17 de septiembre de 2021
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

Navidad diferente

Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
18 de diciembre de 2020
Por Gustavo Páez Escobar
Por Gustavo Páez Escobar
Columnista de opinión en varios periódicos impresos y digitales, con cerca de 2.000 artículos publicados a partir de 1971. Sobre todo, se ocupa de asuntos sociales y culturales.
18 de diciembre de 2020

En medio de la pandemia que azota al planeta y ha infectado a más de 70 millones de personas y dejado más de 1,6 millones de muertos en el mundo, aparecen las luces de Navidad. Son luces titilantes que muchos pretenden que sean las de todos los años, pero esto es imposible. Las ciudades comenzaron a encenderse poco a poco, y los árboles y los sitios tradicionales se iluminan a medidas, en pretendida búsqueda de la fiesta universal que esta vez está postrada por el infortunio. En Colombia, el país que respiro todos los días, ocurren alrededor de 8.000 infectados y 180 muertes cada día, y los muertos pasarán de 40.000 al finalizar el año.

El mundo sufre de miedo. Miedo a la enfermedad y a la muerte. Las estadísticas no cesan de arrojar números en constante ascenso que señalan la fragilidad de la vida ante la crueldad del virus. Las primeras noticias que dan la radio y los periódicos son las relacionadas con los contagios y los muertos del día anterior. Y en la noche se incrementa el dato con la calamidad del nuevo día. Así, se ha llegado a la tétrica realidad de 10.000 personas fallecidas todos los días en el planeta.

Cada país y cada ciudad o pueblo se estremecen con sus propias cifras. Los controles sanitarios, que en algunos sitios se ejecutan con disciplina, en otros han perdido rigor. Las naciones en general tienen que declararse derrotadas por ese enemigo común que se llama coronavirus. Un enemigo minúsculo e invisible que se ha agigantado hasta convertirse en la mayor amenaza, hoy por hoy, para el género humano. Cumplimos 10 meses de lucha contra la enfermedad, y la batalla apenas comienza a dar voces de esperanza con la aparición de la vacuna.

Ese es el presagio que anuncia esta Navidad. Es la Navidad de la esperanza. Un amigo pesimista me preguntaba si podía confiarse en el descubrimiento de la vacuna cuando la historia indicaba que se gastarían 2 o 3 años hasta obtenerse su aprobación. Como soy optimista, le respondí que la vacuna estaría lista en el primer semestre de 2021. Dicho y hecho. Sin ser profeta, acerté. Eso era lo que intuía sobre lo que estaba sucediendo en las grandes farmacéuticas con el impulso de la ciencia y del capital, y movido además por la carrera de la competencia entre los países poderosos. La época actual es muy distinta a la de los viejos tiempos.

El propósito de esta nota es el de sostener que estamos a punto de ganar la batalla. Pero no cantemos victoria antes de tiempo. Ojalá las poblaciones y las familias no se desmidan en la celebración de las reuniones y las fiestas navideñas y sepan proteger sus vidas y el bienestar de sus hogares contra el riesgo de los alborozos sin control. Hay que ser responsables. La responsabilidad es de cada cual.

Esta es una Navidad diferente a todas. El tapabocas se convirtió en una imagen infame de la época. Todo el mundo anda embozado en él, como huyéndole al propio demonio, y sabrá con el paso del tiempo que esa fue la enseña de un momento desventurado del mundo que deja al mismo tiempo penas y reflexiones.

La esperanza nos salvará. Recapacitemos en esta frase de Gabriel Marcel, gran dramaturgo y filósofo francés: “La esperanza es para el alma lo que la respiración para el ser vivo. Cuando falta la esperanza, el alma se anquilosa y extenúa”.

[email protected]