23 de enero de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Un Café de recuerdos

10 de enero de 2021
Por Celmira Toro Martínez
Por Celmira Toro Martínez
10 de enero de 2021

Si este relato se asemeja a lo que vives, te invito a que compartamos un café de recuerdos, si no, igualmente tómalo conmigo y entre sorbo y sorbo, encontremos juntos, la razón más inmensa que sostiene nuestro ser y nuestra vida; esa riqueza incomparable de tener a quien amar, a quien extrañar, esos seres que hacen una falta sin límites y que dejan un vacío que nadie puede llenar: sólo Dios, porque El si conoce lo que sentimos y añoramos.

Tomemos un café, así estemos solos, para aliviar un poco la nostalgia del nido vacío, de los hijos ausentes, de los nuestros que marcharon al más allá y no regresan, de los amigos  que un día fueron y ya no son, en fin, de aquellos que vivirán por siempre en nuestro corazón como una impronta celestial que nunca se termina.

Vamos a creer que están junto a nosotros y que sus risas invaden hasta el último rincón de nuestra casa.

No se han ido; se oyen sonidos de guitarras y voces: son ellos, que le cantan a la damisela encantadora de siempre, al cuartito azul del primer amor, al porque del no engrasar los ejes de la carreta, a la mama vieja, esa mujer con manos de mariposa, que voló al cielo a engalanar con su sonrisa sus espacios, a la botellita de vino que un día puso el abuelo en nuestra alforja de viaje, para endulzar el camino cuando salimos del pueblo, y a las simples cosas, esas de las que insensiblemente uno se despide, para al final comprender cómo están de ausentes y añorar volver a los viejos sitios donde amamos la vida.

Hace falta un café, calientico y fragante que despeje nuestro ser y se nos permita

compartir, sin estar, con los que amamos. Un café que sea fortaleza cuando sentimos desfallecer y morir. Un café que nos reúna sin miedos, sin distancias, un café como aliciente para volver a empezar el camino que creímos ya casi terminado pero que vuelve a empezar, y que la vida nos obliga a recorrerlo ahora, cuando ya las fuerzas se agotan y el tiempo se acaba.

Hay realidades difíciles de entender, de aceptar. Son como retos imposibles que sí o si, tenemos que enfrentar, porque solo hay una razón que nos mueve a salir de los abismos y es el amor por los nuestros, la fuerza que nos une.

Para esto hay que mirar al cielo y pensar bien; esta acción desata las cadenas que nos atan a circunstancias insoportables que se nos vuelven vida y nos acaban la vida, esa que debemos vivir solos, como lo que somos: seres de individualidad que en medio de la adversidad tenemos que surgir y vencer.

Mirar al cielo y pensar bien es creer en lo bueno que tenemos, que anhelamos  y desechar lo malo que nos postra y detiene; es levantarse, desprenderse, desapegarse, liberarse del yugo de opresión que nos postra y esclaviza, es dejar que Dios haga su obra en nosotros: que es buena, agradable y perfecta; es dejarlo actuar y permitirle perfeccionar en nosotros su obra de bien y de grandeza.

Hace falta un café que reconforte el alma, un café como pretexto, para reconocer que somos recuerdos, afectos, instantes de amor, de reconciliación y de encuentro, momentos fugaces que llenan el alma sin medida.

Un café virtual, así como la palabra y el abrazo, un café de recuerdos y canciones para cantar en medio de la ausencia, para reír cuando sintamos miedo y danzar sin parar,hasta que por fin, amanezca un nuevo día, de paz y de sosiego.