26 de enero de 2022
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La sed de las palmeras (Angosta) de Juan Vicente Piqueras

25 de diciembre de 2020
25 de diciembre de 2020

Apuntes, d.j.a

En general, los juegos de palabras son eso, sólo juego, divertimento, risa. Pero, a veces, como por milagro, el juego de sonidos da un salto a otra cosa, a un nuevo estado de ánimo, a un pequeño milagro. Estoy hablando de una de las más notorias entre las varias virtudes de la poesía del español Juan Vicente Piqueras (1960): ese don del poeta que hace poesía y, a la vez, juega con las palabras. Piqueras es un poeta cercano, mejor, que se acerca con su voz hecha de intimidad, habla de su origen campesino, de su casa, de su madre, de sus amores, en un tono tal que nada más ajeno a él que la exhibición ni nada más extraño que mirarse en el espejo para hacerle reclamos al espejo.

Piqueras ha sido un eterno viajero. Salió de su aldea valenciana cuando era un adolescente, vivió veinte años en Roma y, antes y después, en Francia, Atenas, Argel, Lisboa; también informa la solapa de La sed de las palmeras que “actualmente vive y trabaja en Ammán. Ha publicado quince libros de poesía y muchas traducciones”. La sed de las palmeras es una selección tomada de varios de sus libros anteriores con el añadido de algunos poemas inéditos.

TORMENTAS

Hijo de campesinos, fui educado
en el mito y terror de las tormentas.
Un rayo entró por una chimenea
e incineró a un anciano
que estaba haciendo pleita al amor de la lumbre.
Un pedrisco cayó sobre un zagal
y le dejó abultada la cabeza, inservible.
A mí me ha granizado encima y me lo creo.
Nevadas hubo tales que el peso de la nieve
hundió tejados y acabó en estrago
lo que empezó milagro de pureza.
Y un diluvio que convirtió un majuelo
en barrizal de arenas movedizas
donde se hundió un pobre hombre
con su caballería.
Por eso cada vez que veo un relámpago
me estremezco con él, me asusto, espero
que suene el trueno, pienso
en el miedo heredado de mi madre,
la veo persignarse, y algo en mí
se persigna también ante el furor del cielo,
ruega que no se lleve la cosecha.
De qué cosecha hablo, por qué tiemblo.
Juan Vicente Piqueras

YO QUE TÚ

Yo que tú me amaría, llamaría,
no perdería tiempo, me diría que sí.
No dudaría más, escaparía.
Daría lo que tienes, lo que tengo,
por tener lo que das, lo que me dieras.
Me soltaría el pelo, lloraría
de gozo, cantaría descalza, bailaría,
le pondría a febrero un sol de agosto,
moriría de gusto, no pondría
ningún pero a este amor, inventaría
nombres y verbos nuevos, temblaría
de miedo ante la duda de que fuese
sólo un sueño, me iría
para siempre de ti, de allí, conmigo.
Yo que tú me amaría.
Me diría que sí, me faltaría
tiempo para correr hasta mis brazos,
o al menos, qué sé yo, respondería
a mis mensajes, a mis tentativas
de saber qué es de ti, me llamaría,
qué va a ser de nosotros, me daría
una señal de vida, yo que tú.
Juan Vicente Piqueras

PEROS Y PERAS

Mi alma es un olmo. No le pidas peras.
Pídele lo que quieras, pide peros,
pero no pidas nunca lo que esperas.
El pero no madura pero espera.

Yo es pero, el tiempo es pera que madura.
El pero es como el olmo, no da peras.
La espera es quemadura cuando hay peros.
La espera es pera, pero, quemadura.

El pero es lo peor, lo que más quema.
El pero es lo que más me desespera.
Mi alma es un olmo. No le pidas peras.

Pídele lo que quieras, pierde peros.
Pídeme, pero mío, lo que quieras,
y no pongas más peros, ¿a qué esperas?
Juan Vicente Piqueras

LO POCO QUE SÉ

Sé que la pena no vale la pena.
Sé que la dicha no puede ser dicha.
Sé que el amor, esa misión salvaje,
delicada, imposible, es la única forma
de estar en este mundo sin errar.
Sé que la muerte lo resuelve todo.
Sé que la muerte, no, quiero decir la vida,
es un jilguero en un árbol desnudo
o en un almendro en flor,
cantándole a la luz,
dando gracias al cielo por todo
sin saberlo.
Juan Vicente Piqueras