28 de enero de 2022
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La apuesta por el cambio.

11 de diciembre de 2020
Por Víctor Zuluaga Gómez
Por Víctor Zuluaga Gómez
11 de diciembre de 2020

Cuando los fenómenos se repiten de generación en generación, tienden a ser incorporados por los miembros de un colectivo, a tal punto, que se puede llegar a la falsa conclusión de que son conductas heredadas  genéticamente. De allí que con frecuencia se adopten posiciones pesimistas en cuanto a posibilidad de cambios de conducta colectiva. Me refiero a las noticias que día a día se repiten sobre la corrupción que invade todos los espacios.

Al releer a los teóricos como Edgar Morin y Rita Levi, se llega a la conclusión que una cosa es la genética y otra bien distinta, la epigenética. La genética, lo que se hereda desde el punto de vista mental y otra la epigenética que se refiere a lo que se aprende por el ejemplo, por la observación.

Llevamos centenares de años repitiendo conductas indeseables, algunas heredadas de los europeos, y otras de los aborígenes. Desde luego que también cada cultura tiene unos valores y éstos son los que se deben estimular. Toda cultura debe tener la capacidad de crítica y autocrítica. La educación en este caso debe jugar un papel fundamental para producir cambios, pero siempre teniendo en cuenta que dichos cambios  no se pueden presentar de manera inmediata.

Y al hablar de cambios, bueno es pensar que aquella educación basada en la amenaza, el miedo, el látigo, se revalúe porque se fundamenta en aquel concepto de la educación en donde el maestro es el dueño del saber e imponía de una manera vertical su autoridad. El resultado, en este caso es la ausencia del diálogo y la concepción de que hay saberes absolutos e inmodificables. El daño que se produce en el educando este tipo de conductas, bien lo reseña Morin de la siguiente manera: “Comenzamos a ser verdaderamente racionales cuando reconocemos la racionalización incluida en nuestra racionalidad y cuando reconocemos nuestros propios mitos entre los cuales el mito de nuestra razón todopoderosa y el del progreso garantizado.

Es necesario entonces, reconocer en la educación para el futuro un principio de incertidumbre racional: si no mantiene su vigilante autocrítica, la racionalidad arriesga permanentemente a caer en la ilusión racionalizadora; es decir que la verdadera racionalidad no es solamente teórica ni crítica sino también autocrítica”.

Vemos cómo en la Comisión de la Verdad, se habla de confesiones aceptables y otras inaceptables, dependiendo de qué Partido político se mire.