21 de julio de 2024

Villamaría: La hermana menor de Manizales

28 de diciembre de 2020
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
28 de diciembre de 2020
Crédito: Unimedios

 La historia dice que las tierras donde hoy está levantado el municipio de Villamaría fueron pisadas en un principio por Fermín López, el colono que se estableció en un recodo del Cerro de San Cancio hacia el año 1837, cuando buscaba tierras para colonizar después de partir de Salamina. Cuando se dirigía hacia el sur, al enterarse de que esos terrenos eran también propiedad de la Sociedad González Salazar y Cía, con quienes tenía problemas por su posesión, Fermín López cruzó por tierras de Villamaría para encaminarse hacia Santa Rosa de Cabal. Esto lo afirma Héctor Fabio Pineda en su libro «Villamaría y su historia», citando a historiadores como don Luis Londoño quien afirma en su historia de Manizales que Fermín López cruzó por estas tierras, con sus seis mulas, cuando iba destino al sur. Pero fue el domingo 14 de abril de 1850 cuando se produjo la llegada de los primeros colonizadores que se establecieron en estas tierras para fundar el municipio. Sin embargo, algunos historiadores señalan que ya desde 1848 algunas personas habían mostrado interés en establecerse por estos lados debido a la belleza del paisaje y la exuberancia de las tierras.

La fundación de Villamaría se realizó por parte de los colonizadores en un paraje conocido como La capilla. En un principio, formando parte de la jurisdicción de Manizales, se le dio el nombre de Partido de Chinchiná. Un año después se le llamó Aldea de Maná. Sus fundadores fueron Víctor Castaño, José María Ceballos, Alberto Salazar, Antonio Cardona, Benedicto Angel, Miguel Toro, Exequiel Arango, José María González, Eufrasio Jaramillo, Gregorio Gallego, Pompilio Hurtado y Mario Ceballos, entre otros. Los mismos que a finales de 1851 elevaron ante las autoridades del Estado Soberano del Cauca solicitud para que el pequeño caserío fuera elevado a la categoría de corregimiento. El memorial fue firmado por Exequiel Arango, el más preparado de los colonizadores que habían llegado a principios de 1850. El reconocimiento fue hecho mediante ordenanza # 22 de octubre 20 de 1852 firmada por el señor Ramón Serrano en calidad de Presidente de la Cámara Provincial del Cauca, sancionada por el entonces gobernador del Estado Soberano, Carlos Gómez.

 La ubicación privilegiada a escasos kilómetros de la capital del departamento hace de Villamaría uno de los municipios más progresistas de Caldas. Debido a esta estratégica posición con respecto a Manizales, su territorio se ha convertido en una zona industrial especial, donde tienen sede importantes empresas caldenses que ocupan a una buena cantidad de personas. En efecto, industrias como Pilas Varta, Trefilados de Caldas, Editores, Productos Apa, entre otras, tienen asiento en esta población que en los últimos años ha visto, sorprendida, cómo su perímetro urbano se extiende hacia todos los costados, producto de su desarrollo urbanístico. Los dos kilómetros que en línea recta la separan de Manizales, convertidos en seis por una carretera en buen estado que, en otro tiempo, antes de que entrara en servicio la vía panamericana, estuvo llena de curvas, se recorren en escasos diez minutos. Una vez en su plaza principal, el visitante se encuentra con un municipio que, no obstante su vertiginoso progreso, conserva el encanto de esos pueblos producto de la colonización antioqueña, levantados por hombres visionarios que se establecieron en sus tierras para establecer una forma de producción.

Como todos los municipios de Caldas, Villamaría es el fruto de una raza intrépida que desbrozó montañas para fundar pueblos. En su fundación tuvo mucha influencia el movimiento colonizador que se originó en Antioquia a principios del año 1800. Por esta razón, sus primeros pobladores fueron gentes oriundas de Antioquia que llegaron hasta sus tierras en busca de una parcela para cultivar, atraídos por los comentarios que sobre su productividad empezaron a escuchar. Quienes ya se habían establecido en los pueblos del norte fueron impulsando la colonización de nuevas tierras, indicándoles a las familias que llegaban que más hacia el sur existían terrenos productivos que necesitaban la mano del hombre para que desbrozara sus montañas. Así se fue poblando este municipio que hoy en día registra uno de los censos más altos en población debido a la cercanía con Manizales. De esos casi siete mil habitantes que registraba en 1905, en 1983 el número de habitantes ascendía a 33 mil. Hoy la población de Villamaría pasa de 90 mil habitantes.

Este pueblo acogedor que cada año celebra las Fiestas de la Horticultura como homenaje a la vocación agrícola de sus habitantes, es considerado el segundo más extenso de Caldas después de Samaná. Sus 443 kilómetros cuadrados de extensión, donde confluyen varios climas, son terreno propicio para el cultivo de diversos productos.  Pero también le permite disfrutar de atractivos turísticos como la cascada de las Nereidas, un paradisíaco lugar donde el agua cae cristalina formando en la altura algo así como un manto transparente que cubre las rocas. Altas montañas, pequeños valles, ligeras colinas y verdes pastizales conforman la geografía de este municipio que alguna vez, en una crónica publicada en La Patria, Roberto Hernández Gutiérrez describió como el morral olvidado de un pastor  o el delantal confidente de una colegiala. A este paisaje ensoñador que circunda el municipio se suma el Nevado del Ruiz que desde su plaza principal se observa como una montaña blanca que resplandece en la distancia. Parte de los terrenos que el nevado ocupa pertenecen a Villamaría.

Conocido como la Villa de las Flores, el municipio de Villamaría se observa desde Manizales como una urbe sin rascacielos que descansa sobre el verde de las montañas, tendida sobre potreros donde otrora pastaban las vacas. Observado desde lejos, semeja una larga hilera de casas levantadas en cemento que se aferran sobre la tierra como complemento del paisaje. Su cielo límpido, su aire fresco y su entorno natural son un atractivo para el turista que recorre sus calles para ver, asombrado, cómo la ciudad todavía no la ha absorbido y, además, no le ha quitado su encanto pueblerino donde todavía se conservan algunos balcones como testimonio de su arquitectura simple y discreta. Villamaría guarda en sus calles sencillas toda la esencia de los pueblos antioqueños que se niegan a desaparecer ante la proximidad de la ciudad. Es decir, en este pueblo todavía la gente se conoce entre sí no obstante muchos de sus pobladores trabajar en Manizales. El parque principal, con sus árboles que brindan sombra en las tardes soleadas, tiene todavía la sencillez de los parques de los pueblos, donde los ancianos dialogan mientras en la tarde esperan que caiga la noche para dirigirse a sus hogares.

Villamaría representa para Caldas un verdadero polo de desarrollo. Hacia este municipio que registra una temperatura promedio de 18 grados centígrados se dirigen las miradas de quienes piensan que algún día puede convertirse en una prolongación de Manizales, debido a su cercanía con la ciudad. A esto ayuda el Cable Aéreo, que mejoró la comunicación con la capital. De ese pequeño poblado que en los años veinte tenía apenas unas cuantas manzanas se ha pasado a un municipio pujante que se extiende hacia varios lados con programas de vivienda que le han permitido alcanzar un desarrollo urbanístico que envidiaría cualquier municipio caldense. Ya no son las cinco carreras ni las diez calles que en un principio la hacían un poblado pequeño. Ahora cientos de casas se han construido para dar albergue a familias que han llegado desde distintos puntos de la geografía caldense con la esperanza de encontrar en la capital una oportunidad de progreso. Edificios de hasta diez pisos dan una imagen de pueblo progresista.

Aunque ha recibido dos embestidas de graves consecuencias por parte de la naturaleza, como el terremoto que destruyó parte de su iglesia parroquial en 1979 y la erupción del Nevado del Ruiz en 1985, que arrasó con viviendas en la zona rural, el municipio de Villamaría ha sabido sobreponerse a estas dificultades con entereza. La iglesia fue reconstruida por el sacerdote Julio Enrique Martínez, quien llegó como párroco días después del terremoto, y las viviendas fueron levantadas de nuevo con la ayuda del Gobierno Nacional. Hoy tanto el terremoto como la avalancha causada por el descongelamiento de la montaña blanca son apenas un referente histórico en la conversación de sus pobladores. Otras preocupaciones despiertan el interés de sus dirigentes. Como proyectar al municipio hacia una verdadera industrialización que le permita generar empleo, o no dejarse arrastrar por el deterioro en las condiciones de vida que puede provocar el desplazamiento hacia su territorio de cientos de familias.

Según los historiadores, el nombre de Aldea de María que el municipio llevó durante varios años se debió a que la palabra Maná fue confundida en alguna oportunidad por los funcionarios que debían expedir la aprobación de su erección como corregimiento. Desde entonces nadie se acordó de volverla a llamar aldea de Maná. Pero para abreviar un poco las palabras, muchos años después se le quitó la aldea de para colocarle el nombre de villa. Así las cosas, empezó a llamarse Villamaría porque este nombre tenía una connotación más poética. No era lo mismo decir Villa de María que decir Villamaría. Y esto lo entendieron los pobladores, quienes no colocaron objeción de ninguna clase para que se siguiera utilizando este nombre. Este municipio que pocos años después de fundado se convirtiera en tránsito obligado de las tropas del ejercito liberal del Cauca que comandaba el General Julián Trujillo es también una despensa agrícola de la capital. Los productos del campo se comercializan en Manizales. Esto hace que esta ciudad viva agradecida con un pueblo que ha sido algo así como su hermano menor.