27 de enero de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Nacidos en enero: La magia en Omar Rayo

Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
21 de enero de 2021
Por Óscar Domínguez
Por Óscar Domínguez
Fue director de Colprensa y ha sido corresponsal de Radio Francia Internacional y de la DW (Voz de Alemania).
21 de enero de 2021

Muchos padres buscaban el hombre para sus hijos en la Biblia, en el Brístol o en alguna novela. El maestro Omar Rayo – quien solía cumplir años el 20 de enero- encontró el nombre para su hija en una columna de humo que se elevó en el parque que da a la clínica del Country, de Bogotá, donde su esposa dio a luz.

“Yo sentí de pronto que salía como una nube debajo de los pájaros, de la tierra. Esa nube decía: Sara” (en la foto con sus abuelos y con su mami).

Su capricorniana y bogotanísima hija es poeta y pintora como papá y mamá Águeda Pizarro, poeta hispano-neoyorkina. Sara los hizo abuelos. Cuando su nieto vio en televisión la noticia sobre la muerte de su abuelo, tronó: “El abuelo no ha morido”.

La suegra de Rayo poseía artes misteriosas. Las ejerció “contra” el  palo de mango que había en el Museo Rayo, en Roldanillo, Valle. A las seis de la tarde, como todos los años, empieza la procesión de san Sebastián.

El árbol servía de cambuche a decenas de murciélagos. Rayo vivía feliz con su colección de fúnebres mamíferos que suelen colgar como ganchos de ropa. A espaldas de su yerno, en la noche, la suegra hizo un exorcismo. Y adiós murciélagos.

Felizmente, los ardides de la condesa no le alcanzaron para desaparecer el fantasma indígena que de pronto se les aparecía selectivamente a algunos visitantes.

Cuando andaba de pantalón cortico, el artista descubrió el arco iris haciendo pipí contra el viento. Se lo contó a su mamá Reyes: “Mami, acabo de ver un fantasma en colores”.

Por el Reyes materno, Rayo tenía sangre de general y de expresidentes: Rafael Reyes.

Su esposa Águeda, bella como alguno de sus poemas, le enseñó a ver y a utilizar la luz de Roldanillo. Entraba tanta luz al estudio que el maestro la “tenía que sacar a las patadas”.

En sus años tiernos quería ser piloto como el autor de El Principito, su colega pintor. También lo desvelaba ser titiritero, saltimbanqui, malabarista o mago. “Con mis pinturas y mis grabados he logrado algo de esto”, me dijo la vez que lo entrevisté.

Quería ser caricaturista, como su ídolo, el suicida de Rionegro, Antioquia, Ricardo Rendón. En Bogotá, se dedicó a visitar los sitios que frecuentaba el artista. Así recaló en  “El Automático” el café donde hizo amistad con León de Greiff, Luis Vidales, Eduardo Zalamea. Vidales presentó la primera exposición de Rayo en la Biblioteca Nacional.

En los diarios El Espectador, El Liberal, El Tiempo, Cromos le aceptaban dibujos esporádicamente.

Cuenta Rayo: “Fui a El Siglo y en esa ocasión (abril de 1948) se preparaba la Conferencia Panamericana. El presidente de la Conferencia era el doctor Laureano Gómez quien me aceptó como caricaturista”. Y caricaturizó a los delegados, incluido el general Marshall.

No quería morir,  “pero como de todas formas va a suceder, que sea espontáneamente”. Dicho y hecho: Un infarto de malas pulgas silenció su mano de pintor, grabador, escultor.  Sus cenizas viven en Roldanillo.

Por la vía rápida se volvió eternidad el hombre que cultivó la pulcritud a la que  consideraba “una forma geométrica muy hermosa”. Se definía así: “Mi alma es perfectamente pura: ella me salvará a mí”. Esa frase podría haber sido su epitafio. Prefería otro, certero como el infausto infarto: “Aquí cayó un Rayo”.