17 de agosto de 2022
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Las minorías, el patito feo

4 de marzo de 2021
Por Clara Inés Chaves Romero
Por Clara Inés Chaves Romero
4 de marzo de 2021

Con ocasión del Covid 19 se desnudó la cruda realidad de la frágil democracia que posee los países de la América Latina unos más que otros, pero al final la corrupción, el debilitamiento de los derechos fundamentales debido a las medidas de salubridad pública propias de la pandemia, el alejamiento del Estado de sus conciudadanos y la débil gobernanza son el común denominador.

En el caso colombiano según la noticia del diario El Tiempo de fecha 2 de marzo del año en curso, titulada “Las siete ordenes que la JEP le dio al gobierno por asesinatos de exFarc” muestra la ineficacia y la falta de articulación de las entidades del Estado así como a su incapacidad para cumplir con la protección de los excombatientes y con lo que se pactó en los acuerdos de paz.

Pero más allá del hecho de que se trate de excombatientes, es que el derecho a la vida en el país e igualmente en otras regiones de la geografía mundial no vale nada. No se puede entender por ejemplo, cómo el Estado tiene en total abandono al Pacífico colombiano cuando es uno de los territorios más ricos del país , y posiblemente el más rico, que cuenta con inmensos ríos mientras sus habitantes carecen de acueducto y agua potable.

La población afrocolombiana  en el Pacífico y en particular en Buenaventura como lo señalaba el padre Francisco de Roux está en medio de grupos criminales que los esclavizan y que acaban con el futuro y los sueños de generaciones de jóvenes que se ven obligados a tomar bando por alguno de los grupos que allí se encuentran: la guerrilla, los narcotraficantes, los paramilitares, y otras bandas criminales, sin que el Estado tenga o bien la capacidad, o bien las ganas de hacer presencia y de impartir el orden , la justicia y la inversión social.

¿Dónde quedan los derechos de los niños, adolescentes y de las minorías? Un Estado que no sea capaz de brindarle a sus ciudadanos calidad de vida y que no fomente la educación, la salud y la alternativa de empleo a sus jóvenes, nos lleva a preguntarnos: ¿qué clase de país tendremos en poco tiempo, y quienes serán los que nos gobiernen?, si le ha dado a la ilegalidad  el futuro de la nación que son los jóvenes.

Uno se pregunta qué pasa con los gobiernos de turno que no cumplen con sus funciones de ejercer la soberanía estatal con equidad en todo su territorio, y si por el contrario han dejado solas a las comunidades permitiendo que los grupos ilegales impongan sus leyes, el terror y la miseria robándole al Estado su papel como tal.

Parecería que, para algunos colombianos, las minorías indígenas y afros son ciudadanos que no merecen tener la calidad de vida que gozan otros ciudadanos en el interior del país.

Esta misma situación la vienen viviendo los haitianos y algunos países africanos ante la indiferencia y la indolencia de la comunidad internacional. Es como si los líderes mundiales se hubieran quedado en el periodo de la esclavitud y la colonización.

Debemos reformar la OEA  y la ONU para que estos organismos internacionales que tienen por finalidad el mantenimiento de la paz y la democracia, ejerzan a cabalidad estos roles y recobremos el estado de derecho en el mundo y en particular en Colombia y la América Latina.

¿Cómo tener desarrollo y paz cuando existe tanta injusticia social?. Como decía el padre Francisco, como sentir orgullo de ser colombiano cuando muchos de nuestros hermanos viven en la inequidad y en el abandono y a pocos les importa.

Valdría la pena repensar nuestra democracia, nuestra institucionalidad y empezar a vernos como lo que somos hermanos que conformamos una nación con una gran riqueza cultural, en la que todos merecemos vivir en un país incluyente en paz, desarrollado y con calidad de vida.

(*) Exdiplomática y escritora