13 de agosto de 2022
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La pandemia y la vida virtual

5 de marzo de 2021
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
5 de marzo de 2021

Observadores de la vida en confinamiento profetizan que saldremos de este con huellas indelebles,  la naturaleza de la vida transformada, y como piezas de museo, oficinas, centros comerciales, congresos profesionales, viajes de trabajo. Pregonan que las tele-consultas médicas, la educación hibrida, las viviendas como centros de trabajo son puntos de no retorno.

Cierto es que cayó  de repente sobre todas las ciudades y caseríos del planeta un confinamiento que impuso nuevas maneras de realizar las actividades económicas, el trabajo y el comercio. Persistirán seguramente,  pero son modificaciones  menores, digámoslo así, de cómo se hacen las cosas, que no alcanzan la dimensión mayor de cambiar  la naturaleza de la vida.

Las conexiones  virtuales han facilitado de manera contundente nuestras relaciones sociales. De entrada, dan movilidad  y nos permite hacer presencia en sitio remotos: estar  ante el conferencista que diserta en Madrid,  en la sala del hijo en Bruselas, en la mesa de trabajo en la zona franca. En instantes se salvan distancias y, cosa no menor, nos libra  del caos vehicular.  Y en la virtualidad, asistida de la inteligencia artificial, las acciones repetitivas se cumplen con un click. Hacemos el pedido de zapatos a la horma de nuestro  pie, pagamos los servicios públicos, inspeccionamos en detalle un apartamento en Sídney, para alquilarlo por AirBnb, las noticias de prensa las tenemos a primera hora de la mañana, sin levantarnos de la cama.

Participamos de la creencia de que el hombre tiene una inclinación natural a tomar el camino fácil para alcanzar las cosas. Justo por eso, algunos se duelen, el país esta como está, a diferencia de otros, como los alemanes, retratados en el proverbio: Porque hacerlo  fácil si  puede ser difícil.  (Warung leicht wenn es aus schwiring geht). Orientación que siguen algunos golfistas con resultados desastrosos.

Todo es fácil cuando se saben hacer las cosas. El encierro por la pandemia ha sido escuela acelerada y obligatoria, y universal,  sobre lo qué es y cómo se maneja el mundo virtual. Pero no hay que sobrevalorarla y atribuirle poderes de superación.

Digamos,  la condición desconfiada del hombre, el apóstol Tomás que llevamos dentro,  que nos susurra ver y tocar para creer. No se ha perdido, pero si se ha aprendido a percibir  el mundo real a través de la pantalla. Es tan mío el dinero del que tengo noticia me  transfieren,  como el billete que manoseo; es tan veraz el compromiso consignado en un email, que la promesa leída de los labios que la profieren – lo que los ojos no ven los oídos no creen-. El patrón paga el salario del tele trabajador, tan seguro en la labor realizada, como cuando registraba sin falta las horas de llegada y de salida.

El hombre no es solo un ser que realiza tareas. De serlo sería intercambiable con un computador, que cumple idénticas funciones, tal vez con mejores resultados. Este es el funcionalismo que reduce el pensamiento del ser humano a un paquete de algoritmos.

Cuenta y de manera principal como el hombre cumple esas funciones. La motivación para realizarlas, como ellas encajan en el proyecto de vida, que tanto esas labores le dan sentido a la vida. Ese componente humano se alimenta del contacto, de la cercanía, de la emoción del encuentro, de reconocimiento íntimo que nace de la expresiones facial y corporal  próximas.

Es cierto que se ha desdibujado la radical oposición entre lo real y virtual,  la que nos refiere el diccionario, pero no al punto de que el segundo pueda sustituir el primero.

Hay una pérdida al traducir la realidad de variables continuas, a variables  discretas, que es como se podría definir técnicamente la digitalización que vivimos. El mundo virtual imita el mundo real, pero no tiene la vitalidad de hacérnoslo sentir en todas sus dimensiones. Se le despoja de la magia  que  encierra la cercanía de la mirada, el roce de los cuerpos, la calidez de la presencia cuando está al alcance de mi mano palpar. No tiene espacio para el sonrojo. Es una realidad de pobre economía libidinal. El mundo virtual abarca sola la dimensión que puede comprender su modelo de lógica, y  por la frontera de la pantalla no puede filtrarse  en toda su dimensión del mundo de la vida, concepto caro a la filosofía.

La naturaleza humana está en la relación con los demás, en la interrelación de unos con otros, que se cumple también en un encuentro por Zoom, pero  aquí con una inserción precaria, de baja intensidad, sin el halo del magnetismo personal. Y que no se diga, que no se logran corrientes de afectos cuando se encuentra la madre con su hija por Facetime. Si, pero porque lo que vibran, a lado de la imagen en la pantalla, los recuerdos del cuerpo presente.  La amistad por redes sociales, entre quienes no han conocido en persona, no iguala los registros de la conversación a distancia entre los viejos compañeros de colegio. Uno y otro mundo despiertan de manera diferente la capacidad de sentir.

Sin duda la pandemia ha ofrecido a muchos  un gratificante paréntesis, de lo que parecía ser una cadena perpetua de jornadas, salir en la mañana de la casa, para regresar cuando ya oscurece.  Pero un año de confinamiento en el hogar, cumpliendo allí, todos, sus actividades:   las domésticas, las de oficina, y las del aula, expone a que languidezcan de tedio, la vida familiar, la jornada laboral, la experiencia educativa. Los equipos de trabajo, con liderazgos ejercidos a distancia, fracturados, sin el estimulo intrigas. Estudiantes con una vida universitaria  sin el ruido  de los corredores, sin el ocio creativo de los cafetines. Y un hogar de conversación  agotada, bajo la monotonía de una común experiencia cotidiana,  sin crónicas de lo casual, sin el chisme, con la visión monocroma. Los oficios religiosos sin estar envueltos en el fervor colectivo con la luz de los vitrales. Los partidos de futbol sin la catarsis de los insultos de los fanáticos. La vida despojada de la dimensión lúdica que ofrece la casualidad de los encuentros callejeros.