: los vendedores de leña que ofrecían su producto puerta a puerta; los que vendían  el carbón vegetal para asar las arepas y que tenían asegurada la clientela; los lecheros que recorrían las calles con sus cantinas o canecas, en horas de la mañana y las señoras salían con ollas para comprar la leche; y los distribuidores de huevos de gallinas, que entregaban su mercancía también en horas de la mañana.

Casi todos los oficios se transmitían de padres a hijos, así se trate de costureras y bordadoras, de sastres, zapateros o mineros. Desafortunadamente los cronistas del siglo XIX casi no tuvieron en  cuenta esta parte de la población. Cuando avanzó el siglo XX, y se impusieron nuevas relaciones de producción, los artesanos fueron pasando a la historia.