19 de abril de 2021
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Los jóvenes andariegos de antaño

1 de marzo de 2021
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
1 de marzo de 2021

Cuando fueron exterminadas  las comunidades indígenas que habitaron esta inmensa región, que se extiende desde Aguadas hasta Manizales, la selva de apoderó del territorio hasta que 250 años después llegaron campesinos pobres que se desplazaban desde numerosos pueblos de Antioquia. Estos labriegos y sus familias lucharon contra las inclemencias del medio, tumbaron árboles, organizaron viviendas, cultivaron maíz, fríjol, yuca, plátano, arracacha, caña de azúcar, organizaron la huerta y el gallinero, y al cabo de los años habían levantado pequeñas fincas, aldeas y pueblos.

En el ambiente de la parcela los niños desempeñaban tareas que se convertían en diversión y entretenimiento, como garitear o llevar la comida a los mayores, recoger leña, espantar las ardillas y los pájaros que se comían el chócolo de la roza, traer agua y alimentar gallinas y cerdos. Pero por la observación se familiarizaron con los oficios de los adultos; por ejemplo, la destreza para derribar un árbol, rajar leña, sembrar maíz, fríjol y plátano, de modo que cuando llegaban a la mayoría de edad se podían convertir en peones.

El pantalón largo

En ese momento,  cuando el joven lograba acumular esta enorme experiencia, ya estaba listo para “alargar pantalón” y podía “graduarse de hombre”, lo que generalmente ocurría después de los veinte años. Este hecho tenía gran importancia. El joven compraba un sombrero de caña o aguadeño, pañuelo raboegallo, camisa, pantalones de dril claro, o de manta, quimbas, abarcas o alpargatas, peinilla, carriel y ruana. Después iba con el padre, con el tío o con algún amigo a la zona de tolerancia del pueblo en donde, además de practicar la primera relación sexual, podía tomar aguardiente.

Alargar pantalón significaba que podía irse de casa. El padre no daba dinero a los hijos por su trabajo, sólo alguna ropa de vez en cuando; el trabajo de los hijos se convertía en ahorro que ayudaba a hacer la finca. Los hijos abandonaban el hogar para buscar un empleo y construir el futuro.

Peones andariegos

Desde el año 1850 había muchos empresarios montando haciendas de ganado, tabaco, caña de azúcar y café y, por lo tanto, estaban interesados en contratar a estos jóvenes peones, conocedores del oficio, graduados en el arte, y que se le medían a todas las actividades. Para esta época Aguadas, Pácora y Salamina, se habían convertido en las poblaciones donde se formaban los mejores trabajadores especializados en manejar el hacha y tumbar los enormes árboles madrinos;  de estas localidades salían los mejores trabajadores, buscando fortuna. Recorrían las aldeas y pueblos donde se estaban formando fincas y haciendas (desde Neira, hasta el Quindío), se ofrecían como peones y al cabo de un año tenían dinero suficiente para pensar en conseguir novia, comprar el ajuar y casarse.

Junto con estos jóvenes trabajadores viajaban las niguas, muy famosas en esa época porque abundaban en los sótanos y subterráneos de las casas campesinas y en los colchones de paja y esteras de guasca de plátano de las camas. Cuando los trabajadores llegaban a las haciendas y se alojaban en los camarotes de los cuarteles aquí se hospedaban también los parásitos, especialmente las niguas, que de las esteras pasaban a las uñas de los pies.

Dicen los que saben que no hay placer más rico que la picazón producida por la nigua cuando está escarbando para poner huevos; pero sobre todo, rascarse es sumamente placentero. Lo anterior está muy bien narrado en los siguientes versos de Bernardo Gutiérrez:

Chiquita chirriquita, oriunda de Salamina,

cuna de grandes poetas y capital de la nigua.

Colonizando los dedos llorosos de cigüelillas,

la encontró el jabón de tierra al taponar sus rendijas

 

La nigua es casi un microbio, chiquita, chirriquitica,

pero que rasca y que rasca, que pica, pica y repica.

La nigua es casi un microbio, chiquita, chirriquitica,

y que cosa tan verraca, si pica la hijueputica.

 

El niguatero tiene que sacar el parásito completo, con una aguja, con paciencia y sin afanes. Para evitar la inflamación le echaban a la pequeña herida un poco de aguardiente, alcohol, específico (veterina) o yodo. Cuando la lesión era muy grande los peones caminaban medio cojos y por eso los llamaban patojos o niguateros.