26 de julio de 2021
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Juan el ermitaño

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
12 de febrero de 2021
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
12 de febrero de 2021

César Montoya Ocampo falleció en Pereira el 3 de mayo de 2019, a la edad de 89 años. Tres años atrás había publicado el libro autobiográfico Memorias de Juan el ermitaño. Suena extraño el apelativo de ermitaño –o sea, persona que vive en soledad– cuando en su vida pública estuvo siempre rodeado de gente entusiasta que admiraba sus dotes como gran orador, renombrado penalista y brillante hombre de letras.

Seis meses antes de su deceso recibí de él un amable mensaje en torno a mi nuevo  libro, la novela Jirones de niebla, y recuerdo además la sustanciosa conversación que tuvimos años atrás en un homenaje que se rindió a su colega penalista y también escritor Horacio Gómez Aristizábal. Con esto quiero señalar que con César Montoya Ocampo mantuve buena sintonía intelectual, si bien nuestros encuentros personales no eran frecuentes.

Nació en Aranzazu, Caldas, y tuvo una niñez marcada por la estrechez económica. En sus memorias recuerda que tenía que hacer un largo recorrido a pie limpio para llegar a la escuela rural donde estudiaba sus primeras letras. Es el mismo caso de Belisario Betancur en Amagá. Al igual que él, fue seminarista obligado, destino que no los convenció. En Salamina, pueblo cercano a Aranzazu y que se ha distinguido por su clima cultural, cursó el bachillerato. Comenzó a estudiar jurisprudencia en la Universidad de Caldas, y en Bogotá ingresó al Externado de Colombia.

De vuelta en su tierra nativa, descubrió su vocación por la política. Llamó la atención de los líderes locales por su inteligencia, apostura y facilidad de expresión. Algún día pronunció un repentino discurso que causó sensación y le hizo ganar aplausos. En ese momento comenzaba su carrera en la política. Al paso de los años sería figura relevante en la región, al lado de personajes como Silvio Villegas, José Restrepo Restrepo, Fernando Londoño Londoño, Gilberto Alzate Avendaño –su ídolo–, Hernán Jaramillo Ocampo, Omar Yepes Alzate, Rodrigo Marín Bernal… La plana mayor de la intelectualidad caldense.

Para llegar a ese nivel prominente había tenido que sufrir desprecios y rechazos por su origen humilde. A todo se sobrepuso. En su mente palpitaba la idea de que las cosas importantes se consiguen con paciencia, aptitud y mérito, y hacia esa dirección enfocó su capacidad y entusiasmo para conquistar la excelencia. A medida que subía escalones, todo se iba limando. Después, sería el brillante tribuno que llenaba las salas con su palabra fulgurante y su profunda erudición humanística.

En medio de bohemias vivificantes, de su amor por el tango, la milonga y la música del alma, y dueño de una progresiva y sólida sabiduría adquirida en lecturas sin límite, aprendió a ser grande. Se hizo maestro de la palabra. Siguió la escuela del grecolatinismo, escribió 7 libros e innumerables columnas de prensa, pronunció discursos magistrales. En el 2010  se residenció en Pereira por asuntos de salud,  y allí vivió la temporada final de reposo, aislamiento del mundanal ruido y reflexión filosófica ante el declinar de la vida.

A ese estado de soledad llegó después de haber disfrutado de grandes honores en la vida pública: concejal de varios municipios, diputado, magistrado del Tribunal Superior, representante a la Cámara, embajador en Bolivia, contralor de Bogotá. Le faltaron 2 votos para ser contralor general de la república. En sus memorias se advierten muchas soledades. Mucha nostalgia. Por eso, escogió para su libro la figura emblemática de Juan el ermitaño. Con él se fue el último grecolatino que quedaba.    

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