25 de enero de 2022
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“Manizalados”: la novela de el Flaco Jiménez

7 de enero de 2021
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
7 de enero de 2021

El primer capítulo de “Manizalados”, la novela escrita por el Flaco Jiménez, introduce al lector en una narración donde se presiente a un escritor de estilo depurado, que maneja el lenguaje con gracia porque nutre a veces la prosa de giros manejados con un buen sentido del humor. El nombre mismo del personaje narrador, Miguel de Cervantes Zuluaga, que cuenta su vida en primera persona, es ya un juego intertextual porque toma el nombra del autor de “El ingenioso hidalgo don Quijote de la mancha” para recrear con mirada alegre los hechos que le toca presenciar y, otras veces, protagonizar. Como el acto que da inicio a la novela: un atentado contra el general Camacho, sucedido en el Hotel Tequendama, donde él tuvo a su cargo, por orden de una célula guerrillera, poner una bomba.

En este capítulo de entrada se perfila ya el hilo argumental de esta novela escrita en un lenguaje sobrio, matizado de anécdotas sobre la vida manizaleña, que narra sucesos que en su momento conmovieron a la sociedad. Como la historia del padre Ocampo, párroco en los años de la fundación de la ciudad, que tuvo fama de santo y, sin embargo, tenía una amante que era a la vez su cómplice en la falsificación de moneda. Ella se llamaba Etelvina Quintero. Era la mujer de un sastre, a quien ayudó a matar una madrugada. Fue después de que él abre el portón porque alguien tocó. Al abrir, un reluciente cuchillo se estrella contra su corazón. En ese mismo momento Etelvina descarga sobre su cabeza, por la espalda, el mazo de pilar maíz que sacó de la cocina cuando escuchó el toque en la puerta.

No sé si este asesinato ocurrió en la realidad o es fruto de la imaginación del autor, un hombre de teatro reconocido como un narrador que recurre a la oralidad: Fernando Jiménez, conocido como el Flaco Jiménez. Porque debe ser un recurso de esos que Mario Vargas Llosa llama ficcional que sea el mismo padre Ocampo quien asesine al marido de Etelvina, que también era cómplice en la falsificación de moneda. El escritor narra que “los adúlteros enterraron al cornudo en el solar de la casa”. El hijo de la pareja, que era un niño, vio desde su cama el crimen. Al otro día denunció al cura. El castigo que se le dio al padre Ocampo fue prohibirle celebrar misa durante dos años. Pero ya hecho un hombre, el hijo hizo justicia con su propia mano: asesinó al cura, a puñaladas, cuando salía de la iglesia.

En “Manizalados” la narración se inicia  en 1985, cuando Miguel de Cervantes Zuluaga llega a Bogotá. Mientras cuenta cómo puso la bomba en el Hotel Tequendama, este, que es el personaje central, va narrando su problema con el licor, su encierro en una clínica psiquiátrica y sus preocupaciones existenciales. Igualmente, cuenta dos tragedias que ese año estremecieron a Colombia: la erupción del Nevado del Ruiz y la toma de la Palacio de Justicia. Al mismo tiempo, narra cómo fue el incendio del 20 de marzo de 1926 que destruyó la primera catedral, la huelga en 1974 de los trabajadores de Tejidos Única donde muere el líder Bernardo Gaitán y el terremoto de 1969 que produjo la caída del Cristo “que estaba en la punta de la aguja de la Catedral”. Para narrar estos sucesos, el Flaco Jiménez recurre a la ficción.

Lo ficcional tiene en este libro un manejo que seduce al lector por el verismo con que el narrador lo cuenta. En el caso de la represión contra los trabajadores de Tejidos Única lo hace con un argumento convincente. Los obreros aprovechan la procesión de once del Viernes Santo para organizar una manifestación por la carrera 23. Camuflándose entre los feligreses, lanzan consignas en favor de la huelga. El coronel Camacho ordena perseguirlos, y comanda el acto represivo. Para hacerlo, se monta en el caballo que le quita a un carabinero. Con tan mala suerte que el animal, de un brinco, lo lanza al suelo después de que Bernardo Gaitán pone un cigarrillo encendido en su anca. Como el mismo había regado bolas de cristal en la calle, el caballo resbala y cae al suelo. El coronel queda con heridas en el rostro.

¿Quién es Miguel de Cervantes Zuluaga? El lector lo podría definir como un joven impulsivo que quiere conquistar el mundo con su talento literario. Pero es más que eso: un hombre dotado de inteligencia, excelente lector, que sabe contar la historia de su vida. Un estudiante apasionado por la literatura que sueña con ganarse el Premio Nobel. Un idealista que cree que puede cambiar la forma de pensar de la sociedad, dotado de un buen sentido del humor, con una extraña sensibilidad social. Como compañero de estudio en el Colegio de Cristo, con frecuencia acompaña a Eduardo García Aguilar a la librería que tenía Pablo Pachón en la carrera 23 para comprar libros de Jean Paul Sartre y Henry Miller. Para apoyar la huelga en Tejidos Única, en una acción intrépida mete a la fábrica un jeep cargado de comida.

“Manizalados” tiene la virtud de mantener al lector en vilo, sin que el interés en su lectura decaiga. A esto ayuda la gracia de una narración salpicada de sucesos inverosímiles, como el diálogo que sostiene Miguel de Cervantes Zuluaga con un muerto que le advierte que el Volcán Arenas del Nevado del Ruiz va a explotar a las doce de la noche, y la avalancha hará desaparecer a Armero. El muerto es Bernardo Gaitán, el líder sindical que murió el mismo día en que el personaje narrador hizo el amor con la novia de él, sobre quien está escribiendo un libro para descifrar si fue asesinado o murió víctima de un accidente. O como la aparición, al final de la novela, del padre Ocampo: se lo encuentra en el bus en que viaja a Bogotá ese año de 1985 en que puso la bomba en el Hotel Tequendama.

“Manizalados” es una novela que se deja leer, escrita con gracia literaria y, desde luego, con un excelente manejo del lenguaje narrativo. Tiene frases bien construidas y, además, respeto por la sintaxis. El humor está bien dosificado, y el lector ríe con los chascarrillos que el autor pone cuando quiere explicar algo. La novela, como arte literario, es un baúl donde cabe de todo, dijo alguna vez Julio Cortázar. Y en “Manizalados” cabe todo lo que el narrador quiere contar: sus problemas con la droga, sus sueños revolucionarios, sus audacias juveniles, su pasión por los libros y su mirada crítica de los hechos que son historia. También sus fantasías sexuales con Cristina, la novia de Gaitán, con quien hace el amor en la fábrica de telas, que “no era bonita, pero tenía unas piernotas de asombro” y un trasero esplendido.