18 de enero de 2022
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Por: Jorge Emilio Sierra Montoya Adiós a Roberto Junguito

Por Jorge Emilio Sierra Montoya
3 de enero de 2021
Por Jorge Emilio Sierra Montoya
3 de enero de 2021

(En Memoria del ex ministro Roberto Junguito, recientemente fallecido en Bogotá)

El primer Junguito que vino al país lo hizo a fines del siglo XVIII. Era un militar español -Manuel era su nombre-, enviado seguramente por la corona española en el marco de las reformas borbónicas, y vaya uno a saber si formó parte de la Reconquista, cuando Pablo Morillo hizo de las suyas en la Nueva Granada.

En realidad, llegó en un mal momento. Le tocó la independencia patria, por lo cual tuvo que emigrar a Cuba, de donde pasó a Venezuela para finalmente volver a Colombia, beneficiado quizás por alguna amnistía.

Ahí se perdió su rastro en la historia, incluso para quienes hoy se precian de llevar el apellido Junguito, muy pocos por cierto.

Con sangre europea

El rastro familiar reapareció hacia 1850.

En esa época los Junguito ya eran cafeteros, como propietarios de una enorme hacienda en Cundinamarca, de la cual se conservan todavía, en una finca heredada desde entonces, auténticas reliquias en la industria del grano: máquinas manejadas con poleas, un motor a vapor y otros equipos antiguos, cuya descripción no es fácil.

Como tampoco lo sería explicar, en detalle, cuáles son los orígenes personales, biográficos, del ex ministro Roberto Junguito Bonnet, quien acaba de fallecer en Bogotá. Pero, nada perdemos con hacer el intento.

Su padre, como ya es fácil deducirlo, era de ancestro español; su madre, en cambio, llevaba sangre francesa y germana, a juzgar por sus apellidos:  Bonnet y Schroeder, de veras inconfundibles.

En cuanto al Bonnet, se remonta hasta su bisabuelo, quien apareció por estos lados a fines del siglo XIX, para dedicarse a transportar mercancías de Europa a Trinidad y luego a Bogotá, pasando por Meta, con tanto éxito comercial que tuvo un próspero negocio en pleno centro de la capital -Almacén Bonnet- y una bella residencia donde ahora se levanta la Plaza de Toros.

Y en cuanto al Schroeder, el primero en llegar a Colombia fue un ingeniero que ayudó al gobierno en la Guerra de los Mil Días, emitiendo moneda, pues poseía una de las tres litografías que imprimían dinero (cumpliendo así la tarea que paradójicamente Roberto Junguito atacó mucho después por sus terribles efectos inflacionarios).

Pero, como si fueran pocos tan ilustres antepasados, su árbol genealógico se extendía hasta Germán Zea Hernández, destacado político liberal que todos recordamos.

El salto al gobierno

Cuando se le preguntaba por qué salió conservador habiendo tantos liberales en su familia, respondía, sin pensarlo dos veces: por convicción, porque sus lecturas juveniles lo llevaron a serlo y porque, a fin de cuentas, desde temprana edad se identificó con los valores tradicionales, éticos, nada amigo de los cambios bruscos, radicales, y sí del gobierno central fuerte, con autoridad, aunque poco interventor en la economía.

Su padre, si bien de familia liberal, era muy conservador o, mejor, laureanista, hecho que explicaría en gran parte la amistad que Junguito mantuvo con Álvaro Gómez Hurtado, quien influyó bastante -aseguraba, con gratitud- en su paso por el Ministerio de Hacienda durante la segunda mitad del mandato de Belisario Betancur (1982-1986).

Pero, ¿cómo fue eso? Veamos primero por el espejo retrovisor: en pleno “mandato claro” de Alfonso López Michelsen (1974-1978), Betancur se enfrentó a la candidatura presidencial de Julio César Turbay y, como necesitaba economistas godos de prestigio, consultó a su reemplazo en la presidencia de Anif, Ernesto Samper Pizano, para que le propusiera algún nombre.

“Roberto Junguito, director de Fedesarrollo”, contestó Samper.

Fue así como entró a formar parte, en 1977, del equipo de campaña de Belisario, con quien terminó en tan buenas relaciones que al ser elegido presidente en 1982 lo nombró ministro de Agricultura, puesto para el que se venía preparando al frente de la Sociedad de Agricultores de Colombia -SAC-, donde uno de sus lejanos antecesores fue pariente suyo.

Consulta a Gómez Hurtado

En la cartera de Agricultura estuvo un año y pasó luego a ser embajador en Bélgica, de donde regresó para asumir el Ministerio de Hacienda, etapa en la que precisamente apareció Gómez Hurtado.

Cuando Betancur -contaba, satisfecho- le ofreció este segundo ministerio, llamó a “Álvaro”, que era embajador en Washington, para preguntarle si debía aceptar y en qué condiciones.

“Te recomiendo -le dijo Gómez- que aceptes, pero pídele al presidente Betancur plena libertad para desarrollar tus políticas, tu programa de gobierno”.

De hecho, ambos se pusieron en la tarea de estudiar ese programa con lupa, durante tres días con sus noches, hasta delinear un plan de ajuste que muchos añorarían después por ser un modelo efectivo para la reactivación económica tras una dura fase con signos recesivos.

Nunca olvidó, además, el consejo que el jefe político le dio cuando se despidieron en Washington: “¡Dile claramente al país cuál es la verdadera situación económica!”

Crisis de fondo

En 1984, la situación económica del país era crítica, con unas finanzas públicas deplorables: el déficit del gobierno central ascendía a 4,5% del PIB, prueba cabal del gasto público desbordado; el déficit de las entidades descentralizadas, por su parte, era similar, y ni siquiera había plata para pagar los sueldos de fin de año y las primas navideñas a los trabajadores oficiales.

¿Salidas? La única, a corto plazo, la emisión del dinero -¡para gloria y loor de su bisabuelo!-, al menos mientras se obtenían recursos adicionales a través de una reforma tributaria, cuyo proyecto se encargó de elaborar tan pronto reemplazó a Édgar Gutiérrez Castro.

Por los lados del sector externo, las cosas no iban mejor: las reservas internacionales eran inferiores a US$1.500 millones; el déficit en cuenta corriente equivalía al 7% del PIB y, como ya se había desatado la crisis de la deuda en América Latina, nadie nos prestaba un dólar.

Por el lado interno, ni se diga: se desencadenó una espectacular crisis financiera, con quiebras de bancos “todos los días”, cuya máxima expresión fue la estruendosa caída del águila que representaba a un poderoso grupo económico…

Programa de ajuste

Vino entonces el riguroso y en ocasiones doloroso programa de ajuste: la devaluación, que era gota a gota desde el decreto 444, se volvió chorro a chorro, hasta ser del 50% en 1985 y del 30% en 1986, así fuera contra la férrea oposición de prestigiosos economistas.

Salió la reforma tributaria, se redujo el gasto público en forma sustancial, los aumentos salariales fueron modestos en extremo y a todos los colombianos nos tocó apretarnos el cinturón, lejos de someterse el país a las condiciones señaladas por el Fondo Monetario Internacional, cuya voluntad solía ser incuestionable en el Tercer Mundo.

Las cosas le salieron bien, por fortuna. Al fin del cuatrienio, en 1986, se había recuperado el equilibrio en las finanzas públicas; la inflación se mantuvo bajo control a pesar de la devaluación galopante, y, aunque el crecimiento económico fue bajo, nunca fue negativo y sentó las bases de la estabilidad que después se disfrutó y tantos elogios conquistó en el resto del mundo.

Subieron las exportaciones, volvió el crédito externo (el famoso “Jumbo” por mil millones de dólares), y a fin de cuentas se logró el objetivo de reactivar la economía, al margen del FMI.

¿Milagro económico? ¡Qué va! Fue la obra de un equipo, del que mencionaba a Hugo Palacios Mejía, gerente del Banco de la República; Jorge Ospina Sardi, director de Planeación; María Mercedes Cuéllar, su viceministra; Óscar Marulanda y Luis Jorge Garay, sus asesores; Luis Fernando Alarcón, director de Presupuesto, y Mauricio Cabrera, director de Crédito Público.

“Una nómina de lujo”, decía.

Imagen La República

La última opción

Al abandonar el ministerio con bombos y platillos por haber conseguido la reactivación esperada, su recompensa fue bien merecida: la embajada en Francia, donde recordó a sus ancestros y se dedicó a la investigación histórica, de la que fue fruto su estudio sobre la deuda externa en el siglo XIX.

De regreso al país y tras volver el liberalismo al poder con Virgilio Barco, el cafetero familiar se le salió otra vez: escribió libros al respecto, presidió la Asociación Nacional de Exportadores del grano -Asoexport- y un buen día, ya en el mandato de César Gaviria, recibió dos tentadoras propuestas.

La primera, de Álvaro Gómez, para ser incluido en una lista al Congreso de la República, y la segunda, del ministro de Hacienda, Rudolf Hommes, para integrar la Junta Directiva del Banco de la República en reemplazo de la Junta Monetaria que había eliminado la nueva carta magna.

Se decidió por la última opción. Prefirió, en fin, la economía a la política, consciente de ser esto lo que más conocía, así no fuera de pronto la salida más inteligente.

Y siguió por ese camino, retornando al ministerio de Hacienda en 2002, cuando empezó el primer mandato del presidente Álvaro Uribe. Pero, ésta ya es otra historia que se fue sin contarnos…

(*) Ex director de “La República” y magister en Economía de la Universidad Javeriana. Autor del libro “50 Protagonistas de la Economía Colombiana”