16 de agosto de 2022
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El conflicto Colombo-Peruano

18 de febrero de 2021
Por Hernando Salazar Patiño
Por Hernando Salazar Patiño
18 de febrero de 2021

Si en siete años Silvio Villegas  publicó cuatro libros, y publicará  más,  dirigió dos  diarios –  uno lo dirigirá otra vez y con los años otros -,  adquirió prestigio nacional como periodista (profesión que ejerció casi hasta el fin de sus días), ¿puede decirse que este escritor deliró y que lo que escribió fue  “delirante”? Bueno, uno respeta las opiniones pero trata de precisar el significado de las palabras y de los conceptos.

Menos se cree si en el primer libro, “Ejercicios Espirituales”, el cantor de Manizales, el que llevó su ciudad a las altas instancias de la política y de la inteligencia, le dedicó páginas a las ciudades de Popayán y Tunja, y a la región del Guacaica en donde describe lo que a los veinte años vio y sintió, a media docena de poetas colombianos, como lo seguirá haciendo, a grandes del pasado como Jorge Holguín, o Jorge Roa, o Ramón González Valencia, o Enrique Arrázola, o al mismo Marco Fidel Suárez, el sabio referente de su grupo por sobre las objeciones partidistas, que hace menos de un año o dos años han muerto,  y hasta a José Eustacio Rivera, ante cuyo cadáver pronunció esas temblorosas palabras, que andan junto a las estimuladas por los amados franceses, Hipólito Taine, Paul Valery, y el temprano olor de los de la Acción Francesa, Mauricio Barrés y Lucien Dubech. Inició con este libro  Silvio Villegas, a los 27 años, y bajo la presencia permanente y el espíritu del maestro Guillermo Valencia, su carrera literaria.

A los dos años editó el discurso que pronunció en la Cámara de representantes, en la discusión en segundo debate del proyecto de ley con el que se aprobaba un contrato de explotación de petróleo en el Catatumbo, titulado “El Imperialismo Económico”. Tras este vino  “De Ginebra a Rio de Janeiro”, en el que diez años después reafirmó su fe nacionalista: “Este libro es la obra de un combatiente. Sus páginas fueron escritas durante los días del conflicto con el Perú contra los desfallecimientos de nuestra política internacional. Los términos del problema son hoy los mismos y su relación no ha cambiado. … En 1924 se escribe por primera vez en el país con sentido espiritual y económico la palabra nacionalismo. Se trataba, entonces, de una mezcla de ideas dispersas, cuyas raíces se hundían en la tradición conservadora de Colombia, pero cuyos jugos vitales se remozaban en el nacionalismo sentimental de Mauricio Barrés  y en el gran pensamiento político de Charles Maurras.  Nietzsche, Renan, Taine, el Marques de la Tour du Pin, Jacques Bainville, Maritaine, el tradicionalismo y el solidarismo católicos, fueron los mayores afluentes de nuestra doctrina política.”.

Dicho esto en el “discurso preliminar” que da entrada al libro, y  que sintetiza las ideas de los manifiestos anteriores y su coherencia con el tiempo que se vive, no aparece el nombre ni la política de los líderes europeos. A diez años de la “marcha sobre Roma”, menos todavía de la firma de los tratados de Letrán entre el Estado italiano y el Vaticano y  muy reciente la toma de la cancillería alemana, no  pueden ser estos los referentes de lo que el libro de Villegas denuncia que es la conducta del gobierno de Enrique Olaya Herrera y la firma de tratados humillantes que hizo el país para poner fin al conflicto con el Perú. Porque se vive un tiempo de nacionalismos desde mucho antes y en casi todos los países. Y los nombres, casi todos franceses que enumeró, de los que muchos vienen de antes en sus obras y seguirán, tienen como Renan el concepto de nación que estudiamos en constitucional,  el orden social cristiano, el corporativismo, las jerarquías, pero sin monarquismos porque no caben en América Latina y eran simpatizantes de la Acción Francesa, cuyos ideólogos los deslumbraron a todos, aunque la reacción de la Santa Sede que con Pio XI condenó en 1926 el movimiento, los llevó a reflexionar, si bien su defensa del catolicismo como religión de Colombia, fue de todo el grupo.

Su compañero Augusto Ramírez Moreno también se opuso de forma virulenta al gobierno de Olaya y mucho más, a los modos en que se enfrentó al país vecino en defensa de nuestra soberanía y contra la “paz armada” de los tratados que se firmaron en las cortes internacionales que, según ellos, y casi todos los estudiosos, nos humillaron ante la república hermana. Su discurso sobre el asunto de Leticia el 11 de septiembre de 1933, en la Cámara de Representantes, nos dijo algo muy similar a lo leído en el Protocolo del Rio y en las otras páginas de Silvio. A esa fecha Ramírez Moreno, que nació en un pueblo de Antioquia, pasó su infancia en Ibagué y Manizales, para terminarla en Bogotá, había publicado Episodios (1930) en el que también se lee el elogio a Popayán y a Manizales, a Santa Fe de Antioquia y a “Brujas La Viva”, porque las ciudades, no por su tamaño sino por su sentido, seguían impresionando a estos jóvenes arrojados.  Y El Político (1931), en el que prefiguró su admiración por Disraeli, con el que tuvo ciertas similitudes formales.

Pero la obra más citada fue Los Leopardos (1935), su novela autobiográfica que escribió en quince días. Encarnó a Sergio, como Claudio a Silvio y Antero a Eliseo Arango, con tres mujeres, Alceste, Atalanta y Constanza, para animar los diálogos de la historia de su grupo, varias veces contada antes y después por el mismo Ramírez y por sus compañeros. Ni en este libro hizo su autor una sola concesión a los fascismos de su tiempo, ni en declaraciones anteriores o posteriores a este año, en que sus amigos llevan una década de apariciones, actividades y escritos políticos, hay alusiones  distintas a las conocidas.  Es todavía menos probable, por ser el más atemperado, reflexivo y analista de todos, encontrar alusiones a esas doctrinas en el otro integrante, Eliseo Arango, que alcanzó a ser ministro de Educación en el gobierno de Abadía Méndez, para pasar a ser el secretario de la campaña valencista. Sus razonadas intervenciones no se han recogido en libro, que yo sepa, y aparte de unos apuntes de Economía, no publicó su obra.

La realidad nacional era otra cosa y suficiente para embargarles su actitud, sin prescindir de autores y de libros con la cita oportuna. En la oposición al gobierno de Olaya Herrera, tuvieron coincidencia con Laureano Gómez, lo mismo que sobre el Conflicto Colombo-peruano. Recuerdo que en mis días de formación histórica, estando aun en el colegio, leí varios libros de autores conservadores y liberales sobre el episodio de Leticia.  No solo el libro de Silvio citado, sino que también un caldense, Arturo Arango Uribe  escribió una crónica viva como protagonista, “180 días en el frente”. Lo mismo el llamado entonces Capitán Juan Lozano y Lozano que dejó testimonio  sobre “El combate de Güepi” como actor, al igual que su diario de guerra el poeta Carlos López Narváez en “Putumayo 1933”. Y en el libro de Bernardo  Arias Trujillo se hicieron bastantes alusiones al asunto. Eran más entretenidos que el de De la Vega y otro que no recuerdo. Algunos deben sobrevivir todavía en mi biblioteca, pero la información o más exacto, la desilusión la alcanzamos a escuchar en la voz de los padres y mayores, que como todos los colombianos, se deshicieron de las joyas y hasta de las sortijas matrimoniales para financiar la guerra, y nunca más supieron de la suerte de ellas ni de qué hicieron en el gobierno con ese dinero.