27 de enero de 2022
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Breve postal de diciembre

10 de diciembre de 2020
Por José Miguel Alzate
Por José Miguel Alzate
10 de diciembre de 2020

Diciembre es un mes diferente a los demás. No porque el cielo sea más azul o el aire más fresco, ni porque el viento sople más suave. Es diferente porque se encienden las fogatas de la alegría. Las campanas echan a vuelo para convocar al recogimiento espiritual, las luces se encienden sobre el copo de los árboles, los balcones se adornan con motivos navideños. Desde el primer día las familias se reúnen para planear cómo se celebrará la noche de navidad. Todos a una, convocados por la tradición, aportan ideas para el arreglo de la casa. Se ponen, entonces, aquí y allá, elementos decorativos. Luego se hace el pesebre. Y mientras se arman los rebaños con las ovejas, suenan esos villancicos que nos hablan sobre el nacimiento de Jesús.

Diciembre tiene un encanto especial. El ritmo frenético de la vida como que se detiene un poco. Es un mes donde afloran los sueños. Tiene un no sé qué de mágico, como un murmullo de guitarras que invita a la alegría. El árbol navideño que, con sus bolas de colores, se levanta en un rincón de la sala, simboliza el respeto a las tradiciones. El Papá Noel cargado de regalos, que en los almacenes adorna las vitrinas, llama la atención de los niños que, absortos, miran los juguetes que allí se exhiben. El bullicio de las calles es un complemento de esa felicidad que llena los corazones. Es el mes de los alumbrados. Un mes vestido de esperanza, donde se regalan sonrisas como flores para alegrar la vida.

Diciembre viene cargado de sorpresas. Es un mes que  invita a la reconciliación, al reencuentro, a dar amor. Los juegos pirotécnicos que hieren como cuchillos el firmamento, los globos que en la noche se elevan hacia el cielo, las luces multicolores que se encienden en los parques son elementos vivos de un mes diferente a los demás, con más encanto, con más calor humano. Es un mes para recordar a los seres queridos que ya no están con nosotros. Un mes que nos invita a vivirlo con entrega total. Un mes que nos abre las puertas para alcanzar la reconciliación. Su mensaje de amor trasciende. Tiene sabor a natilla fresca, a buñuelo caliente, a chocolate hervido. Tiene el color de las luces que se encienden en el árbol de navidad.

Diciembre tiene olor a tierra mojada, a pasto recién cortado, a musgo fresco. Los aletazos finales de noviembre anuncian la llegada de un mes con más vida. El entusiasmo crece, la alegría se desborda, el jolgorio gana espacios. Cuando el primero de diciembre la luna asoma su silueta dorada en la pizarra azul del cielo, un viento cálido recorre las calles. Y aparece de pronto, entre el brillo de los luceros, una estrella que irradia su luz en el firmamento. Es la estrella de diciembre, que tiene un brillo más intenso. En la mañana del 24, el sol asoma por las rendijas blancas de las nubes anunciando un nuevo día. Es el día esperado por los niños, que esperan ansiosos la llegada de la noche para con ojos asombrados destapar los regalos.

Diciembre es el mes de los más dulces recuerdos. Se recuerda cómo el abuelo se sentaba en una silla, al lado del pesebre, para platicarles a los nietos su evangelio de amor. Se recuerda cómo, en otros tiempos, la pólvora hacia parte de la celebración, y los triquitraques reventaban en la calle con sonido ensordecedor. Se recuerdan con nostalgia los momentos compartidos en familia. Evocamos los carritos de plástico que tuvimos en la infancia, y sentimos nostalgia por los tiempos idos. Y volvemos a ver la cartica que con caligrafía insegura los niños ponen en el árbol de navidad, dirigida al Niño Dios, donde escriben qué regalo desean. Y recordamos los cascabeles hechos con tapas de gaseosa que de niños utilizamos para acompañar el canto de los villancicos.

La navidad le pone color a la vida. Porque ayuda a olvidar las tristezas. Porque nos hace dejar a un lado las angustias. Porque aparta de nuestro corazón las penas. Es decir, es un mes que le abre campo a la alegría. Se viste de azul y blanco. En la dulzura de María expresa alegría, en la paciencia de José resignación y en el niño en la cuna esperanza. Alrededor del pesebre se celebra una tradición que le abre caminos a la reconciliación y a la convivencia. Es tiempo para olvidar los agravios. Época para que aflore en los corazones el perdón, la humildad y el arrepentimiento. Diciembre es un mes para dar amor. Un mes diferente a los once meses anteriores. Y aunque este diciembre la pandemia nos impida dar abrazos, celebraremos alborozados el milagro de la vida.