6 de mayo de 2021
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Hipócrates en nuestra vida moderna

16 de marzo de 2021
Por Mario César Restrepo Velásquez
Por Mario César Restrepo Velásquez
16 de marzo de 2021

La profesión médica ha sido protagonista durante toda la historia de la humanidad y ha estado presente en cada uno de las etapas de nuestro desarrollo con diferentes especialidades. Se percibe sus orígenes miles de años atrás, casi tan antigua como la de los cocineros, e inclusive, como las comadronas o parteras. En los albores de la disciplina se sentaron las bases humanistas de su praxis con el acogimiento del “juramento hipocrático”. Siendo el legado de Hipócrates un compendio de principios éticos y morales con los que debe cumplir todo buen galeno, sin temor a equivocarme, quiero afirmar que éste es su mayor estandarte. Es el tuétano del enamoramiento. El motivo por el cual muchos de estos ilustres profesionales tomaron el sendero del sacrificio al concebir su vida en pos de: “No llevar otro propósito que el bien y la salud de los enfermos”. El entrecomillado es la esencia deontológica del juramento sobre la que el precursor griego pretendió hacer  proclamar a cada uno de sus discípulos.

Con la letal e inmisericorde pandemia del coronavirus, los profesionales de la salud en la primera línea de atención cobraron la mayor relevancia, visibilizada aún más porque a costa de su propia vida, luchan por arrancar de las nefastas y huesudas manos de la muerte un gran número de personas señaladas por un destino de azar, en su gran mayoría; o por el contrario, signadas por un irresponsable comportamiento. Pero en cualquier caso, actores de las mismas fatales estadísticas.

El covid-19 puso al insigne griego, pionero de la medicina, a revolcarse en su tumba, porque algunos de sus preceptos se han trastocado. Muchos de nosotros que hemos tenido la fortuna de estar ausentes del contagio del maléfico virus y, que por simple prevención o indicios de una delicada alerta, requerimos los servicios del POS (plan obligatorio de salud), nos encontramos con una deshumanización total y absoluta de la reputada profesión, en lo que hace referencia a la frívola consulta de telemedicina, donde el vínculo sagrado médico-paciente se diluye por completo. Uno de los principios de este emblemático rito de quienes van a vestir el blanco atuendo y se van a colgar el estetoscopio en sus sufridos hombros, reza: “Mantener,  en la máxima medida de vuestros medios, el honor y las nobles tradiciones de la profesión médica”. Para paliar un tanto el sinsabor de la telemedicina, “en la medida de los medios” ¿Cómo no se pensó en hacer parte del procedimiento, la videollamada para la atención a pacientes?, y así, mínimamente sentir que nos estaban prestando atención. De otra parte, no se puede olvidar que, el involucrar la familia del enfermo, como parte integral e inseparable en su proceso de recuperación, hace parte del honor y las nobles tradiciones de la profesión médica. Pero la realidad es bien distinta en el vórtice del tornado, con los pacientes en cuidados intensivos e intermedios. Es bien sabido que por lo general penden su vida de sofisticados aparatos, sometiéndose a la crudeza de la soledad, tan solo con el acompañamiento de sus recuerdos de hogar, cuando el vilo de su padecimiento no les enturbia los pensamientos de la vida que dejaron atrás. Otra inmisericorde realidad con la merodeante muerte, es cuando se pierde la batalla y el alma del enfermo trasciende a la eternidad. En esta pandemia,  la familia del finado no puede ni con rogativas iniciar el duelo con el cuerpo en mortaja, como es costumbre en occidente; solo al final deben resignarse con un cofre funerario, anteponiendo toda la fe del mundo al recibir las cenizas de ese ser querido que, nunca más volverá a estar presente alegrando su vida.

Pero, con pandemia o sin ella, el menoscabo de los principios hipocráticos en un país como Colombia, con un sistema de salud tan convulsionado como la realidad propia, es un tema estructural que por lo general está por fuera del aporte que puedan hacer los profesionales de la medicina. La incubación de la ley 100 de 1993 es un parteaguas que cambia perversamente el modelo de salud. Su surgimiento crea un conflicto creciente respecto de la bioética que ampara la génesis humanista de sus forjadores, de una parte, enfrentado al enfoque mercantilista y crudamente inequitativo que no privilegia los principios de eficiencia, universalidad y solidaridad promulgada por el artículo 48 de la Constitución Política.

Soy contador de profesión, pero amante de la práctica médica de vocación. Recuerdo una tarde  en uno de los hospitales públicos del departamento de Caldas, en la época más cruenta del conflicto armado, cuando a la oficina de contabilidad en la que prestaba mis servicios outsourcing llegó el rumor de que estaban esperando el cadáver de un guerrillero dado de baja en un enfrentamiento cercano. Con el ansía de evidenciar mi primera necropsia, relegué mi retorno por ese día. Más tarde en el anfiteatro con el cuerpo desentrañado en la cavidad torácica, observé con estupefacción el dictado que el legista le hacía al auxiliar describiéndole la trayectoria de entrada y salida de los proyectiles en los pulmones, el corazón y algunas costillas. Enseguida, la auxiliar de enfermería que tenía con firmeza la cabeza del occiso para que le hicieran la trepanación, se fue poniendo pálida dándole señales al médico de querer abandonar. Ahí mismo me ofrecí para reemplazarla, vistiendo por primera vez una prenda de la grandiosa profesión. Al aguantar el voltaje sin desertar, al ser testigo cercano de la increíble extracción de esa masa gelatinosa, laberíntica y misteriosa que es el cerebro humano, reafirmé con agudeza y la conciencia de todos mis sentidos, que los doce semestres de estudio de medicina que me faltaron, muy probablemente hubieran pulido un aceptable y digno practicante, apegado a los preceptos hipocráticos.

Quiero apartarme un tanto de esta disquisición filosófica, para entrar a las motivaciones personales que me impulsaron a sentarme frente a la fatídica hoja en blanco para tratar de plasmar mis ideas. Un fin de semana cualquiera, buscaba con mi esposa algo entretenido en el televisor que nos apartara del fragor y la pesada semana. Por mero gusto nos detuvimos en la serie de Netflix “New Amsterdand”, pensando que se trataba de una película. El resultado, quedamos anclados capítulo tras capítulo hasta terminar los cuarenta episodios de las dos temporadas que son. La serie basada en el libro, “Doce pacientes: vida y muerte en el hospital Bellevue”,  es la radiografía vivencial de las penurias clínicas versus el presupuesto de un hospital público en los Estados Unidos. Su protagonista, el doctor Max Goodwin, con la pesada carga de ser el director médico, entra rompiendo y revolucionando los procedimientos en la mayoría de servicios, anteponiendo siempre y a todo momento el factor humano, con una frase que acuñó diciéndoles a sus servidores: “¿Cómo puedo ayudar?” Es acérrimo defensor de que la condición hipocrática está por encima de cualquier cosa, inclusive de la pétrea e insensible junta directiva que buscando prevalecer el beneficio económico, hace trastabillar en todo momento su convicción, aunado a un agresivo cáncer en la garganta que lo enferma y al que debe hacer frente, para tener la entereza de llevar a puerto seguro tan zozobrante barco. El enamoramiento que tuve con ese personaje novelado, de la manera de asumir su trabajo con pasión y compromiso, me dejó pensando en el deber ser de esa egregia profesión.

Conozco algunos médicos y soy amigo de unos cuantos a los que respeto y admiro. En mi condición de paciente por múltiples desavenencias en el normal proceso de deterioro que todos los seres debemos enfrentar, he tenido la fortuna de caer en muy buenas manos. También he sabido de otros que dicen y desdicen de su médico tratante.  Pero, en lo que tiene que ver con la familia, cuando la paciente en algún momento fue mi propia madre, tuve una no tan grata experiencia que me dejó pensando en lo que he desarrollado a lo largo de estas líneas. Solo he de resumir que fue cuando mi madre, tras un largo proceso posoperatorio, fue llamada a rendir cuentas con el creador. Esa caliginosa mañana siendo las 6 a.m. nos citaron a la clínica en la que mi progenitora estaba internada. Con esa tempranera llamada se clavó en mi corazón un oscuro presentimiento. Mis cuatro hermanos y yo entramos a un salón contiguo a la UCI para recibir el parte del médico de turno, “de cuyo nombre no quiero acordarme”, como escribió Miguel de Cervantes Saavedra. Al reunirnos con actitud un tanto hostil y fría mirada, nos dijo: “Su mamá pasó muy mala noche. No se ha podido controlar la bacteria. Tuvo una fiebre incontrolable. Escalofríos. Tosió toda la noche…”. En ese momento lo interrumpí, diciéndole: “¡Doctor, ósea que mi mamá está muy grave!” Ahí mismo me miró sin profundidad, diciéndome escuetamente: “No, su madre murió al amanecer”. Todavía recuerdo ese rostro de tés trigueña, acartonado, vacío, que no denotaba la más mínima de las emociones.

Mi intención nunca es confrontar tan loable profesión. Es simplemente exponer el ideario de cómo sería nuestro sistema de salud si se privilegiara el bienestar del paciente. Un simple análisis de los principios hipocráticos por cuenta de un profesional no médico.

 

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