9 de mayo de 2021
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El viejo y el mar

16 de marzo de 2021
Por Óscar Iván Sabogal Vallejo
Por Óscar Iván Sabogal Vallejo
16 de marzo de 2021

Con Baiden revive la esperanza  que se vuelva a  izar la bandera rojiazul de las barras y las estrellas en los jardines del edificio de hormigón del malecón de la Habana vieja, que  arriaron en  1961 y se reinaugure una nueva época en las relaciones cubano-  estadounidenses ahora que ya no está el acosador, misógino, tramposo, fanfarrón, ordinario, racista, xenófobo y arrogante  Trump.

No se habían difuminado los anillos  espectrales  de las bombas atómicas sobre los cielos de Hiroshima y Nagasaki, cuando afloró la tensión entre la Unión Soviética y los Estados Unidos, aplazada varios años por la tarea común de derrotar a Hitler. La Guerra Fría empezaba a teñir el mundo con los colores de las dos potencias.

Aquí, en el tercer mundo la confrontación se apoderó también del caribe cubano y Fidel Castro, un joven carismático, de rica familia, con ideas políticas confusas pero decidido por la causa de la libertad y sus barbudos amigos derrocaron  la tiranía de Batista con el apoyo de todos, desde la burguesía democrática hasta los comunistas, incluyendo agentes del mismo dictador.

Aunque ni Fidel ni sus camaradas admitían  tendencias marxistas, todo  empujaba en dirección al socialismo, especialmente el apasionado anticomunismo imperial estadounidense en la década del 50, liderado por el senador McCarthy, que obligó a los  rebeldes latinoamericanos a  mirar a Marx con simpatía.

La Guerra Fría hizo el resto: en 1960, con el patrocinio de la CIA, la fracasada invasión de exiliados en Bahía Cochinos llevó a Fidel a descubrir que Cuba tenía que ser socialista. El rompimiento con el país del norte fue cuestión de poco tiempo, la bipolaridad del mundo se instaló a la vuelta de la esquina.

Mientras tanto Hemingway  se había bebido a sorbos a Cuba desde el bar Floridita, “La cuna del daiquiri”, y en los mojitos de La Bodeguita del Medio, con sus paredes forradas de los garabatos que hacían sus clientes cuando Guillermo Cabrera Infante todavía escribía para la revista Lunes de Revolución.

61 años después, el panorama es desolador, el viento se llevó los sueños imperiales  de la URSS, Estados Unidos no es la potencia inspiradora de los tiempos del joven presidente Kennedy y la glamurosa Jaqueline con su sombrero y su vestido de sastre, Fidel es hoy un finado ilustre, Raúl un muchacho de 90 años y esa, una revolución que ya no entusiasma a nadie.

Seguramente Hemingway con su pluma premonitoria, le cambió el nombre al viejo Fidel por el de Santiago, el pescador que un día, en mar abierto alcanzó  el éxtasis atrapando un enorme pez espada, pero el rastro de sangre que dejaba su presa amarrada a un costado del bote  atrajo los tiburones que  fueron acabando con su sueño a dentelladas, y ahora,  de  regreso a la costa, encuentra  que solo queda de esa épica  batalla, únicamente el esqueleto del gran pez que da testimonio de sus días de gloria.

 

OSCAR IVÁN SABOGAL VALLEJO.