27 de enero de 2022
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Darío Jaramillo Melville en Jerusalem (Eafit) de Vicente Quirarte

25 de diciembre de 2020
25 de diciembre de 2020

Darío Jaramillo

Hace poco más de un siglo, exactamente hace 104 años, se publicó por primera vez en castellano un libro de poesía que intercalaba prosas deliberadamente incorporadas al texto poético. Su autor, un casi muchacho de 35 años, siempre lo consideró su mejor libro y aun después de haber ganado el premio Nobel seguía pensando lo mismo. El libro se titula Diario del poeta recien casado y su autor se llamaba Juan Ramón Jiménez.

Me cobijo bajo la sombra de tan frondoso árbol para referirme a Melville en Jerusalem. Melville en Jerusalem va más allá porque, además de los textos sobre el autor de Moby Dick o sobre Baudelaire, hay una preciosa prosa escrita por una casa famosa, la Villa Diodati; es la casa quien habla, ese hermoso edificio ginebrino donde se reunieron unos ingleses en 1816, entre ellos Lord Byron y Shelley, y donde fue concebido Frankenstein por Mary Shelley.

Además de estos textos en prosa, además de los hermosos poemas en verso que incluye el libro, hay también textos que parecen habitar en la frontera entre la prosa y el verso, como las “Variaciones sobre el ángel alado”.

Hay un aspecto que merece destacarse en Melville en Jerusalem, que es la multiplicidad de voces en primera persona que se valen del poeta para hablar. En primer lugar está la voz de Herman Melville. Y también hablan Jeanne Duval, la amante de Baudelaire, y hasta el mismísimo Lord Byron abre su boca antes de cerrar el libro. Lo principal es el efecto de conjunto, tan emotivo, tan lúcido, tan sutil al que llega Quirarte en este libro, gracias a los hermosos poemas que contiene.

TODOS somos de nuevo, como el día.
La diaria ablución nos salva de nosotros,
de la criatura infecta que nos vive
y en lo oscuro se nutre de lo oscuro.
Victoria momentánea, brillo eterno
de ser por un instante vidrio, monte,
abierta ventana hacia el desierto.
Sucede en cada minuto un solo instante
en que lo somos todo. Y nos salvamos.
Vicente Quirarte

TAMBIÉN el desierto es mar. También en sus arenas
hay tempestades súbitas, cóleras sin freno.
El desierto no olvida
que alguna vez fue mar.
Vicente Quirarte

SUEÑO del ballenero. Una montaña
cubierta enteramente por la nieve
emerge del fondo de los mares.
De blancura imposible, con su brillo
enfrenta al del sol y en su caricia
acendra su belleza desafiante.
Esto se parece al miedo. El mismo
experimentado por el hombre
que vio el cielo partido por el rayo
o presintió el colmillo de la bestia.
También se parece a la belleza.
Anoche soñé
que todos los días eran blancos
y aguardaban las letras cada día.
El desierto y la nada nos enfrentan
al enigma que nunca podremos descifrar.
Vicente Quirarte

TUS muslos no me dejan.
Trato de no pensar en ellos y regresan
como si se afanaran
en ser olas de este mar en calma.
Brillan siempre tus muslos,
eternamente jóvenes y elásticos,
delfines en pubertad naciente,
celosos de ser contigo en tierra.
Te desplazas con ellos
ajena a los desastres que provocas,
la interminable guerra que desatas,
la sed nunca saciada de los tactos.
Vicente Quirarte

APUESTA lo que no tienes a las jacarandas. A su floración puntual, efímera e intensa, dedica tu mirada. Ocupan el pentagrama del aire y con su actuación anual justifican los trabajos vividos para atestiguar semejante epifanía. Eficacia de la belleza, fe en una reincidencia salvadora e iluminadora: dile a marzo que no se vaya todavía para que las jacarandas retrasen su estallido y al hacerlo instauren su reino amenazado. Te salvarás, al menos por instantes, del naufragio mayor: el vivido cuando hemos dejado de ser uno en el otro.
Vicente Quirarte