27 de enero de 2022
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Orlando Cadavid Correa
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Cuento/ IVÁN ASMAR Es otro día

25 de diciembre de 2020
25 de diciembre de 2020

ES OTRO DÍA

 IVÁN ASMAR
Autor

No la toma por sorpresa que, en la mañana de este día, como cada año, la esperen al regresar de misa de seis. Los ve sin detenerse en ellos al entrar en su casa.

Ya, en su pieza, cierra la puerta, cuelga el bastón,- que no necesita pero sería tan indecoroso no lucirlo a su edad-, dobla y guarda su manto negro que el Concilio Vaticano II no pudo enviar al closet de los vestidos en desuso anegados en alcanfor; se mira en el espejo Luis XV del tocador de los buenos tiempos y casi se alegra de encontrar que sus muchos años no se vean revelados, como debería ser, en la piel de la mujer que la observa desde el otro lado.   

Se sienta en la silla, del mismo labrado en madera de su cama, apenas elegante; inhala el aire hasta sentir inflar sus pulmones, aprieta con fuerza los ojos y por su mente vuelven a pasar sus tres hijos; los mismos que vio a la entrada, pero otros, los niños; los que se fueron yendo con el tiempo, ese maligno escultor que aborrece la belleza y pervierte la bondad.

Arturo, el señor decepción, o el señor bueno para nada, o el señor sin voluntad; así lo llama cuando habla con su recuerdo, a quien veía partir para el colegio y regresar con las notas en rojo; o cuando decidió “administrar” la finca cafetera, con la ingenua complacencia de su marido que creyó en él hasta que se bebió la tercera y última cosecha a cambio de deudas contraídas con agiotistas que le recordaban su obligación con la cuenta de cobro adherida a un sufragio.

El bueno, más bien, el pusilánime de Arturo papá, pagó todo: el capital y los intereses sobre intereses, los abogados y luego vino el infarto que la dejó viuda.

Toma, como acostumbra en este día del año, el álbum de fotografías en blanco y negro, algunas mal pegadas y con visibles señas de haber sido estrujadas y luego aplanchadas con la mano para fijarlas de nuevo. Cualquiera puede concluir que sobre ellas han llovido lágrimas, pero no se atrevería siquiera a mencionarlo; quedaría como esas revelaciones que nos iluminan como rayos para quedar en ese rincón donde se guardan nuestras perversidades, pero también el súbito descubrimiento de las verdades que como cadáveres ocultan otros.

Se detiene en Arturo, siete años, es navidad. Su camisa de vaqueros, el revólver de fulminantes y su cara sonriente de Hopalong Cassidy frente a la cámara. Dos páginas más, nueve años, la foto que todo niño tiene: sentado, como si escribiera en un cuaderno, como sí sonreír no se le diera bien; con el lápiz mal tomado, con su nombre al frente.

Otras páginas le recuerdan los años escolares perdidos, la farsa

del grado de bachiller, al pomposo administrador de una finca que luego la hundiría en un momento de buenos precios internacionales…, y entre foto y foto la vida prometida y la vida fallida. Nota que ella sólo aparece con él en las primeras páginas del álbum: el día del bautizo, en sus brazos y sin el llanto, siempre incluido en la ceremonia, que enternece a los padrinos; primera comunión, algún paseo… ¡de resto… nada!

Al regresar del crematorio, donde los átomos de Arturo papá se los llevó un viento en remolino que por ahí pasaba, ella misma y como resultado de la guerra que confrontó a su sentimiento de mamá con el de orden práctico, según el cual “lo que no sirve estorba”; invitó al señor bueno para nada a abandonar la casa.

Lo vio salir con una maleta vieja de cuero con sellos de hoteles de los cuarentas y de líneas trasatlánticas de barcos, mal cerrada pues hasta parte de una corbata le salía. Recuerda esa vez: su mirada rencorosa de despedida, con los párpados inferiores caídos e irritados, las ojeras profundas y alargadas, sus enormes orejas de florero, la gabardina de amplias solapas de Arturo papá, los zapatos como de clown, con los que hacía sonar la baldosa del piso mientras salía.

A veces, en las noches, la despierta lo que parece ser el sonido de esos zapatos de payaso con el mensaje del dolor no gritado, de la piedad no implorada, de la tristeza no llorada y no vuelve a dormir a pesar de los rosarios y de los salterios tan eficaces en otros momentos.

En las páginas que siguen se ven las fotografías de Danielito y Claudia; separados unas veces, otras juntos: primera comunión de ambos; él, con el cirio partido, la camisa afuera al frente; ella, como una princesa de cuento de hadas; recuerda que así le dijo al contemplarla antes de salir para la iglesia de María Auxiliadora. 

A Daniel no se le daba tan mal el estudio como a Arturo. Lo sabía tan inteligente como haragán y aun así alcanzó y pasó a su hermano mayor, a pesar de que éste le llevara cinco años en edad y en los cursos del colegio.

Danielito y su aversión al esfuerzo; su inclinación a la trampa para conseguirlo todo. Ella, con ese maldito don de profetizar las tragedias de sus hijos que al fin nada de especial tenía; le bastaba sólo dejar reposar la mente, como si fuera el platón de agua de una pitonisa que al aquietarse le permite ver los presentes venideros.

Entonces ella, sentada ahí mismo donde ahora regresa al álbum de fotos, cerraba los ojos y siempre le resultaba fatalmente claro adivinar el bandido detrás de la cara infantil, sonriente y despreocupada de su segundo hijo. Lo veía en medio del dinero, pero también perseguido, acosado por unos y otros.

Danielito, el más independiente de los tres, era muy joven cuando lo vio salir con sus manos esposadas y de camino a la cárcel; se despidió sin una lágrima y con esa sonrisa donde ella leía la historia de sus fechorías. Sabía que no volvería; decidió no amarlo y congelar ese espacio del corazón donde habitaba.

Hay noches en que aparece Danielito: la mirada muy serena, la sonrisa de siempre y sus manos esposadas rumbo a la cárcel. Él, no le dice nada y se lo dice todo. Son sus propios gritos los que por fortuna disuelven el sueño para esperar que los minutos, cada vez más lentos, se arrastren por la circunferencia del reloj de pared.

Claro, no es que poseyera gracia sobrenatural alguna-menos ella olvidada por el cielo y el infierno-, su intuición de bruja, de mayor alcance cuando se trataba de sus hijos; al fin y al cabo sintió cómo, en sus tres embarazos, se acomodó cada uno en su vientre; cómo se agitaron dentro de ella; cómo, con cada movimiento, le pareció que enviaban fragmentos de un mensaje que sólo después, al crecer, pudo finalmente leer del todo a través de los ojos grandes, con ojeras y sin brillo de Arturo, de la voz triste, de cristal quebrado de Claudia y de la sonrisa perversa de Daniel.

Claudia, la soprano, estuvo siempre a su lado. Le encantaba escucharla todo el día preparar sus presentaciones. Llenaba, en la mañana, a las 6, la casa y hasta el propio barrio, con las notas de su Ave María, de Schubert y luego, al medio día o en la tarde, con Norma, o Medea como una María Callas. Fueron días tan felices que se olvidó del Señor decepción y de Daniel el bandido que recién salía de la cárcel.

Claudia, con el pelo lacio a la cintura, las cejas abundantes y arqueadas, cuello largo; por rostro un óvalo extraído de un boceto de Da Vinci, al que habían dibujado una boca lasciva y unos ojos grandes, negros y brillantes; fue su compañía y su orgullo en especial cuando movida por los aplausos sin fin debía salir y hacer la venia al público una y otra vez.

La María Callas Colombiana, la llamaba la prensa nacional y extranjera, sólo que un poco más bella, decían, pues la nariz de aquella decididamente semítica y la de ésta aguileña, de corte recio y sensual era dulcificada por una sonrisa apenas insinuante.

Las páginas que siguen del álbum sólo la muestran a ella: sus presentaciones en los actos públicos en el Sagrado Corazón, su colegio, en uniforme de gala, al cantar o recibir un premio de excelencia; la primera vez en el Teatro Colón, con el vestido azul oscuro ajustado a su cuerpo delgado y el collar, que luciría siempre como un amuleto, de perlas de varias vueltas; muchas fotos de instantes capturados de su boca que emite una nota desgarrada.

Se detiene en una de las fotografías tomadas a ella de perfil en el mismo escenario. Al fondo, tras bastidores, aparece él, por poco no se ve, en la puerta de salida a los camerinos; el mismo que entristeció su voz, apagó su felicidad y, sin preguntárselo, fue entrando a la vida de ella, que era la suya, para convertirla en su Isolda él, que no tenía nada de Tristán, simple traficante de talentos con la promesa de llevarla al Metropolitan Opera House, en New York; al Lido en Paris o al Bolshoi en Moscú.

Luego, las invitaciones a cenar y dejar, al salir, la casa impregnada a Chanel #5 para escucharlos, al regresar, desde su habitación y cuando todo estaba en silencio, con la risa atontada de los borrachos que no logran casar la llave con la cerradura.

Le hizo notar a Claudia su disgusto, sus temores, sin poder convertir en razones las agudas vibraciones de su intuición. A veces dudaba de sí misma y casi creía descubrir prejuicios cuando pensaba en él; esa ropa ancha tan fuera de tiempo como mafioso, como Al Capone porque hasta fumaba tabaco, era calvo, obeso y lucía el mismo sombrero del bandido.

La vio descender de la cima de su carrera al infierno de las anfetaminas; su miedo a ganar peso y que este Al Capone criollo, la abandonara al verla como una Monserrat Caballé, con hermosa voz, pero sin que su cuerpo pudiera enviarle mensajes para que la abrazara, la penetrara y se quedara para siempre dentro de ella.

No volvió a escuchar las Arias, ni sus notas sostenidas, ni a ver la insinuación de su sonrisa y una noche y otra noche y la de más allá las risas en el portón cambiaron por las discusiones más fuertes los gritos más elevados del administrador artístico con ropaje de enamorado.

La última noche, el golpe fuerte que estremeció la puerta la despertó. La sangre de Claudia, algunos dientes y el carro de Al Capone que se perdía al doblar la esquina.

Ni siquiera volvió a intentarlo, no cantó más, sus notas saldrían como silbidos, pero quedaban las anfetas y le quedaría a ella, su madre, la rabia y el resentimiento por no escucharla; mil y una vez le advirtió de la maldad de esa reencarnación de mafioso. Por eso, cuando la vio tirada esa noche en el piso, no intentó levantarla, regresó a dormir y la dejó arrastrarse hasta su habitación.

La vio ella, con los años que siguieron, transformarse con prisa de mujer madura, desdentada por los golpes de Al Capone, en la anciana drogadicta que encontrarían en el banco del parque del barrio, como estatua de piedra.

Fue el descaro con que las palomas se asentaron en su cabeza, sin que esta se moviera, que alertó a los niños para luego, los padres, al acercarse, descubrieran con esfuerzo y un poco de imaginación que se trataba de la soprano del Ave María matutino con el que tiempo atrás, en su juventud, se despertaban en el vecindario.

Luego siguió Arturo quien, para avisarle, según ella, no olvidó identificarse con un golpeteo, que esta vez sintió distinto, de sus enormes zapatos a la baldosa. Asistió a su entierro con su manto y bastón y el asombro de los pocos asistentes que no entendían cómo ella, que además no lloraba, podía ser la madre de un anciano.

Pocos días siguieron para que muriera Daniel, ya retirado como delincuente. Lo supo porque esa vez, a diferencia de otros sueños, no sonreía y su mirada quieta le quemaba el corazón justo en el espacio que había congelado para él. También aquí, en la ceremonia fúnebre, las murmuraciones hasta de pactos diabólicos a los que atribuían que el tiempo se resistiera a pasar por su piel y se enredara en sus articulaciones.

Nunca, en cada uno de los años que han seguido a la centena, los ha enfrentado. Llegan, como han venido hoy y esperan, ellos, desprovistos ya de tiempo, en el corredor afuera de su alcoba, ellos, ya sin espacio.

Han acudido a la cita fijada, desde entonces, en cada calendario. Ese día restó muchas veces de la fecha y año en que lo hacía la de su nacimiento con el mismo resultado; contó con sus dedos, con un ábaco, con la calculadora y siempre: 100.

¡No le pareció justo! Ella, que llevaba, mucho antes de la muerte de Claudia, implorándole a Dios que la llevara a su presencia, así fuera con el correspondiente y purificador paso por el purgatorio.

Ella, que cada mañana antes de abrir los ojos suplicaba por ver sólo la luz divina y no la del sol que es un ofensivo grito de vida, tomó el manto, olvidó el bastón y se apresuró para llegar a la iglesia.

En el confesionario, ya se encontraba el párroco; su confesor de muchos años, desde cuando él era un primerizo sacerdote y ella, ya casada y con sus tres hijos. Le encantaba entonces porque era comprensivo y sus penitencias apenas simbólicas cuando le hablaba de la impaciencia, la rabia, la decepción que le produjeron en su momento, los hijos de don Arturo, como los llamaba ya al final.

Ese día, cuando descubrió la injusticia de Dios, y así se lo dijo al confesor; con esas mismas palabras; sin enfermedad alguna de esas de las que habían muerto sus amigas y vecinas; ni el cáncer, ni la neumonía; sus articulaciones que le dolían más 50 años antes.

Dios, continuó ese día en su confesión, le daba salud y una vida lenta a ella que pedía enfermedad y muerte rápida desde tantos años atrás

La confesión fue larga porque le explicó, como lo había hecho tantas veces, cómo se fue formando el rencor por cada hijo, la ira por su fracaso…; como si fuera la primera, como si él no conociera su corazón amargo

La respiración monocorde, de motor en neutro, que escuchó al otro lado de la rejilla la hizo comprobar, al mirar de frente a su confesor, más vencido por los años que por el sueño, que éste no había oído su queja y que su angustia no llegaría a su destinatario celestial.

Regresó a su casa, así como lo hizo hoy, y se los encontró por primera vez ahí en el mismo sitio y en idéntica forma a como ahora, ya en el corredor, los ve: Los tres como en una pose de foto antigua como de carnaval, pero sin carnaval, como artistas de un circo sin carpa… En el centro, Claudia, con, el vestido de satín, el collar de perlas de varias vueltas y los guantes largos y blancos de su última función; le sonríe con los cuatro dientes que no alcanzó a romper Capone; a un lado Arturo: la gabardina de amplias solapas, ojos opacos y tristes, ojeras largas y profundas, orejas de florero…  y Danielito con la sonrisa de siempre y la mirada calmada que apunta a su corazón.

No fue un destello de su intuición; fue el resultado de largas reflexiones que la llevaron a concluir que eran ellos, sus hijos, los que atravesados en esa frontera que tiene la vida con la eternidad no la dejaban pasar.

Por eso hoy quiere hablarles, desde este lado, el de la vida, donde la tienen atrapada con la energía del rencor que se llevaron. Nunca lo había hecho. Al principio, cuando sus pensamientos aún no concluían en esta terrible verdad que ahora la envuelve, se hubiera sentido un poco loca; pero hoy, que lo tiene tan claro, entiende que sólo con su arrepentimiento y humillación puede traspasar ese lindero tan liviano y frágil para todos; tan amurallado y fuerte para ella.

Y sentada al frente de su holográfica visión repasa la vida de cada uno de ellos, les suplica el perdón y les habla de su arrepentimiento; reconoce su culpa y desnuda cada uno de sus pecados siguiendo el método de los Diez Mandamientos y la lista de los “Pecados capitales” sin molestarse en ocultar o suavizar alguno, como sí lo hace con su confesor; siente que en esa larga exposición de sus errores ellos le han ido leyendo el alma donde se encuentra escrita su vida más secreta.

El día pasa y ella habla sin detenerse hasta agotar la lista de pecados y culpas junto a la súplica de perdón por cada uno de ellos. La visión de sus hijos también se ha disuelto y aliviada del peso, ya en la noche, reza antes de dormir, será su último sueño; despertará, libre de la vida, en el camino que, tal vez, le indiquen los ángeles.

Aún no abre los ojos, o la conciencia, o como se llame ahora, dice para sí, confiada de encontrarse en ese otro estado, a la manera de una mariposa en el momento que deja de ser oruga.

Muy, muy lento percibe una línea de luz débil y quiere pensar que proviene del cielo y llega… ¡al fin!, por su alma ya libre de culpas y pecados…

Escucha, al principio muy tenue, luego más fuerte en la medida de la luz que la invade, el Ave María cantado por Claudia. Le parece que es una buena manera de entrar en la eternidad salvo por el grosero golpeteo de esos zapatos de clown sobre la baldosa, al principio muy tenue, luego más fuerte hasta hacerla abrir los párpados para encontrarse con la sonrisa del bandido, que la mira desde sus ojos tranquilos.

Es otro día.