18 de agosto de 2022
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«¡Ay que orgulloso me siento…»

26 de febrero de 2021
Por Augusto León Restrepo
Por Augusto León Restrepo
26 de febrero de 2021

¿Saben ustedes como define Wikipedia los falsos positivos? Pues así: «Falsos Positivos» es el nombre con el que la prensa y la sociedad civil colombiana denominó al involucramiento de miembros del Ejército de Colombia en el asesinato de civiles no beligerantes haciéndolos pasar como bajas en combate en el marco del conflicto armado interno de Colombia».

¿Objetivo? «Esto asesinatos tenían como objetivo aparentar resultados operacionales exitosos contra organizaciones delictivas, con el fin de obtener retribuciones de carácter económico, días de descanso, condecoraciones y otros reconocimientos.»

La Fiscalía General de la Nación define a los falsos positivos como «muertes ilegítimamente presentadas como bajas en combate por agentes del Estado». El poder de la síntesis.

¿Cuáles agentes del Estado? El Ejército Nacional. Pero también sus cuerpos de seguridad. Y la Policía Nacional. Y las autoridades, aliadas con los narcos y los bandidos.

Y aquí viene lo mío. Durante mi prestación de servicios al Estado, tuve oportunidad de entrar en contacto con miembros de las Fuerzas Armadas de primer rango. En las Alcaldías de Anserma y Manizales. En la Secretaría de Gobierno de Caldas. En la Dirección Administrativa del Consejo Nacional de la Judicatura. En la Procuraduría General de la Nación, para ser exactos. De general para abajo, caballeros a carta cabal, entregados con denuedo y respeto por su uniforme en el cumplimiento de su sacrificada misión. Y respeto por su institución. Jamás tuve siquiera sospechas de torcidos procedimientos que pudieran afectarla. Ubiquémonos entre 1970 y 1.998.

Pero eso sí. Ante cualquier desliz que implicara abuso de autoridad, siempre fuimos drásticos y reclamantes sin miedo alguno ni temor reverencial. Nuestra tesis fue y será de que el respeto a la integridad del ciudadano, el trato respetuoso y sereno por sus actuaciones, contravencionales o delictuales si así fueren, son normas infranqueables. Las desapariciones, los asesinatos, las leyes de fuga, las torturas, las arremetidas furiosas indiscriminadas, cualquier conducta dolosa, convierte a sus agentes en seres iguales o aún más bandidos, que aquellos a quienes combaten. El precio por llevar un uniforme, el precio institucional es muy alto, pero si se paga, el reconocimiento de sus conciudadanos es la mejor recompensa.

Palabras para buscar en Wikipedia o en el diccionario de la ignominia universal referentes a Colombia: coca, secuestros, motosierras, casas de pique, hornos crematorios, torturas, campos de concentración, sicariato, violaciones, genocidios, exterminios, terrorismo, extorsiones, corrupción, carteles de la toga, impunidad, perfidia estatal, interminable lista, hace parte del inventario del día a día, en esta tierra de leones, de fieras tal vez, de caínes inveterados, de esquizofrenia colectiva.

La pugna ahora es porque si fueron 1.257, 1.741, 2.248 o 6.404, las víctimas de éstos frenéticos y alucinantes procedimientos. Personas de carne y hueso. Prójimos. Cuya desaparición o asesinato clama a los cielos. Y avergüenza a una sociedad, que así esté en disolución, por eso mismo tiene que sacar la cabeza del estercolero para clamar que aparezcan los responsables y sean sometidos al escarnio merecido. Insultante solo acudir a las cifras, o aspirar a que se individualicen los casos en busca de una impunidad adivinada. Todos a una debemos levantar nuestra voz, para que este aberrante capítulo de nuestra historia se esclarezca. El Ejército Nacional, con su Comandante en Jefe, el presidente de la República, debe ponerse a la cabeza de este empeño, como propósito fundamental. Por el momento, solo bochorno y tristeza amalgamados es lo que se siente. No creo que tengamos ímpetu para cantar, «Ay que orgulloso me siento de haber nacido en Colombia».