27 de enero de 2022
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El oso (Paidós) de Michel Pastoureau

18 de diciembre de 2020
18 de diciembre de 2020

Por Darío Jaramillo Agudelo

El título completo de este libro es El oso. Historia de un rey destronado. Su autor, Michel Pastoureau (París, 1947) es una de las eminencias de la Escuela de Altos Estudios y es conocido, entre otros, por su Breve historia de los colores.

Entre los primeros habitantes de Europa existe el culto al oso. Para los germanos es “más fuerte que cualquier otro animal, es el rey del bosque y de todas las bestias. Los guerreros tratan de imitarlo y de apropiarse de su fuerza mediante rituales particularmente salvajes (…). No sólo lo ven como un animal invencible y como encarnación de la fuerza bruta; también es un ser especial, una criatura intermedia entre el mundo de las bestias y el de los humanos, e incluso un ancestro o un pariente del hombre (…). Además existe la creencia de que el oso macho se siente atraído por las mujeres jóvenes y las desea carnalmente; con frecuencia las busca, a veces las rapta, luego las viola y ello da lugar a seres medio hombres medio osos que son siempre guerreros indomables y hasta fundadores de linajes prestigiosos”.

Estas creencias estaban también presentes entre los eslavos y entre los celtas. En los tiempos de Carlomagno, “en una gran parte de la Europa no mediterránea, el oso aparece aún como una figura divina, un dios ancestral cuyo culto reviste formas variadas pero que está sólidamente anclado e impide la conversión de los pueblos paganos”. Por eso la Iglesia cristiana medieval tuvo una lucha contra esa imagen cultual de oso. “Esa lucha duró cerca de mil años, atravesó toda la alta Edad Media y la época feudal y no terminó hasta el siglo XIII, cuando desaparecieron las últimas huellas de los antiguos cultos ursinos y cuando en toda Europa un animal exótico procedente de las tradiciones orientales, el león, se adueñó definitivamente del título de rey de los animales que hasta entonces había pertenecido al oso”.

Me gustan mucho las historias transversales; seguir la cronología mirando un punto específico: la ropa, los hábitos alimenticios, el rol de la mujer, la poesía, los símbolos, los mitos, las creencias, la técnica. Y Pastoureau ha hecho aportes muy novedosos, como los colores y, ahora, el oso. Y para contar el apogeo y caída del oso en Europa, parte de “cuando los osos y los hombres del Paleolítico compartían los mismos territorios y las mismas presas, a veces las mismas cuevas y sin duda los mismos miedos. Por el otro extremo se prolongará más allá de la Edad Media, para intentar descubrir lo que ha sido el destino del oso una vez depuesto de su trono: privado de todo prestigio, transformado en un animal de feria o de circo, a menudo humillado o ridiculizado, continuó ocupando no obstante un lugar de primer plano en el imaginario de los hombres. Al hacerlo, olvidó convertirse poco a poco en objeto de sueños y fantasmas; y en el siglo XX tomó su revancha transformándose en un verdadero fetiche: el osito de peluche. Parece que entonces se cierra el círculo y el oso vuelve a ser lo que había sido 30.000, 50.000 u 80.000 años antes de nuestra época: un compañero del hombre, un pariente, un ancestro, un doble, tal vez un dios o una divinidad tutelar”.

Según lo testimonian las pinturas rupestres, “el oso no es la estrella del bestiario artístico del Paleolítico (…). Los dos animales más dibujados son el caballo y el bisonte”. Lo que sí se halla en muchas cavernas son “miles de osamentas. Su número, su acumulación en determinados sitios y su disposición metódica en otros, nos llevan a interrogarnos sobre su origen”. Por variar, los interpretadores no se ponen de acuerdo si se trata de “verdaderos santuarios donde se celebraban las ceremonias de un culto en las que el oso tenía un papel principal (…). En las cuevas más antiguas, entre el 80% y 90% de las osamentas encontradas pertenecen a osos. En algunos casos se alcanza incluso un 100% como en la cueva Eirós, en España”. Por todo esto, y más, varios especialistas “han confirmado la existencia de una religión paleolítica del oso”. En Francia se hallaron, inclusive, “dos sepulturas, una al lado de la otra, de un hombre de Neandertal y de un oso pardo”.

Viniendo más cerca de nuestros pandémicos tiempos, en las épocas arcaicas de la cultura griega aparece Artemisa como diosa de los osos, para no añadir que “la rica Arcadia, situada en el centro del Peloponeso, es etimológicamente ‘la tierra de los osos’”. Y añade Pastoureau que “el motivo del niño recogido y criado por un animal salvaje está presente en la mayoría de las mitologías y leyendas relativas a los orígenes de los héroes”. Por ejemplo, Atalanta fue amamantada por una osa. En fin, “entre los celtas, como entre los germanos, los bálticos y los eslavos, el oso es el rey de todos los animales y por lo tanto el animal regio por excelencia”.

“Cada cultura, en un momento u otro de su historia, elige un ‘rey de los animales’ y lo convierte en la estrella de su bestiario simbólico (…). En África unas veces es el león, otras el elefante, y en algún caso el rinoceronte. En Asia, el león, el tigre o el elefante. En América, el águila o el oso, o incluso, en las regiones donde está presente, el jaguar. En Europa, durante mucho tiempo el oso, y más tarde el león. Claro está que en alguna ocasión encontramos variantes, pero están circunscritas o en el espacio o en el tiempo; y un ‘verdadero’ rey de los animales debe serlo a largo plazo y en varias áreas culturales diferentes. Por lo tanto, a la hora de hacer un balance a escala planetaria, no existen por decirlo así más que cuatro reyes de los animales: el león, el águila, el oso y el elefante”. En el caso concreto del oso, “tanto los germanos como los celtas, los eslavos, los bálticos y los lapones miraron al oso como un animal aparte, hicieron de él la estrella del bestiario y, de una forma u otra, le rindieron culto”.

Lo primero que resalta en el oso es su fuerza, su tamaño, su imponencia. El oso pardo europeo (el objeto de este libro, una de las siete especies de oso) tiene una estatura entre 2,5 y 2,8 metros y un peso que fluctúa entre los 300 y los 500 kilos. Media tonelada de fiera. Por eso no es raro que el rito de iniciación de los guerreros germanos –y también de los escandinavos– sea “la lucha contra el oso y matarlo”: “la lista de los héroes literarios o legendarios que, a lo largo del siglo XII, se enfrentaron y vencieron a un oso o a un monstruoso úrsido, es larga, empezando por los más grandes: Roland, Tristán, Lancelot, Yvain y el propio rey Arturo”. Otros ritos son beberse la sangre del oso y disfrazarse con su piel, en fin, en una especie de comunión, los soldados se convierten, ellos mismos, en osos: “su papel es netamente militar”. También su nombre es raíz de muchos nombres; para empezar, el nombre del rey Arturo; y otros nombres de humanos que llevan a los osos son Úrsula y Martín. En últimas, el oso “es no sólo el rey del bosque, sino también una criatura intermedia entre el mundo de los animales, el de los hombres y el de los dioses”.

Según Pastoureau, ante la pregunta sobre cuál animal se parece más al hombre, responde que “en Europa (…) sólo hay tres animales de los que realmente se haya pensado que mantienen con el ser humano lazos de semejanza, proximidad o parentesco: el oso, el cerdo y el mono”. En cuanto al mono, ya Aristóteles afirma que “es el más próximo”, creencia que se apagó por muchos siglos, hasta que la reanimó Darwin. En cuanto al cerdo, la medicina griega y la árabe comparten la idea de que “el puerco es el animal más cercano al hombre por su organización interna, especialmente en lo que a la anatomía de los principales órganos y al funcionamiento del aparato digestivo se refiere”. Añade que la medicina actual aprovecha mucho del cerdo: “injertos de órganos y de piel, tejidos, apósitos y productos esenciales como la insulina y los anticoagulantes”.

Queda el oso. “A primera vista, ningún otro animal presenta un aspecto más netamente antropomorfo”: la misma estatura, la misma silueta, “camina poniendo en el suelo la totalidad del pie, hasta el talón” y “una vez privado de su pelaje, el cuerpo del oso es idéntico al del hombre (…), puede mantenerse de pie”, «sentarse, acostarse de lado o en decúbito prono, correr, nadar, zambullirse, voltearse, trepar, saltar y hasta bailar”; incluso “puede caminar hacia atrás, bajar una escalera al estilo humano, con la espalda de cara al vacío (cosa que ningún otro animal es capaz de hacer)”.

Además, durante mucho tiempo, desde Plinio, pasando por la Edad Media, se creyó falsamente que “los osos no copulan como los demás cuadrúpedos, sino a la manera de los hombres y las mujeres, acostados y abrazados, cara contra cara, vientre contra vientre”. Esta creencia perduró hasta el siglo XVII, junto con la unánime fama de lascivia; fue en esa época que se estableció “que la hembra no entra en celo más que una vez al año (…), que muchas veces es monógama y que busca cada año al mismo macho”. Eso sí, la esperma del oso puede preñar a las mujeres: por ejemplo, una antigua crónica escandinava afirma que “el bisabuelo del prestigioso rey de Dinamarca Svend II Estridsen (1047-1076) era hijo de un oso” y varias sagas refieren “algunas proezas (o fechorías) de seres medio hombres medio osos. A veces no son hijos de una fiera y una mujer, sino héroes que se han transformado en osos por algún maleficio”.

“Rey de los animales, presente en todos los territorios, aterrador y temido, atributo de los jefes y guerreros, símbolo de salvajismo y de sexualidad exacerbada, primo o presunto ancestro del hombre, objeto de veneración y de ceremonias paganas en toda la Europa del norte, aficionado a las mujeres jóvenes con las que se supone que copula, es lógico que el oso tenga aterrorizada a la Iglesia cristiana de la alta Edad Media. Le parece más peligroso que todos los animales autóctonos y hasta una criatura del Diablo”. Por eso le declaró la guerra, una guerra que duró casi mil años.

¿Cómo fue esa guerra? Lo primero fue “eliminar físicamente al oso, organizando batidas y masacres”. Luego vino una campaña de descrédito: ahora el oso será un animal sometido y se convertirá en “la encarnación de numerosos vicios”, aparte de que “el Diablo adoptaba a menudo la forma de un oso”. Y, encima de todo, una campaña de ridiculización: “el animal con bozal y cadena, acompañó a los juglares y titiriteros de castillo en castillo, de feria en feria”, de modo que el oso pasó de ser el rey de los animales a convertirse en un “simple animal de circo”. Al comienzo del siglo XIII “la partida ya estaba ganada” y todo estaba listo para entronizar al león como rey de los animales. “En todas las historias en donde entran en contacto el oso y el santo, desde la época merovingia hasta bien entrada la Edad Media, la idea principal es que el santo domina al animal (…) y hasta a veces lo convierte a la religión de Cristo”. “El argumento de la narración es casi siempre el mismo: el santo sale de viaje, con un animal doméstico (asno, mula o buey) que lleva todos sus pertrechos; llega el oso hambriento que devora ese animal, y el santo obliga al oso a sustituirlo y a llevar su equipaje”.

La lucha contra el oso también fue parte de una estrategia más amplia que adelantó la Iglesia cristiana y que consistía en reemplazar las fiestas y los ritos paganos con celebraciones de la nueva religión. San Agustín sentenció: “el oso es el Diablo”; y hay una época de la historia europea, principalmente alrededor del año 1000, en que todos los males están monopolizados por la omnipresencia de los demonios: “atormentan a los hombres, entran en ellos para poseerlos, expanden los vicios y las torturas, provocan los incendios, desencadenan las tempestades, propagan las epidemias” y etcétera. Hay testimonios de los siglos XII y XIII que revelan que el diablo adopta la forma de oso “para mejor engañar, amenazar y apartar de la vía de Cristo a jóvenes monjes vulnerables o bien a hombres y mujeres cuya fe se tambalea”.

“Después del año 1000, la larga guerra contra el oso emprendida por la Iglesia de la época merovingia [siglos V a VIII] empezó a dar realmente sus frutos. Eliminado físicamente por las batidas sistemáticas, vencido simbólicamente por un gran número de santos, demonizado por los textos, las imágenes y la predicación, el oso de la alta Edad Media acaba por bajar de su trono y unirse al cortejo de los animales corrientes (…). Es cierto que esa desacralización se hizo lentamente y jamás llegó a ser completa (…), pero ya había dejado de ser la gran fiera venerada de los bosques europeos, el dios de los guerreros, el ancestro fundador de varias dinastías salvajes y prestigiosas (…). Su trono se tambaleaba cada vez más, hasta el punto de que a finales del siglo XII principios del XIII se vio obligado a abandonarlo definitivamente. La Iglesia había logrado su objetivo”.

Y, aunque “los teólogos condenaban desde la época paleocristiana todos los juegos y prácticas en que hombres y animales compartían un mismo ritual”, en aras de destronarlo resolvieron “dejar que los fieles contemplasen un oso sólidamente encadenado”, con un bozal, bailando en las ferias y fiestas para convertirlo en “una especie de bufón triste y resignado”. Todos podían verlo, con una excepción que revela con precisión el concepto que teólogos y jerarcas tenían de las mujeres: “sólo las mujeres jóvenes tienen que mantenerse algo alejadas. No porque el animal pueda romper su cadena y alcanzarlas, violarlas o huir con ellas, sino más bien porque el deseo sexual que tradicionalmente atrae al oso hacia la mujer tiene fama de ser recíproco”.

“En los albores de la Edad Moderna, se instaura progresivamente un nuevo bestiario simbólico en el que el oso tiene un papel cada vez más discreto”, sin embargo “son numerosas las leyendas y tradiciones que siguen presentando al oso macho como un seductor o un raptor de doncellas y mujeres jóvenes”. Ya en el siglo XVII el oso aparece sistemáticamente como un ser “ignorante, peligroso y melancólico”, como se nota en las fábulas de La Fontaine. Y va perdiendo interés en beneficio de otros animales: “el siglo XVI se interesa especialmente por las aves y los peces; el conocimiento de estos últimos, rudimentario en la Edad Media, progresa de forma espectacular. El siglo XVII, que inventa el microscopio, se interesa por los insectos, los ‘gusanos’ y los animales pequeños. En cuanto al XVIII que ve a los europeos aventurarse por nuevas tierras y océanos, se siente atraído sobre todo por especies hasta entonces desconocidas cuyo descubrimiento obliga a revisar y multiplicar las clasificaciones zoológicas”. Después de 1860 se revisa la taxonomía de los úrsidos y se establecen “siete especies nada más (frente a las veinticuatro que llegó a haber en 1850): el gran panda (China y Tíbet), el oso de anteojos (cordillera de los Andes), el oso perezoso (regiones montañosas de la India y Sri Lanka), el oso negro (América del Norte), el oso pardo (Europa, Asia, América del Norte) y el oso polar (zonas árticas y aledaños)”.

El final es paradójico: “a partir del siglo XX los osos de zoo y del circo ya no son los únicos que divierten a los niños. En forma de juguete, el animal ha hecho su entrada en todas las casas (…) y no fue hasta principios del siglo XX cuando nació el más famoso de todos: el osito de peluche, [que] es el primer objeto que el niño domina totalmente, puede hacer con él lo que quiera, llevárselo adonde quiera, a la escuela, al hospital o de colonia. Puede torturarlo y destruirlo sin tener que dar cuenta a nadie. Y al mismo tiempo, ese oso es a menudo su confidente, su cómplice, su ángel guardián; sustituye a la vez al padre y a la madre, al hermano o a la hermana, y forma parte de la familia. Es a un tiempo un juguete y una persona, un oso y un ser humano”.

La traducción de El oso se debe a Núria Petit y la edición contiene 34 muy informativas ilustraciones en color.