16 de mayo de 2021
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Cuento/ Iván Asmar La lluvia, el ruido, la furia

29 de marzo de 2021
29 de marzo de 2021

POR IVÁN ASMAR

La vida es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia, que no tiene sentido. – . – Shakespeare – Macbeth

Iván Asmar

No es una iglesia, es una diminuta capilla adosada al crematorio donde se encuentra sentado, solo, con la mascarilla ajustada a su boca y al pie del ataúd de su hijo Julián. A veces mira al frente al crucifijo un poco desproporcionado para la dimensión del lugar. Todo ha transcurrido tan rápido que no entiende y no sabría, si se lo propusiera, cómo empezar a hablar con el cristo invisible.

Hace veinte años: cambio de siglo, cambio de milenio, la deuda de la casa con el banco que se volvió impagable. Luego, don Ambrosio Cortés el gran benefactor que le presentó Rosita; el pagaré con espacios en blanco.

Llueve, uno diría con rabia y ruido; los cristales que dejan pasar una luz amarilla y casi íntima reciben el castigo repetido de millones de gotas gruesas. En esa atmósfera, donde se empieza a sentir el olor a cera de los dos únicos velones largos que pudo conseguir y que ahora custodian a Julián, al que no conoció después de los ocho años cuando, con su manito extendida, se despedía desde la ventanilla trasera del auto de don Ambrosio que se lo llevaba con Rosita tal vez como parte del pago de la deuda.

Rosita no dejó nada ni alimentos, ni ropa, ni muebles; sólo una cama sencilla con edredón de lana, una mesa de noche y los viejos vestidos de él; pero, sobre todo, nada que pudiera recordar a Julián. Se propuso entonces dibujar esa imagen del hijo al despedirse, su pelo lacio sobre la frente, ojos grandes y redondos, dientes recién mudados y la desprevenida sonrisa de un niño que no sabe de rupturas, de adioses definitivos, de océanos de tiempo…

Y esa fue la imagen que del tamaño de su billetera guardó allí por los veinte años que corrieron, la que veía antes de dormir como si fuere una estampa y de la que se valió, solo hace diez días, para tratar de reconocerlo en la puerta de salida de viajeros del aeropuerto antes que el hijo leyera su nombre escrito en letras grandes en el vistoso cartel que llevó.

La lluvia más fuerte y ruidosa; la llama vacilante de los velones, pero resistente al viento que logra colarse por rendijas impensables y esa larga caja de madera lijada, triste y desnuda que guarda la bolsa hermética en la que se encuentra Julián.

Entre los pasajeros que salían, vio a un joven alto y delgado leer los cartelones con los nombres de los esperados, lo mismo que hacían otros, pero él, a pesar de no haberlo imaginado de tapabocas, cuando hacía el ejercicio de pensarlo, al mirar su dibujo, lo transformaba en el tiempo y por eso supo al instante que era Julián.

Llegó con el maletín deportivo, que no hace muchas horas le entregaron en el hospital donde murió, con pocas mudas de ropa tal vez y el celular, que ahora mismo timbra y no quiere mirar o contestar por pudor.

Cuando se abrazaron, ni muy fuerte ni muy débil, se olvidaron de las precauciones; ya sin mascarilla el sudor del hijo y las lágrimas del padre se confundieron. Era como si el niño de la ventanilla hubiera regresado a nado contra la corriente del río de los años y estuviera de nuevo con él en la misma ciudad de la que le fue arrebatado.

La lluvia no agota su furia; el ruido en los cristales es aún más fuerte; una repentina neblina trae el frío que ahora siente y el viento persiste en apagar las llamas que devoran los velones. El móvil timbra una y otra vez dentro del maletín.

Un tanto impaciente vence su recato. Abre la tula y alcanza a leer el mensaje que en el Whats App le deja, según la foto de perfil, quien parece ser Rosita, si permitiere al tiempo que, con toda su maldad, hiciere algunos cambios.:

¿Qué sucede? No escribes, no contestas mis llamadas

….

El automóvil conducido por su padre pasó por calles y avenidas de una ciudad a la que sólo recordaba con los retazos que su memoria de niño guardó. Nada parecido a esas visiones a las que acudía cuando escuchaba, en el lugar donde creció con su mamá y don Ambrosio, hablar del tiempo en que se conocieron, éste, con su compraventa- a la que prohibía llamar prendería- y ella, una modesta ama de casa que cada mes llegaba donde el gran benefactor, como se hacía nombrar, por el préstamo para completar la cuota mensual para pagar el crédito de vivienda.

Acaba de llegar otra caja más de madera visiblemente ordinaria tan pelada y escueta como la de su hijo. La ubican detrás, a más de tres metros de distancia, para observar los protocolos. La puerta entonces debe permanecer abierta; es necesario que el aire circule. La lluvia ruidosa, el frío que entra con violencia, los velones que se apagan.

Escucha gemir y por momentos llorar al doliente recién llegado; gira hacia atrás su cabeza: es un sesentón, casi como él, que quizás no tuvo años solitarios, ni vivió en casas sin la gritería de los niños. Lo envidia, sus lágrimas dicen lo feliz que fue; el final de una historia de muchos días y noches; de sueños y pesadillas, de conflictos y reconciliaciones. En fin, una vida.

En el viaje del aeropuerto a la casa, ya sin mascarilla, hablaron muy poco, casi nada; habría tiempo para conocerse, pensó el padre; mientras el hijo no pudo, como lo hizo otras ocasiones, disolver la visión, grabada en su memoria infantil: Rosita desnuda abrazada al prestamista cuando él, en una de tantas veces que la acompañó y que se entretenía con un tren de pilas dejado en prenda, pudo verlos así a través de la puerta, por descuido mal cerrada, de la oficina donde su madre había entrado a “hablar una cosita con don Ambrosio”.

A veces siente que la lluvia se debilita; se trata de una tregua momentánea para volver, con la misma furia y ruido, a golpear los cristales de las ventanas. Tiene frío; atrás, su vecino, no lleva tapabocas, no llora, sólo abraza el ataúd y musita una suave canción.

Quiere decir algo al hijo desconocido, pero no lo encuentra. ¿Qué decir si no hay carruseles, circos, bicicletas, cuentos contados para dormir, viajes, estudios, grados, matrimonio…? Sólo la pesada realidad de la ausencia.

Vuelve al celular y revisa los mensajes de Rosita y Julián desde el momento en que llegó:

¿Cómo lo viste?

 Parece más rico de lo que se dice

¿Lo abrazaste?

Sí, claro; cuando llegué

…. 

¿Crees que esté infectado?

Debería estarlo.

….

Casi no hubo tiempo para hablar como lo pensaba el padre que sí alcanzó a imaginar una vida en que ambos recuperarían los años de silencio y soledad en que Julián sólo era un dibujo guardado en la billetera.

Una vez en casa fue inevitable mirarse con fugacidad, y en cada mirada estudiar al otro; encontrarse en los ojos, en la sonrisa triste, en los dedos largos y hasta en ese reflejo nervioso que se convertía en risa forzada.

Nada había comenzado cuando ya, al día siguiente, el fin empezaba: Julián sin olfato, sin gusto, fiebre, respiración difícil…hospital.

Voy al hospital, me siento mal.

¿Y él?

 Sin síntomas

Las estadísticas funcionan, muy rápido te aliviarás; pero… él…

No quiero que le ocurra nada malo

????

No, no quiero; bastó hablar tan poco como hablé con él para saber que cabía en mi vacío.

¿No ibas por la herencia?

….

¿Qué sucede? No escribes, no contestas mis llamadas

….

Justo, al terminar de leer, un sonido eléctrico y otro mecánico lo enfrentan al ataúd que la banda lleva muy despacio hacia el horno.

Aún no encuentra las palabras para despedir al hijo y menos para entenderlo todo, pero le parece que esa lluvia, que cae sobre los cristales de las ventanas, con ruido y furia, habla por él.

FIN

Marzo/ 2021.