8 de agosto de 2022
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Cuando se suben los humos del poder

7 de febrero de 2021
Por Celmira Toro Martínez
Por Celmira Toro Martínez
7 de febrero de 2021

No es fácil ascender en la escala del poder y mantener el equilibrio, la dignidad y la entereza.

Con asombro observamos, cambios profundos en el comportamiento y en el diario vivir, de personas que hemos conocido como seres humanos de valía, de decoro, que al posicionarse en un alto cargo académico o político pierden la noción de lo ciudadano, de lo correcto, de lo noble para llegar a conductas desagradables, a abusos de poder, a arbitrariedades que conducen a decisiones inconsultas, a malas determinaciones que afectan su desempeño, su honra, su familia y la misma comunidad que dirigen.

Es el caso de muchos dirigentes políticos, gobernantes, líderes que conocemos.

Cuando el poder se sube a la cabeza y se mueve por el corazón, abandona la razón, las raíces, su historia de vida y entonces, se olvida hasta de dónde se viene y para dónde se va y así, detrás de esa altivez y soberbia, se arrastra a todo un pueblo, a todo un conglomerado social que un día puso en sus manos ese poder, que con su actuar irreflexivo, deteriora y debilita.

Un buen dirigente, un buen líder, mantiene sus pies en la tierra que lo ha elegido, que le ha dado su apoyo y confianza. Es ecuánime en su actuar porque sabe que cada paso en falso tambalea su cargo, su nombre. Porque entiende, que para mantenerse en él, debe hacer honor a la verdad, la transparencia, la ecuanimidad y la justicia y para ello debe actúar con criterio propio, con prudencia, con discreción y mesura.

Debe además entender que su permanencia en ese poder, depende de quienes le acompañan y por eso elige como coequiperos a lo mejor, lo más granado y selecto para así afirmar su liderazgo y lograr sus propósitos de trabajo.

Es común ver dirigentes, gobernantes que conforman su equipo por recomendaciones, por gamonalismos, por influencia de otras personas, por pagar favores y componendas, lo que conlleva a un derrumbe fatal de su acción, de su obra.

El líder se hace, se forma en la comunicación y el trabajo social continuo, constante, definido por su entrega y servicio: es así como se dá a conocer y se va incrustando en la vida de su comunidad, hasta que alcanza un lugar de importancia entre ellos.

Posicionarse como líder es fácil, lo difícil es mantenerse, dejar huella de grandeza, de responsabilidad, de honorabilidad y de decoro; esta es la verdadera tarea, la genética ponderada de un buen dirigente, de un ser humano que trasciende su obra, con sencillez, con humildad pero con firmeza sin dejarse llevar por los humos momentáneos de un poder que nubla la razón y el entendimiento.

El poder sin razón es una dictadura. El poder afirmado en el corazón y los sentimientos pierde su ruta y deja a un lado lo valioso, lo eterno, trascendente e importante por ir en busca de nuevos honores, de superfluos halagos.

Lo que no sabe, quién los busca, es que detrás de esos elogios, de esos oportunistas adeptos que le aplauden y le aprueban su actuar, va hacia el abismo su honra y su historia, su familia, lo que ama, la razón de su vivir, de su existir. Sus amores eternos y sus anhelos supremos.

Va todo: va lo más valioso, lo más grande, lo más sagrado.