9 de agosto de 2022
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¿Cuál nivel de tolerancia a la crítica?

13 de febrero de 2021
Por Eduardo López Villegas
Por Eduardo López Villegas
13 de febrero de 2021

Carolina Sanín profesora de literatura, provoca y enfrenta con un torbellino de  flagelantes expresiones  lo que ella considera decrepitud estudiantil, sexismo y discriminación en un muro de las redes sociales alimentado por estudiantes de la Universidad de los Andes (Chompos), pasividad de las autoridades universitarias frente a este, lo que hila con una perversa orientación educativa centrada en rendimientos acedémico y económico.

Naturalmente esas críticas perturban al rector, que protesta por cuanto se formulan en medios de comunicación y no por los canales institucionales, porque son infundadas e irrespetuosas, y porque  afectan la convivencia y el buen nombre del plantel. Ejerce, entonces, su poder disciplinario que culminó con el despido de la trabajadora.

Es la Corte quien asume la revisión de la tutela del derecho a la libre expresión – entre otros – reclamada por la profesora, lo que implica resolver la tensión entre este derecho fundamental, y el legal, el del empleador a escoger y prescindir de sus trabajadores, quedarse  con quien quiera trabajar, máxime, si lo invoca una institución dotada de autonomía, que la reclama para definir el perfil docente.

La Constitución le encomienda a la Corte Constitucional revisar las tutelas que deciden los jueces con el fin de dar luz sobre cómo se han de interiorizar los derechos fundamentales en la vida de las personas, en el diario transcurrir de las instituciones,  y a propósito de examinar ocurrencias concretas en las que se enfrentan principios y derechos. Cómo se sopesan y cuál prevalece, es el servicio pedagógico que la Corte le presta a la convivencia ciudadana.

No es la primera vez que la Corte Constitucional dirime hasta donde va el derecho de crítica del profesor, y cuál ha de ser el nivel de tolerancia de las directivas universitarias. Pero  esta sentencia, la 362 de 2020, tiene la particularidad de oscurecer  el sendero ya señalado, al optar por ambigüedades, impropiedades y restricciones al contenido y forma del derecho de expresión ejercido, y al instituir un baremo de tolerancia baja al disentimiento de la comunidad académica con sus directivos, ahora aligerando la carga definitoria, argumentativa y probatoria que debe ser especial  para establecer restricciones al ejercicio de la libertad de expresión, como lo consagra la doctrina. . ¡Que sean pocos los empleadores que sigan este curso que de seguro, luego, se reconducirá!

Como lo hace el columnista  en el encabezamiento de este artículo, la sentencia construye con palabras de su propia cosecha el escenario propicio a su calificación y dilucidación.

En lugar de ver un torbellino argumental, el flujo de los discursos se fusionan, la Corte percibe fragmentos, no ve conexión material entre los que baten el juego de naipes y  los memes de Chompos en su muro digital, y la reclamada despreocupación alcahueta   de la  rectoría ante esa situación, con el tipo de  formación que imparte la universidad. Al  fracturar la narración, esta pierde dimensión, y prepara el terreno para declarar que la polémica no trata de asuntos de interés público y general, cuando justo,  los medios se ocupan de ella, y que así, como mera cuestión interna laboral,  debe ser ventilada por canales institucionales, aún sean inoperantes, como se duele de ellos la profesora.

Reporta beneficio argumentativo desarticular el contexto para negar el tratamiento de discurso protegido, desligar el asunto de una confrontación sexista, por la que la profesora  reclama la intervención de las directivas, y como el actuar de estas lo estima indolente,  enciende la crítica. Los memes, bajo el alero del humor y la caricatura, gozan de amplia licencia para practicar la incorrección politica, – de lo que se precia Chompos -, pero tambien tiene límites en  las líneas rojas de la discriminación. Y, como no la va a haber en los prosaicos recursos, inspirados en el machismo chavista, cuando para finalizar la transmisión presidencial advertía que lo hacía para, enseguida, darle a su mujer su merecido, clavo o garrote , ilustrado por Chompos, con memes, el de Carolina como parte de un menú seleccionado de cosas que quiero comer,  y otro, el de la misma Carolina, con el ojo colombino.

A esta primera refriega  entre la profesora y la Universidad le siguen sus juicios  sobre el sentido de la educación que practica la Universidad: que infantiliza a los estudiantes; que más se preocupa por titularlos que por su formación ética; su política de acrecentar beneficios económicos con el programa Ser Pilo Paga a costa de un hacinamiento universitario, cultura carcelaria, en fin, ventilados en post e intervenciones radiales.

Cuestionamientos de esta naturaleza, aún de  textura especulativa, son propicios para abrir el debate, animar una indagación, con los que, de seguro, saldrá fortalecida la Universidad, y beneficiadas muchas instituciones de educación superior. Aquí, la Corte opta por limitar de manera desconcertante el derecho de opinión, por la forma,  descalifica lo manifestado por haber sido lanzada como juicios … definitivos y conclusivos,  en lugar de  interrogantes abiertos; por su contenido, pues  menosprecia el escrutinio guiado por su propia sensibilidad y sus percepciones personales, ( la de la profesora) y no por una investigación documentada, con cifras  Qué tal un derecho de expresión que se confine a las conclusiones de un ensayo, y que no abarque expresiones auténticas del sentir y pensar personal. Como  si el derecho a la libertad de expresión no comprendiera lo uno y lo otro, y en especial aquellas que valen en cuanto provienen de personas reconocidas por su especial espíritu, talante o estilo.  Arriesgan su derecho de expresión el Dr. Hernando Yepes, si no rebaja su tono doctoral, o Hernando Salazar Patiño, sino matiza su original perspicacia.

En lugar de hablar de palabras flagelantes, la Corte se inclina por calificarlas como expresiones irrespetuosas hacia los miembros de la comunidad universitaria.

Juzguen Ustedes, como Carolina Sanin se refirió a egresados:

Que en la Universidad se crían  «delincuentes». Basta la precisión de la profesora:  Y con ello no incurrí en una calumnia. Aludía a los Chompos, a los Arias, a los Nule, a los Interbolsa, entre otros.

Juzguen ustedes como se refirió a estudiantes:

“Ayer en la universidad, antes de clase, vi a unas estudiantes al sol que jugaban a las cartas en una mesita. Creo que en mis 11 años de docencia no había visto una imagen más deprimente de la vida universitaria. Hasta habría preferido verlas encendiéndose a patadas, amamantando a un cachorro de plástico, haciendo concurso de eructos, criando animales venenosos para luego metérmelos en la sopa, robando billeteras, tejiéndose chores de lana, rompiendo excusados, atarugándose de comida para luego vomitar, o drogándose. Pero ser joven y usar el tiempo libre en jugar al naipe! La decrepitud!”.

Es una violenta perorata, como diría el poeta, tiene gracia, es una exhortación poderosa contra la pasividad, un derroche de imagenes abierto a mil  lecturas, como la que prefigura un infierno de círculos descendentes, reservando el más bajo a quienes barajan cartas; no cabe insulto en tal elegante elaboración; con razón la Corte le niega que se trate de una obra literaria, y desacierta cuando le niega su significado literario.

Y no faltará el despistado que ve en esas imágenes  un recetario de perversidades que incitan a la  acción, o el que,  privado de humor, sin radar para la mordacidad y el absurdo, crea descubrir inclinaciones o preferencias de la profesora.

El derecho a la libre expresión inquieta cuando la opinión es la del otro que discrepa con  la propia. Es pacífico respecto a las opiniones que reflejan el propio pensar. Se trata, entonces, de juzgar la ajena, para lo cual se ha de practicar una momentánea ceguera y mirar a través del ojo ajeno, se ha renunciar a la lógica,  la perspectiva propia, y si es del caso, sanar la sensibilidad herida, antes de dar el veredicto.

Solo en en esas condiciones es que es posible valorar lo que el otro ve: un espectro de decrepitud que de otra manera serìa una escena inadvertida por anodina,  un juego de cartas en el campus; o la intención de humillar que la otra registra, esta velada para quien percibe un chiste. Para valorar el derecho de expresión, en beneficio de este y en gracia de discusión se ha de admitir el significado que el hablante le atribuye a sus expresiones, y la carga demostrativa es para quien quiera desvirtuarlas.

Controversias en las que valen todos los recursos retóricos, literarios, tonos menores, grandilocuentes, doctorales, opiniones  desacertadas, especulativas, juicios tímidos, meditadas razones, pues todos maneras de ejercer el derecho de expresión, indispensable para una sociedad democrática y ¡qué decirlo!  para una comunidad cuyo hacer es el trabajar con las opiniones. Una universidad no se ha de sentir intimidada, injuriada cuando es cuestionada, por el contrario, si su oficio pensarse a sí misma, el debate que trascienda el claustro, la fortalece, mejor la califica, si, todos participan activamente, y las directivas con humildad y paciencia.