8 de agosto de 2022
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Dios es matemático

11 de febrero de 2021
Por Juan Alvaro Montoya
Por Juan Alvaro Montoya
11 de febrero de 2021

¡Oh, Señor! Cuán grande es tu obra. Desde el inmenso cielo azul que imponente se sobrepone sobre tu creación hasta la profundidad cristalina del agua que riega tus frutos, toda la tierra grita tu nombre. Nada existe fuera de ti y nada es sin ti. Tu eres sincronía superior y excelencia divina. Con la mirada puesta en el horizonte, he forzado la lógica para comprender la grandeza del cosmos que habitamos y aún persisten más inquietudes que respuestas.

Ansioso me he cuestionado por el hacedor de este Edén maravilloso y, en la soledad de la noche, he conjeturado con tus profesiones. Las respuestas emergen con una afirmación que gravita en la mente con la fuerza de la verdad: Tu eres un matemático.

Esta pequeña declaración inicial me permite adentrarme en el resultado de la investigación del astrofísico israelí – estadounidense Mario Livio a través de su obra ¿Es Dios un matemático? En este texto el autor se cuestiona sobre el papel de la aritmética y el cálculo a través de la historia y las posibles conexiones entre patrones difíciles de
comprender. En sus propias palabras, no existe otro argumento para justificar por qué “una disciplina tan aparentemente abstracta es capaz de explicar de una forma tan perfecta el mundo natural”.

Después de concluir la lectura de este texto, me he convencido de que Dios es matemático. Dios es perfecto, su creación es armónica y series numéricas resultan visibles aún en los mas insignificantes elementos de todo cuanto nos rodea. Parece que el mundo se empeña en seguir los mismos patrones dictados por el gran arquitecto en formas que respetan la ley natural. Solo de esta manera podemos explicar la causa por la cual estas ecuaciones funcionan siempre y la complejidad de abstractas fórmulas se convierten en la respuesta a preguntas de un mundo tangible.

No es necesario divagar en indescifrables ecuaciones para observar la perfección de la matemática divina en nuestro diario vivir. Basta la similitud de los caracoles que se parecen a las galaxias, a los huracanes o incluso a la forma media de nuestro oído, o la razón por la cual los pétalos de las margaritas, las escamas de las piñas, los botones de los girasoles, los espirales de las conchas del nautilus o la extensión de los huesos de la mano
humana, se presentan siempre en series de números Fibonacci (1,2,3,5,8,13,21,34,55,89…)

Lo propio ocurre con el número  (3,141592…), que corresponde a la relación entre la longitud de una circunferencia y su diámetro, donde sus números decimales continúan hasta el infinito sin seguir un patrón repetitivo. Este número se presenta de manera recurrente en varios elementos de la vida diaria. Por ejemplo, se calcula que la probabilidad de que suceda un evento entre dos variables que guardan simetría entre si es de , lo que equivale a un 64%, sin importar el número de iteraciones que se presenten.

Igual ocurre con los causes de los afluentes en los cuales la longitud del río que fluctúa por las cordilleras se puede hallar multiplicando su distancia por . Esta notación se utiliza en modelos de ondas, la luz, el sonido, la música, los colores del arcoíris, en la probabilidad de crecimiento de las frutas, la altura de las montañas, los sonidos de los instrumentos o la rotación de los planteas.

La conclusión que me ha dejado la obra de Mario Livio es demoledora. Complejas ecuaciones matemáticas se han gravado en las leyes de la física, el tiempo y las ondas electromagnéticas desde el origen del universo. Las matemáticas no se inventan, se descubren. Han estado allí desde el origen y permanecerán inmutables eternamente. A estos postulados estamos todos obligados como productos subyacentes de unos elementos primigenios que se conocen a través de fórmulas algebraicas.

La naturaleza no se creó por azar. Esta perfección en la repetición de las mismas reglas numéricas en toda la extensión de universo, no se originó como casualidad del destino ni por una eventualidad fortuita del tiempo. Solo la voluntad creadora de Dios pudo determinar la perfección de su resultado y para lograrlo no cabe duda de que Dios debe ser matemático.

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