28 de mayo de 2022
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Conspiración

Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
26 de marzo de 2021
Por Víctor Hugo Vallejo
Por Víctor Hugo Vallejo
Periodista, abogado, Magíster en ciencia política, Magíster en derecho público, escritor, historiador y docente universitario.
26 de marzo de 2021

No se trata de juzgarlos, sino de someterlos, humillarlos, ultrajarlos para hacerles saber quien ejerce el poder y que consecuencias se pueden sufrir cuando se le desafía, aunque sea para demostrarle al mundo que ha llegado un nuevo régimen al gobierno con las ideas más ultraconservadoras y dispuesto a ejecutar todas las trampas que sean necesarias para asentarse de tal manera que el miedo sea una razón esencial de lo que se hace.

Y todos se van llenando de miedo, en diferentes medidas, pero el temor de ser atropellados por un poderosos aparato estatal crece en sus vidas, que de una vez entienden no volverán a ser las mismas, independiente de que sean capaces de mantener sus ideas, en las que han creído desde siempre, como una manera de ser seres humanos solidarios con todos y evitar que ellos también puedan ser objeto de ese destino que marcan quienes se meten en la guerra como una manera de ejercicio de la política, en la plena convicción de que nunca la van a pelear. Arman guerras para que las peleen los demás y además para que los muertos sean ajenos y de pronto hasta medallas ridículas coloquen en los pechos de quienes les sobreviven, como si con un pedazo de latón fuese posible el retorno de quienes se fueron vivos y llegaron en ataúdes herméticos, para que en sus rostros nadie viera el horror de una guerra sin fin y que nadie entendió nunca.

Su intención era hacerse escuchar. Querían que oyeran las voces de quienes siempre y por siempre desaprobaron ese envío colectivo de tropas que casi todos sabían iban a pagar con sus vidas la intromisión en un conflicto que no fue creado por ellos y que solamente buscaba la defensa de posibles intereses económicos y de alguna manera estratégicos. Todos los que fueron enviados, en esa escogencia absurda de sortear fechas de nacimiento, que constituyen un accidente en la vida de todas las personas, que no tiene causalidad diferente a la en que ese ser fue concebido, lo hacían en cumplimiento de una orden perentoria, pero con la carencia de su voluntad para hacerlo y por tanto con ausencia total de convicciones que les indicaran que eran causas propias. Ya eran muchos años empeñados en un conflicto que no parecía tener fin y en el que los resultados militares cada vez eran más pobres, por no decir negativos, que era lo que siempre se ocultaba a la comunidad en general.

Se trataba de hacerle saber al partido político más fuerte y que tenía grandes opciones de manutenerse en el poder, que el pueblo en general ya quería que cesara la participación de su país en esa guerra inútil (todas lo son) y en la que se iban yendo tantas ilusiones que se morían antes de cumplir los 30 años, sin saber porque lo habían hecho. Y cada vez se hacían nuevos anuncios de aumento de tropas, sin que ello generase un resultado de alguna manera alentador, aunque fuese para el fin del combate, sin importar si se ganaba o se perdía. Con tal de que finalizara.

Ese partido lo supo, pero no fue el ganador. Era tan mediocre su gestión, en manos de alguien que fue llamado a ocupar una silla institucional y que sin esperarlo de un momento para otro (como consecuencia de un crimen aún no aclarado), se vio con todo el poder en las manos, sin que eso lo pudiese hacer menos inepto de lo que siempre fue. Consecuencia de esa ineptitud es que se le diera paso al triunfo del partido contrario, que ofreció la mejor carta con un corrupto que intentó quedarse otros cuatro años en el cargo, mediante el uso de las metodologías más amorales y antiéticas posibles. Era el poder por el poder, sin importar el precio que se debiera pagar por ello, incluso la violación abierta de la ley y la Constitución.

Las voces ni siquiera fueron escuchadas porque los “argumentos” de los golpes brutales, de los gases lacrimógenos, de las balas de salva, de los atropellos físicos, del maltrato, de las patadas, de los escupitajos proveniente de la fuerza pública los sometieron y entendieron que lo que querían decir no fue oído, pero habían pagado con su integridad física el intento de hacer saber que ellos también pensaban y además les cobraron no solamente el intento de subvertir el orden público, sino que muchos de ellos eran negros y cuando la sexta década del siglo XX aún no terminaba, la discriminación se mantenía en todo su apogeo. Salieron derrotados, algo se hicieron sentir a través de los medios masivos de información, pero el objetivo específico de alguna manera se vio frustrado.

Mantuvieron esa resquebrajada unión que no permitía la solidez necesaria de un movimiento colectivo, comenzando por la divergencia en el método de como hacerlo y además en ese mismo año sufrieron el asesinato de uno de los grandes líderes político, quien predicó la igualdad entre los seres humanos, atrevimiento que le fue cobrado con disparos arteros que acabaron con su existencia. Se creó un gran vacío y en especial se perdió la confianza en el diálogo, en la comprensión, en el entendimiento entre los seres humanos. Y las posiciones de quienes de alguna manera ejercían cierto liderazgo entre tantos entusiasmos, se iban distanciando, pero como la existencia de la causa de esa inconformidad se mantenía y además parecía consolidarse, lo que los unía seguía presente. Pero no eran homogéneos y si bien luchaban para el mismo lado, casi que cada quien lo hacía a su manera. Muchos entusiasmos que se iban diluyendo en lo que parecía no tener futuro.

El poder central pensó en enjuiciar a todos esos líderes sociales, entre quienes habían identificado plenamente como los mas destacados a siete personas bastante distintas entre sí, pero las investigaciones federales dieron al traste con esa posibilidad, al saberse que los disturbios, que era lo de castigar, como que se tenía la mínima vergüenza de no sancionar la posesión de ideas, no habían tenido su origen en la conducta de los manifestantes, sino en la brutalidad de los escuadrones de control y vigilancia, que acallaron las voces con todas las formas de lucha desde el Estado.

Quienes pensaron en enjuiciar y desistieron ante las evidencias, apenas si permanecieron en el poder hasta el 20 de enero de 1969 y al día siguiente se posesionaron funcionarios con ideas, decisiones y posiciones bien distintas, por lo que comenzó la manipulación intensa de la situación conocida, de sus autores, de sus conductas, de sus resultados y montaron todo un entramado en el que se ubicaron títeres y manipuladores a la orden. Si con esas protestas no lograron nada, ahora iban a saber sus dirigentes lo que era una conspiración desde el poder. Las conspiraciones políticas correctas (que eimpre son incorrectas) históricamente han nacido desde aquellos que no tienen poder y van en busca del mismo o de alcanzar reconocimientos de derechos y respetos.

Toda conspiración es una lucha incesante y en ciertas ocasiones interminable en la que se buscan plenas reivindicaciones ciertas. Observar, a la luz de todos, que la conspiración no aparece desde quienes viven insatisfechos, sino desde el poder mismo, produce un miedo que se va convirtiendo en terror, como que nadie está exento de ello.

Los hechos se dieron en la ciudad de Chicago, un poco antes de la reunión de la Convención Nacional del Partido Demócrata para escoger el candidato presidencial en las elecciones de noviembre de 1968. Llegaron varios días antes de la instalación de la reunión y comenzaron a tomar posiciones en diferentes partes de la ciudad, con el fin de hacerse oír, especialmente de los medios informativos que iban a estar pendientes en todo momento de la asamblea política.

Por su parte, los órganos policiales, encargados de la seguridad de todos los asistentes a la convención, realizaban las tareas que llaman de inteligencia, como si usar la fuerza indiscriminadamente demandara ser inteligente, con el fin de establecer los controles previos y evitar confrontaciones que pudieran interrumpir el evento y generar dificultades de seguridad. Bastó ver a esa cantidad de gente que se disponía a marchar por calles y avenidas, para darles la orden de detenerse y regresar a sus casas. Sus casas estaban lejos, pues la mayoría eran llegados de otras ciudades. Pusieron de presente que sólo querían marchar y elevar protestas, pero que no estaban armados, ni mucho menos se proponían actos de violencia. Las razones no fueron oídas y de una vez se hizo uso de la fuerza bruta, más bruta que nunca, para detener desde su mismo origen lo que podía ser una situación que demandara demasiado trabajo de los policías.

Los medios se ocuparon no de las voces de protesta (no los dejaron protestar), ni sus peticiones de cese a la guerra, sino de los disturbios, las agresiones y la sangre derramada, teniendo como fuente de información a la misma Policía que hacía culpables a los manifestantes, sin que estos jamás hubiesen desarrollado el menor acto de agresión. La conspiración verbal contra un estado de cosas, quedó en la frustración de grandes golpizas policiales y lo que nunca imaginaron fue que más adelante, con el paso de los meses, se organizaría (ahora si, de manera metódica, planeada, ideada, programada, con resultados ya previstos) la verdadera conspiración que haría notorio el hecho de un juicio judicial que de todo tuvo, menos de juicio y mucho menos en Derecho.

Y es de esto de lo que se ocupa la última película del director americano Aaron Sorkin, uno de los más talentosos y exitosos guionistas de Hollywood de los últimos años, realizada para Netflix, que definitivamente se lanzó a la competencia del cine tradicional, el de las salas de teatros que tanto extrañamos, y contó esa historia con motivo de una conversación que tuvo con Steven Spielberg, quien le propuso que se ocupara de explorar ese tema, el que desconocía completamente, como que cuando esos hechos sucedieron él apenas contaba con siete años de edad, por lo que se sentó muchas veces a que su padre, un exitoso abogado, le contara un poco y después, con esos elementos iniciales, dio comienzo a una profunda investigación que vertería en esa historia que se va contando con detalles que ponen la paciencia del espectador a prueba, pues a veces se piensa que no es posible soportar tanto atropello junto.

Con una duración de dos horas 12 minutos, el filme va contando los detalles de como fueron esas manifestaciones, si puede hablarse de que las haya habido y la gran batalla de unos abogados que tratan de ejercer sus facultades de defensores en medio de la ausencia total de garantías y con la constante arbitrariedad de quien tiene en sus manos la dirección del juicio. Un proceso armado desde el poder como muestra inicial de lo que sería la imposición de esas ideas retrógradas de represión y constreñimiento de todos los derechos de los seres humanos.

Aaron Sorkin es un gran realizador tanto de cine, como de series de televisión y ya fue ganador de un Oscar de la Academia en el 2011, con el guión de la cinta “Red social”, en la que cuenta la vida y obra del creador de redes exitosas que de alguna manera se convirtieron en la forma de. comunicar de muchos, especialmente de quienes manipulan el poder en su favor, Mark Sukemberg, y con este tema se da el placer de la denuncia social, así sea cincuenta años después de los hechos, pero para el ser humano nunca será tarde que le hagan conocer la realidad de lo que se ha vivido a lo largo de la historia con los derechos humanos.

El juicio comienza con casi todos los sindicados en libertad, menos uno, el líder de las Panteras Negras, a quien sientan en el mismo banquillo de los acusados de las manifestaciones de Chicago en 1968, en las que efectivamente no participó, pues se encuentra acusado de homicidio atribuido a ese grupo de lucha social, y a quien de entrada se le niega el derecho a la defensa. Es un largo proceso, en el que nadie sabe para donde va, aunque con el transcurrir de los meses todos van deduciendo que la condena es ineludible, es lo que quiere el poder, es lo que se ha organizado desde el poder y para ello se han armado todas las fichas del rompecabezas.

El poder no duda en buscar el juez adecuado para ordenarle la manipulación del juicio y para ello tendrá la participación de un fiscal acusador, a quien designan en un cargo en el que aún no le corresponde llegar, y le dan la orden de armar una acusación a como dé lugar. En pleno Derecho ese Fiscal sabe que no cuenta con los elementos definitorios y probatorios que le permitan unos cargos sólidos. A su lado tiene un Fiscal asistente, quien ostenta mayor categoría que él, pero cuyo papel es vigilar que no se salga del libreto preconcebido para condenar y manipular.

El Juez está hecho a la medida de la conspiración. Es repelente, soberbio, arbitrario, atrabiliario, desconoce el Derecho en pleno y se siente un reyecito en su trono, dueño de todas las vidas humanas que tiene al frente, comenzando por la de los acusados, la del público, la de los abogados participantes, la de los jurados, la de los medios, la de todos, pues al menor descarrilamiento de sus órdenes, de inmediato aplica desacatos que se van acumulando, como en el caso de un defensor valiente que terminó con 16 cargos de desacato. Es una vergüenza de Juez. Es un negador del Derecho y de la Justicia. Es un abusador que toma decisiones por tres causas: i) porque si, ii) porque no y iii) porque le da la gana. No duda en ordenar el encadenamiento de pies y manos y el amordazamiento del sindicado que se atreve a hablarle sin que se lo haya autorizado y delante de todo el mundo realiza esas vejaciones en medio de la sorpresa de enjuiciados, público y la terrible molestia de los espectadores que no entienden como eso pudo suceder, pero sucedió eso y mucho más en ese primer mandato de Richard Nixon, cuyo final vergonzante todos conocen. Esa miseria de Juez se llamó Julius Hoffman (representado con mucha calidad por Frank Langella), quien ante la presencia de un sindicado con su mismo apellido, Abbie Hoffman (personificado por Sacha Baron Cohen), no duda en confrontarlo -sin que nadie lo hubiese pedido- para aclarar que no son parientes y que lejos está en su ser de tener parentesco con un antisocial, por lo que sin empezar el juicio, ya se conoce cual será la sentencia.

La película no es fácil de ver, por las muchas emociones negativas que va provocando, al punto de que existen momentos en que no se quisiera seguir viendo tanto atropello oficial, a cambio del simple ejercicio del poder. Hay que aguantar, hay que saber que se trata de un hecho histórico, bien tratado, con la maestría en la dirección de Sorkin, autor de otras cintas exitosas, así como series de televisión y cinco obras de teatro, de quien debe destacarse la forma acertada en que conduce a todos los actores, al punto de llamar la atención que no se defina con precisión quien es el protagonista, pues todos terminan siéndolo.

Vale la pena esperar con paciencia el final, porque a pesar de que todos saben que habrá una condena, no es posible imaginar el sorprendente cierre, en el que el más callado, el más juicioso, a quien casi que el Juez lo soborna con una exoneración de responsabilidad, al hacer uso final de la palabra en nombre de todos los acusados, lo hace de tal manera que despierta la solidaridad y el apoyo de todos los presentes, de la comunidad en general, del espectador y hasta del mismo Fiscal manipulado y manipulador, que no duda en ponerse de pie ante la contundencia de lo que escucha y con el asombro de su compañero de fórmula, quien observa como se le ha salido del libreto y puede echar a perder la conspiración a último momento, lo que no sucede, porque para eso está la presencia del inquisidor moderno que fue Julius Hoffman, en una Corte Distrital de Chicago.

Es el retrato de lo que nunca debió haber sido, no puede ser, no debe llegar a ser la aplicación del Derecho. El Derecho, por encima de todo, es respeto por el otro. Una película que debería ser materia obligada en la asignatura de Práctica Forense en las Facultades de Derecho, donde comienza la formación de quienes tienen en sus manos el sistema judicial.