16 de enero de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Otra mirada hacia el poder

8 de diciembre de 2020
Por Jaime Lopera
Por Jaime Lopera
8 de diciembre de 2020

Intentando una definición plausible, Andrés Serra decía que el vocablo poder suele ser visto como un sinónimo de fuerza, de energía o dominio. Para algunos es la capacidad de ejercer un mando hegemónico sobre uno y/o varios individuos; pero otros dicen que es la habilidad de influir sobre uno y/o varios individuos. De todos modos, como el poder puede referirse a la capacidad de hacer o ser algo, influye en el comportamiento, ya sea en pensamiento o en el actuar de una sociedad[1].

Llámese de izquierda, de derecha o de centro, una de las maneras de prestar atención a las situaciones del poder consiste en revisar las escenas de Juego de Tronos, esa serie de Netflix tan popular hace un tiempo. Primero, porque lo interesante de ella no son sus escenarios, ni sus personajes, ni su ambientación, ni su vestuario o su música de fondo, ni mucho menos los lugares donde fue filmada. Estas características formales son propias del lenguaje cinematográfico y sirven para engalanar el argumento de fondo con imágenes de alta aceptación y enorme impacto. Y segundo, porque lo que en verdad ocurre en este filme no es la lucha por uno o dos tronos, sino una lucha por el poder.

Alli se advierte el principal mensaje, llámese como se llame: el juego del poder no es un juego neutral, ni inofensivo; es temerario y complicado. Y quien está dispuesto a jugarlo se expone ser herido. Es como subirse a un ring de boxeo: una vez pasadas las cuerdas y ya en la lona, lo primero que se recibe es un guantazo. Si sobrevive a los primeros sopapos, quizás es posible que resulte ganador sin ir a la enfermería. Como los ganadores suelen ser pocos y los derrotados son miles, en el campo electoral se habla de ganar-perder como la principal consigna del poder, y no se habla de ganar-ganar que es la principal consigna de la solidaridad.

Todo lo que los libros han descrito sobre el poder, desde Maquiavelo hasta Robert Greene, son los métodos para lograr cambios en los demás, ya sean de actitudes, de creencias o de comportamientos. Y es ahí, en los cambios en las personas, donde radica lo nocivo de la película: el mensaje de que el poder hay que conseguirlo como sea, y debe servir con el propósito de hacer de los demás no solo unos esclavos (como ocurre en la pantalla de esta serie) sino también unos resignados cuya autonomía queda prácticamente cancelada.

Llámese de izquierda, de derecha o de centro, el ejercicio del poder sobre los demás se hace por la vía persuasiva o por la vía coactiva. Si es mediante la forma coactiva, se cae fácilmente en el autoritarismo –sea de izquierda o derecha–, método que por lo general anula el pensamiento del otro: como el despotismo genera temor (unas veces aterrador, otras veces menos), el asustadizo suele mantenerse en silencio para no crear más problemas; no obstante, este nuevo estado sigiloso se llama sumisión.

Desde este punto de vista no podemos resignarnos a aceptar sin comentarios a la película porque, a primera vista, se trata de una exaltación del poder autoritario y por lo tanto de la formación de sumisos. Haciendo a un lado todos los miles de juicios de valor respecto del poder (buenos o malos), lo que en verdad se debe examinar son las consecuencias del mensaje acerca del uso del poder para alcanzar todo tipo de satisfacciones de una persona o de un grupo a costa de la libertad del otro. Si bien es cierto que el poder es legítimo cuando se alcanza mediante los métodos democráticos (el voto popular), no es menos cierto que el poder se vuelve abusivo cuando excede sus alcances, es decir, cuando se apropia de algo opresivamente y de modo autoritario. Su substituto, la participación, es un proyecto de muchas andanzas.

Si la exaltación del poder es la consigna de esta película, entonces el mensaje camina en una dirección equivocada: la serie tiene “el efecto de reclutamiento” porque atrae a muchas personas a comportarse del mismo modo que los héroes o villanos de la serie. En términos de la filosofía política uno tiende a pensar que se debe ser leal a los valores igualitarios y democráticos: pero la exaltación del poder es una contradicción con dichos valores y por lo tanto esta serie ofrece un ejemplo impropio. Como dice Walzer, si todos los grupos son portadores de valores, es el grupo familiar que la mira el que más puede absorberlos y diseminarlos.

Suponemos que hay dos probables maneras de ver esta serie: (1) como una confirmación de una cultura apegada al poder que no rechaza el machismo dentro del mismo mundo de referencia de los espectadores que dusfrutan el argumento de El Padrino; o (2) como un estímulo a esos televidentes para que se siga aceptando el uso del poder y la violencia como garantía de éxito y de importancia. Si Juego de Tronos sirve para legitimar una conducta aceptada por la sociedad colombiana hacia la violencia (al punto de decirse que a la gente miraba la serie con simpatía y complacencia), entonces es comprensible la afinidad con la serie sobre Pablo Escobar y todas las demás que se ocupan del mismo argumento.

Y para ir radicalmente mucho más allá, se supone que la globalización necesita muchos tipos de trabajadores manuales o intelectuales para continuar organizando el mundo. En otras palabras, la globalización necesita sumisos y ellos se producen abundantemente con el autoritarismo. Es imposible predecir lo que sucede en los hogares colombianos donde el 47 por ciento de los padres acuden a la correa o a las chanclas para manejar la inconformidad de sus hijos. Pero, mientras más sumisos sean, mucho mayor es el control social que los autoritarios tienen sobre esas personas y eso conviene a la contratación laboral y a los sindicatos.

El populismo es el mejor caldo de cultivo para la practica del autoritarismo. Pero en el lenguaje de la paz los términos más conocidos son hoy los de cooperación, solidaridad, apoyo y tolerancia. Concluyamos diciendo que la avalancha de episodios en Juego de Tronos apunta hacia batallas, muertes violentas, incestos, despojos y aniquilación. O sea que, desde muchos puntos de vista, esta serie es antagónica con una “paz estable y duradera”.

Diciembe 2020

[1] Serra Rojas, Andrés. Diccionario de ciencia política. México D. F: Fondo de Cultura Económica, 1998.