18 de agosto de 2022
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Juan Sebastián Giraldo Gutiérrez

El policía en pelota

11 de diciembre de 2020
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
Por Coronel RA Héctor Álvarez Mendoza
11 de diciembre de 2020

La Policía Nacional de Colombia, como los armadillos y los rinocerontes, tiene piel dura y resistente contra las dentelladas de la jauría de malquerientes y depredadores, llámense, delincuentes ordinarios, narcoterroristas, parlamentarios desinformados y sin proyectos legislativos dignos de mejor causa, resentidos politicastros con urgencias de figuración y vitrina, periodistas de tendencias críticas subjetivas y sesgadas o de sindicalistas y extremistas cultores de la guachafita, los consuetudinarios paros y las marchas injustificadas, con encapuchados propios, generosamente pagados, dispuestos a romper y destruir lo que se les atraviese durante sus acostumbradas protestas por cualquier motivo, desde las consecuencias del Covid19, la penosa campaña de la selección Colombia, los efectos de la sequía, del invierno o la calamitosa visita a San Andrés y Providencia, por primera vez en la historia reciente, del destructivo huracán IOTA.

Las razones de los ataques y propuestas reformadoras son lo de menos, lo importante para tales contradictores es alimentar el repudio contra una institución que en forma silenciosa cumple cabalmente con sus deberes de servir al pueblo colombiano, a pesar de la ingratitud y el maltrato, incluso de quienes deberían ser sus directos personeros y defensores. Que dentro del enorme contingente de las Fuerzas Militares y la Policía Nacional, ha habido “metidas de pata”? Claro que ha sucedido y seguirá ocurriendo en instituciones con centenares de miles de seres humanos proclives al error de juicio, salidos del corazón y las entrañas del pueblo colombiano y por tanto amasados con el mismo material y la misma sangre con que se nutre nuestra nacionalidad y se abona nuestra tierra. Los yerros y faltas, ocurren en cualquier familia, institución y empresa sobre la faz de la tierra, lo que explica la existencia de reglamentos y códigos de conducta apropiados para corregir cada exceso, delito y desafuero de cualquiera de sus servidores y protagonistas. Sin embargo, es preciso reconocerlo, la vigencia de los diez mandamientos no ha logrado desterrar el pecado de este mundo pecador. Hasta en la pequeña y humilde comunidad de pescadores seguidores de Jesús, fue posible la negación de un Pedro y la traición de un Judas, lo que no logró mancillar la solidez de la fe, la fortaleza de su testimonio, la perennidad de su doctrina, ni la majestad de su presencia.

No obstante, por errores individuales de procedimiento, que la institución ha lamentado, investigado, sancionado, cuando es preciso y corregido de inmediato, el asedio continúa, con ácidas críticas y desapacibles análisis que indefectiblemente conducen a interesadas propuestas de reformas estructurales sin fundamentación racional alguna, aupadas por analistas de discutible solvencia y cuestionable motivación. La progresión de iniciativas contra la estabilidad institucional se está intentando a todos los niveles, desde el alcalde, concejal o juez del más aislado municipio hasta las más altas esferas de las ramas del poder público, con destacadas y honrosas excepciones, de donde se reciben perturbadoras señales de desinterés, insolidaridad y ausencia absoluta de comprensión e identificación con la esforzada tarea del policía en la calle.

La silenciosa progresión del virtual desarme institucional por cuenta de órdenes judiciales que han conducido, entre otras cuestionables decisiones, a la prohibición del uso de los llamados “Taser”, instrumentos expresamente concebidos para controlar infractores agresivos, causando el menor daño al sujeto, la erradicación de las escopetas calibre 12 y recientemente de los gases lacrimógenos. Que tales elementos del servicio pueden convertirse en mortales, nadie lo duda, especialmente luego de los lamentables casos de Dilan Cruz y de Javier Ordoñez. Lo que es necesario establecer es que dichos instrumentos están diseñados precisamente para evitar desenlaces fatales y que en los casos mencionados, las consecuencias fueron, por un lado, el resultado de un lamentable accidente y por el otro, el exceso de servidores públicos, probablemente alterados y quizás insuficientemente capacitados.

Lo alarmante de la escalada prohibicionista es que no tarda el momento en que algún acucioso administrador de justicia de cualquier  rincón del país, resuelva prohibir el uso del bastón de mando, conocido como “bolillo”, argumentando, con razón desde luego, que en un arma potencialmente mortal, pues nadie duda que un garrotazo bien pegado en la mollera puede causar la muerte o al menos causar idiocia al infortunado receptor. Así que el modesto “bolillo” corre peligro de ser condenado al ostracismo por su potencial letalidad, como letales pueden resultar los golpes con unas esposas metálicas, un casco de motociclista policial o con el que usan los miembros del ESMAD para protegerse la cabeza de los mortales ladrillazos y las siniestras  “papas bomba”.

O, existe el riesgo de que se llegue a decisión semejante a la que, a mediados de 2018, tomó el presidente municipal (alcalde) de Alvarado, (Estado de Veracruz), México, quien, luego de despojar a la policía local de las armas de fuego reglamentarias, suministró a sus agentes sendas “caucheras” y bolsitas de tela con guijarros como recurso para enfrentar a delincuentes usualmente armados con modernos fusiles de asalto AR-15, AK-47 y Barret calibre .50, el fusil más poderoso del mundo, capaz de penetrar blindajes y derribar aeronaves. Pero, conocidos los resultados de la furrusca entre David y Goliat, las “caucheras” también podrían estar en peligro de ser prohibidas. En tal caso, es previsible que tarde o temprano, llegue el momento en que el policía, deba salir desnudo a la calle para la prestación de su servicio de vigilancia, para evitar el uso accidental, con consecuencias probablemente letales, de alguno de los elementos de dotación oficial utilizados regularmente en su trabajo. El problema entonces radicaría en definir en qué parte visible del pellejo colgarse la placa.

EL  CESPO,  ¿CAMPUS  O  PRISIÓN?

Una vez más está sobre el tapete la recurrente inquietud de dónde “alojar” a cuanto pillo de cuello blanco cae en manos de la justicia, sean funcionarios y servidores públicos de todos los niveles que han faltado a sus deberes, serrucheros y tratantes de coimas por amañadas contrataciones oficiales, administradores de justicia convertidos en traficantes de fallos y sentencias, lubricados por costosas dádivas, desde  corbatas que cuestan lo que devenga un policía en varios meses de trabajo, costosos relojes de pulso y platica en efectivo, cuidadosamente contada y empacada en bolsas plásticas, pasadas por debajo del escritorio o en cajas de cartón entregadas personalmente, y para mayor comodidad, a domicilio. Los sindicados de este tipo de delitos, que en muchas naciones son acreedores hasta de la pena de muerte por tratarse de atentados contra los recursos públicos, son quienes, alegando razones de seguridad personal, se aferran como rémoras a la opción de la casa por cárcel o en el peor de los casos, en “levantar posada” en cuarteles, casinos de oficiales, escuelas y centros de formación y especialización de cualquiera de las ramas de las Fuerzas Militares y de la Policía Nacional.

En tales instalaciones militares o de policía algunos usuarios uniformados, sin posibilidades de chistar, han debido ceder sus propios lugares de descanso y esparcimiento para alojar a esta clase de huéspedes. Tal el caso del ex fiscal anti corrupción, quien según ha trascendido, a su regreso al país, deportado de Estados Unidos luego de purgar pena de prisión, aspira a obtener cupo en el Centro de Estudios Superiores de la Policía Nacional, conocido con el acrónimo CESPO, instituto que por sus características de “campus” de centro universitario de especialización policial, no merece ser destinado a servir como centro especial alternativo de detención de personajes, del todo ajenos a la comunidad policial o militar. En ese orden de ideas, seria lo mismo que pretender acudir con demandas semejantes a cualquiera de las universidades, colegios o institutos docentes de la ciudad, dotados de extensos “campus” con suficiente capacidad y excelentes instalaciones.

DELINCUENTES CON  SENTIDO  DEL  HUMOR

Y qué pensar del señor juez, que en días pasados dejó en libertad a tres de cuatro apartamenteros, capturados por la policía cuando intentaban asaltar una residencia del barrio Normandía de Bogotá, portando sendas pistolas con silenciador, proveedores, municiones y radios de comunicación. Durante su detención, los descarados delincuentes se dedicaron a reírse, hacer bromas y muecas de burla contra los policías, según quedó en evidencia en fotografías conocidas a través de algunos medios de prensa y en redes sociales. No obstante las pruebas aportadas, el señor juez decidió que tres de los cuatro individuos no merecían quedar detenidos y en cambio decidió reaccionar contra los policías por atreverse a captar y filtrar las imágenes de los sonrientes y burleteros asaltantes. ¡Qué tal esa..!