26 de julio de 2021
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Académicos caprichositos

15 de febrero de 2021
Por Mario De la Calle Lombana
Por Mario De la Calle Lombana
15 de febrero de 2021

Agradezco sinceramente los comentarios que he recibido de varios lectores, sobre mi columna relativa al nombre de Sri Lanka. Cuando la envié, tenía muchas dudas sobre el interés que pudiera despertar, en esta época de abreviaturas y emoticones, un tema relacionado con el idioma. Sin embargo, de todas las columnas que EJE 21 ha tenido la gentileza de publicarme, esa es la que más comentarios me ha generado. Y todos favorables.  Esto me ha animado a dar difusión a algunos apuntes más sobre la manera de actuar de los académicos de la lengua

Quienes tratamos de escribir correctamente en lengua castellana, aceptamos en general la autoridad de la Real Academia Española (RAE) e intentamos ajustarnos a sus normas, con ánimo de que se mantenga suficiente uniformidad como para permitir la mayor comprensión entre los casi 500 millones de habitantes del mundo para quienes esta es la lengua materna, y los otros 90 que la tienen como un segundo idioma. Sin embargo, esta obediencia no es absoluta. En parte por desconocimiento, ya que es muy difícil que la divulgación de las decisiones de la RAE alcance a llegar a esa inmensa cantidad de hablantes. En parte por nomeimportismo, pues siempre ha habido personas para quienes lo único que interesa es que uno pueda hacerse entender, mal que bien, sin dar valor a la calidad de lo escrito. Y a veces, quizás las menos, por rebeldía, porque alguien considera inadecuada una norma, o le parece válida únicamente para determinada región del universo hispánico, o la entiende como simple capricho de algunos académicos o aceptación benévola del capricho de otros. O, también, por incapacidad de las otras academias de la lengua, diferentes a la de la propia España, de convencer a la madrileña en cuanto a aceptar algún uso regional. Todos tenemos ciertos puntos de desacuerdo con alguna decisión de la Academia.

Los ejemplos son innumerables. Aún no me repongo de la sorpresa que me produjo no encontrar en el Diccionario de la Real Academia la palabra afujias o afugias que tan castiza nos suena a los colombianos, o al menos a los del país paisa, cuando la busqué para subsanar una duda ortográfica. ¿Se durmieron en plena sesión los académicos que representaban a Colombia? Y si no, ¿por qué no lograron la personería lingüística para tan expresivo vocablo que, sin embargo, sí es acogido por la Fundación del Español Urgente (Fundéu), ese magnífico auxiliar, tan útil cuando se requiere resolver rápidamente alguna inquietud idiomática? Vaya uno a saber. En cambio, el diccionario de la Real Academia le da espacio a una palabra tan extraña como ‘rúe’ (definida como «calle», dizque palabra de uso festivo en España). ¿Cómo harían los académicos de ese país para lograr introducir semejante mico en el diccionario?

Los caminos de la lengua son impredecibles. También lo son las decisiones de la Academia. En el año 2010 decidieron que los demostrativos ‘este’, ‘ese’, ‘aquel’ y todos sus femeninos, neutros y plurales deben escribirse sin tilde en todas las circunstancias. Antes de esa fecha, supuestamente para evitar confusiones, se escribían con tilde cuando hacían las veces de pronombres; eran ejemplos: «ésos son tus regalos, no éstos»; «tu casa es aquélla». «Los perros que me ladraron fueron aquéllos». Las academias de la lengua española estuvieron de acuerdo en que esa distinción no era necesaria y eliminaron esas tildes. Considero que fue un acierto, y que la eliminación de esas macas no ha generado ninguna confusión. A propósito de tales tildes, eliminadas por la Academia, como dije, desde el año 2010, me sorprendió muchísimo que los editores de una editorial tan importante como Alfaguara hubiesen ignorado esa novedad que ya no es tan nueva (lleva 11 años de vigencia), y le hubieran marcado tildes a ‘este’, ‘esta’, ese’, etc., en un libro que fue publicado apenas hace dos meses, en diciembre de 2020. Aprovecho para recomendar su lectura. Volver la vista atrás, de Juan Gabriel Vásquez es una novela fascinante. Llena de episodios sorprendentes, desconocidos para mucha gente (para mí, para no ir muy lejos), centrada en actividades inverosímiles pero verídicas, desplegadas a lo largo de su vida por personajes de importancia fundamental en la historia y la actualidad  de la cultura colombiana.

Volviendo a la Academia, en ese mismo 2010 tomaron una polémica decisión con respecto a la tilde de la palabra ‘solo’. Cuando niño, en el colegio me enseñaron que ‘solo’ solo se tildaba cuando cuando era sinónimo de ‘solamente’. Así me funcionó durante toda mi vida. Sin embargo, en la edición de 1999 de la Ortografía de la lengua española, apareció la siguiente información: sólo/solo: La palabra ‘solo’ puede funcionar como adjetivo o como adverbio. Ejemplos: «A Tomás le gusta estar solo». «Solo tomaremos fruta». Cuando quien escribe percibe riesgo de ambigüedad, llevará adverbio ortográfico en su uso adverbial. Ejemplos: «Pasaré solo este verano aquí» (en soledad, sin compañía) versus «pasaré sólo este verano aquí» (solamente, únicamente). 

Nunca me pareció correcta esa disposición. Era como si los académicos, simplemente, hubieran querido desmontarse por las orejas. Una frase puede ser absolutamente clara para quien la escribe, pero resultar totalmente ambigua para quien la lee. Si yo escribo «Mañana vengo solo a almorzar aquí», quien lea eso no podrá saber si es que vengo sin compañía, y entonces deberá preparar solo dos almuerzos, o si a lo único que vendré será a almorzar, pero el presunto anfitrión no podría saber cuántos almuerzos debe tener listos. Me parecía más fácil la instrucción anterior: poner tilde solo si lo que se quiere decir con esa palabra es un adverbio, sinónimo de ‘únicamente’.

La norma cambió luego. ‘Solo’ nunca lleva tilde. Eso dice la Academia. ¿Por qué cambiaron la norma inicial, la que aprendí de niño, si era la única que evitaba totalmente la ambigüedad? ¿Simple capricho? La obedezco, pero siempre pienso que debería rebelarme contra ella. En este caso se impuso el capricho de eliminar tildes sobre la lógica de la comunicación.

Hay muchos más ejemplos interesantes. En una próxima columna me referiré a algunos de ellos Por lo pronto, dejo aquí el tema, para no abusar de la paciencia de los lectores ni de la hospitalidad de los directores de EJE 21.