28 de enero de 2022
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Lo que empieza mal termina peor

18 de enero de 2021
Por Albeiro Valencia Llano
Por Albeiro Valencia Llano
18 de enero de 2021

Se desplomó Donald Trump, después de convertir a la primera potencia del mundo en una especie de “república banana”. El asalto al Capitolio el pasado 16 de enero y la tormentosa transición presidencial muestran las grietas y la vulnerabilidad de Estados Unidos. Hoy el mundo observa horrorizado las pataletas de Trump y la lucha desesperada por el poder, en un ambiente de odio y polarización protagonizado por los grupos de extrema derecha que siembran el miedo y la violencia en esta poderosa nación.

¿Cómo se explica el populismo de Trump?

Todos recordamos que los medios lo hicieron famoso y, aunque no tenía experiencia como candidato, contribuyeron a divulgar sus mensajes populistas contra la clase dirigente tradicional instalada en Washington, causante de la crisis económica y social; pero también le ayudaron el fundamentalismo religioso y el patrioterismo, así como la rabia, la indignación y el desespero de los blancos empobrecidos. Los medios se encargaron de exaltar su imagen, popularizaron el estilo para comunicar, el movimiento de las manos, la expresión corporal, las muecas, los gritos y el discurso agresivo. Desde que inició la primera campaña política salía permanentemente en los medios, y solo invirtió 10 millones de dólares; así llegó a las primarias republicanas.

Fue en este punto cuando los comunicadores se asustaron, porque entendieron que los discursos y mensajes dividían al país y que no estaba capacitado para ser presidente de la nación más poderosa del mundo. Habían creado un monstruo, pero ya era demasiado tarde; los grandes medios lo rechazaron y apoyaron a la candidata demócrata, Hillary Clinton, sin embargo Trump encontró en internet la vía directa para instalarse en el corazón de medio país. Y llegó a la presidencia de Estados Unidos gracias a las redes sociales, donde halló una audiencia ilimitada; entendió que si posteaba un trino desde su cuenta de Twitter o colgaba un video, miles de personas lo replicaban y convertían en tendencia.

Desde el 20 de enero de 2017, ya como presidente, Trump arreció los golpes a los medios; el ejemplo más evidente ocurrió el 24 de febrero, en su discurso ante la Conferencia Anual de Acción Política Conservadora, donde afirmó que su país volverá a imponer su poderío militar gracias al aumento del gasto en defensa. Dijo que “nadie se meterá con nosotros”; fue una contundente proclama nacionalista. Aprovechó el espacio para golpear a los grandes medios de comunicación a los que llamó “deshonestos”, “enemigos del pueblo” y “divulgadores de noticias falsas”. Poco después la Casa Blanca vetó el ingreso de nueve grandes medios de comunicación a una sesión informal del portavoz presidencial, Sean Spicer, en el ala oeste de la Casa Blanca; como gesto de solidaridad no asistieron la revista Time y la Associated Press.

La arremetida contra los medios siguió creciendo, los declaró “enemigos del pueblo” y amenazó con promover leyes mordazas y demandarlos por difamación. Aunque parezca mentira el presidente continuó en campaña política y por eso convirtió el ejercicio del poder en un espectáculo, para crear confusión entre los estadounidenses.

El desplome

Y llegaron las elecciones del 3 de noviembre del 2020. Más de medio país quería que terminara esta administración autoritaria y tramposa; el viejo continente también hacía fuerza esperando su derrota en las urnas, pues el presidente desmanteló el sistema de alianzas que Estados Unidos lideraba desde la Segunda Guerra Mundial.

Su discurso aislacionista y patriótico le ayudó a mantener los bastiones republicanos en el centro del país. Por las acusaciones a Biden de castrochavista y aliado del comunismo logró consolidar una base electoral fanática entre los cubanos, venezolanos y colombianos de Florida, lo que contribuyó a la fácil y rápida victoria en dicho Estado.

El día de las elecciones, a las 11 de la noche, el mundo veía con horror que la reelección era casi inminente. Sin embargo, al día siguiente, el mapa político empezó a cambiar; Trump se acostó como ganador, pero cuando vio que Biden le estaba tomando ventaja envió rabiosos trinos: “PAREN EL CONTEO”, “PAREN EL FRAUDE”. Mientras tanto sus abogados demandaban las elecciones en varios Estados. No aceptó la derrota y amenazó con seguir dividiendo el país; sigue jugando sucio acusando a los demócratas de cometer fraude con los votos por correo.

Pero no estaba preparado para perder porque siempre ha sido un ganador, por las buenas o por las malas y por eso ha intentado numerosas maniobras para revertir las elecciones. Al grito de “Trump ganó” miles de seguidores del mandatario irrumpieron el pasado 6 de enero en el Capitolio, desbordaron a los pocos policías y provocaron escenas de terror. Desde hacía varios días Trump venía alentando a sus seguidores: “¡Estén presentes, será salvaje!”, escribió en Twitter. El intento de golpe de Estado dejó un saldo de 5 muertos, 14 heridos, más de 50 detenidos y un deterioro de la imagen y liderazgo de este poderoso país.

Desde que llegó a la presidencia salieron a la luz las organizaciones que promueven el odio y la violencia. Los organismos de seguridad afirman que existen unos 917 grupos; el más numeroso es el Ku Klux Klan, siguen los nacionalistas blancos, los neonazis, los antiinmigrantes y muchos otros. Durante la toma del Capitolio intervinieron centenares de representantes de estos grupos con llamativos símbolos como banderas, gorros y emblemas que identifican a la extrema derecha. Según el FBI han recibido información sobre posibles protestas armadas, en todos los estados del país, durante la posesión de Joe Biden. Trump se resiste a dejar el cargo.

Mientras tanto Washington se convirtió en la capital del miedo. Más de 10.000 soldados, policías y agentes encubiertos, custodian las calles solitarias de una ciudad que permanece en toque de queda.