6 de mayo de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

El sueño se rompió

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
21 de marzo de 2021
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
21 de marzo de 2021
Caricatura de Andrés Acosta

Mi ilusión era convertirme en el vacunado número mil millones. Pero no, siento que la EPS me busca para aplicarme la vacuna en mi condición de mueble viejo cuya edad oscila entre los 75 y los 80 abriles. Querer no siempre es poder.

Como vacunado mil millones me habrían ocurrido cosas bellas  como las siguientes:

Sería vacunado de verdad, o sea, no tendría que preocuparme de si la jeringa tenía o no el líquido salvador.

En su programa de televisión el presidente Duque me afrijolaría la Cruz de Boyacá que rechazó el ciclista Egan Bernal.

Habría sido besuqueado por la reina de belleza quien luego del coronavírico ósculo iría a atender el Banquete del Millón.

Vacunado número mil millones, me veo en la Plaza de San Pedro saludado por el Che Francisco, lo que me allanaría el camino al cielo sin pagar el peaje del purgatorio.

Las revistas de farándula se atropellarían para titular: El vacunado tal nos abrió las puertas de su apartamento.

Para salir del anonimato, no habría tenido que quemar ningún templo, como Eróstrato que incendió el de Artemisa para salir del anonimato. Ignoraba que de anonimato nadie muere.

Cualquier juglar vallenato se habría precipitado a saludarme en sus canciones. Y no me pasaría factura por la mención.

Veo al fotógrafo Ruven Afanador haciendo un estudio con este moreno como materia prima.

En caso de que pisoteara en materia grave el código penal me darían la casa por cárcel, sin necesidad de pagar costosos leguleyos de esos que sonríen al lado de sus encopetados clientes. (¿De qué se reirán?).

Me veía entrevistado al aire por “julitonomecuelgue” de la W.

El Concejo de Montebello, Antioquia, mi terruño, me habría gastado resolución 001 poniéndome de ejemplo para las presentes y venideras generaciones.

El párroco de mi barrio me invitaría a hacer la primera lectura en la misa dominical.

Mis familiares dirían, radiantes: “Vea, pues, cómo el negro Óscar al fin salió con algo en la vida. No pintaba para nada”.

Siento en el bolsillo la tarjeta cívica que me permitiría montar gratis en el metro de Medellín hasta por dos pandemias.

Doy por hecho el saque de honor en un clásico Nacional-Medellín, invitado por el veeerde.

A mi madre, sentada la diestra de Dios Padre (o a la izquierda:  Dios no tiene presa mala), le podría dar este parte: “Mami, triunfé”.

Hace un año, pocos días después de que nos encerraron a todos en casa, escribía esta columna

 “Ponciopilatearse” las manos  

Parodiando al inglés famoso, nunca tantos en tan poco tiempo nos lavamos tanto las manos que no podemos estrecharnos. Nacemos con los besos contados pero mientras reine la pandemia, los piquitos se los tendremos que dar a nuestro ego.

Para empezar, al insípido conavid-19 sugiero llamarlo “el tardío estornudo de Mao”. El nombre es largo y malo pero sugerir no es obligar dicen los gerentes.

Dios aprieta pero no ahorca. Nos deparó el virus pero nos regaló las manos  para mantenerlo a distancia. Basta lavarlas “al salir de casa, al entrar a la Iglesia, al comer y al dormir”.

Es hora de resucitar a Pilato en forma de jabón. De paso enriquecemos el idioma con la expresión ponciopilatearse las manos, el viejo truco  consistente en echarle la culpa al vecino de nuestras equivocaciones.

Al paso que vamos habrá que incorporar el Lavado de Manos I, II y III al pensum educativo.

Irónico: el bicho que nos deparó la casa por cárcel niveló por lo bajo a Bill Gates con el mendigo; al papa Francisco con el acólito que sueña con darle el codazo generacional.

Pa’ piores, el presidente Duque nos decretó el confinamiento a los inofensivos setentones. Que mis contemporáneos  no me esperen en el bar, perdón, en el supermercado para tomar tinto, hasta el 31 de mayo, no sabemos si hasta por la mañana o por la tarde.

Menos mal en la alocución en la que nos mandó a quedarnos en casa a lo Lleras Restrepo, Duque dejó un obeso menú de posibilidades para salir a estirar las piernas sin que nos metan a la guandoca.

El coronavirus produce pánico. Y eso que apenas vemos la punta del iceberg. Es como si los pájaros de la película de Hitchcock se hubieran entrado a las casas de todos los terrícolas.

Urge desarrollar un WAZE o una GPS que permita detectar portadores del virus para cambiar de acera, como cuando algún “amigo” se niega a vernos en la calle.

Con esto del virus la averiada paz sufrió contundente golpe abajo del cinturón. La jerarquía católica ordenó a su rebaño suspender el bello  ritual de darse la paz estrechando los cinco claveles del vecino.

No es por dármelas, pero mi madre se anticipó a ese mandato. Cuando regresaba a casa, después de misa, les decía a sus hijas: “Mijas, me voy a lavar la paz”. Sospechaba que en esos contactos había coronavirus encerrado porque la gente suele ir a misa con las manos “untadas de noche”.

Si el violín es toda la orquesta, la ceremonia de darnos la paz vale por toda la misa.

Así como el incómodo visitante  llegó ”tan callando” puede evaporarse. Ya nos recordó lo frágiles que somos. Apenas un estornudo en el reloj de pared de la eternidad. ( Ah, y el último que salga que apague la luz).