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Día Internacional de la mujer

Abogado, analista y columnista de opinión en El Espectador, Revista Semana y Eje 21.
8 de marzo de 2021
Por Uriel Ortíz Soto
Por Uriel Ortíz Soto
Abogado, analista y columnista de opinión en El Espectador, Revista Semana y Eje 21.
8 de marzo de 2021

Comunidad y Desarrollo

Hoy 8 de marzo se celebra el día internacional de la mujer; lastimosamente hay poco que celebrar y muchas lágrimas que derramar, por la constante ola de feminicidios, cientos de ellos convertidos en asesinatos, por sus: propios esposos o amantes.

La mujer, es cómo la flor que se marchita con el tiempo, pero, que puede conservarse hermosa y bella, dependiendo de quienes vivan en su entorno, que como las flores, todos los días, hay regarlas, podarlas y consentirlas.

La mujer es la razón de nuestra existencia y protagonista de la procreación del género humano; sin ellas, el mundo no existiría y el hombre sería un animal de costumbre, pendenciero y desbocado en su propio juicio.

Son el báculo y sostén de sus esposos inválidos física y moralmente, y de sus hijos, que desde el momento mismo del nacimiento, buscan su pecho para alimentarse de leche materna, elixir de prodigio y de vida.

Es triste tener que reconocer en este su día, la ola de maltratos, vejaciones y humillaciones, a que están  sometidas cientos de mujeres en nuestro País; en todos los estratos sociales; áreas urbanas y rurales, se cometen diariamente los más horrendos y abominables feminicidios, sin contar los casos que por estos abusos, mueren o son asesinadas y no se denuncian.

Sirva el día internacional de la mujer, – 8 de marzo-, para inclinarnos apesadumbrados, pero reverentes, ante los mausoleos con cientos de despojos mortales, que albergan en su interior, restos mortales de mujeres, víctimas de los más cobardes e infames feminicidios.

Pero inclinémonos también, para rendirles homenaje de: resistencia, gratitud, admiración y grandeza, a las lisiadas y discapacitadas, víctimas de los maltratos y golpizas, recibidas por quienes dicen ser: sus esposos, compañeros, amantes o muchas veces sus propios hijos.

Parece que a estas bestias salvajes, no las hubiese parido una mujer, que durante nueve meses los albergó en sus entrañas y lloró de felicidad el día en que postrada en el lecho maternal, les dio existencia y los alimentó con la fuente materna de vida, implorando al todo poderoso, para que fueran personas de bien y no el calvario del amor, convertido en la cruz de su propia desgracia.

Son cientos los procesos que por feminicidios, duermen el sueño de los justos, en los anaqueles polvorientos de la justicia; por eso, estamos en mora de iniciar un movimiento de concientización social, para que estos casos tengan  pronto y ejemplar castigo y no se queden impunes; muchas veces cometidos frente a sus hijos menores, -inocentes criaturas-, que un día vieron cómo sus padres, prevalidos del machismo, maltrataron a su progenitora y las asesinaron en su presencia.

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