18 de enero de 2022
Directores
Orlando Cadavid Correa
Evelio Giraldo Ospina

100 años de radio-90 en Colomba

22 de diciembre de 2020
22 de diciembre de 2020

Antonio Pardo García

(La radio, la fuerza que conecta al mundo –280 hitos)

Primera edición, noviembre de 2020

Ediciones Aurora, Bogotá

550 páginas

 Publiqué “En Altavista se acaba Medellín”, mi primer libro, con dinero prestado por una cooperativa de ahorro y crédito, pero no fui capaz de recuperarlo con el producido de las ventas, por lo que el préstamo tuvo que ser pagado con dineros de mi propio bolsillo. Cuando el libro empezó a circular, me dieron un dato que yo ignoraba y por eso se quedó por fuera de crónicas: En los primeros tiempos del barrio hubo una emisora de radio local, de garaje, que podía sintonizarse en unas cuatro cuadras a la redonda y no era más. De haberme enterado a tiempo, quién sabe, tal vez hasta me hubiera convertido yo en hombre de radio. 

Mi esposa y yo vivíamos en Bucaramanga con nuestros dos pequeños hijos de seis y de dos años cuando viajamos de vacaciones a Santa Marta en el sector de El Rodadero, y nos presentamos en la recepción del hotel donde teníamos reservaciones. “Sí tienen reservación, pero a partir de mañana a las tres de la tarde. En estos momentos todas las habitaciones están ocupadas”. La joven hizo intentos de encontrar algo para nosotros, pero fueron infructuosos por ser época de temporada turística. Llamé a un amigo a Bucaramanga, que me pidió lo volviera a llamar en veinte minutos y nos dio su recado: Si no teníamos inconveniente, “No se muevan. El esposo de mi tía los recogerá a la entrada del hotel y los llevará para hospedarlos en su casa del barrio La Gaira”. No era lo más cómodo molestar a unos desconocidos, pero eso era mejor que nada, y nuestros anfitriones resultaron ser espléndidos y se desvivieron por hacernos sentir bien, empezando por el asunto de los teteros para la niña. El joven que nos recogió, su hijo mayor, tenía un hobby instalado en el segundo piso de su casa, y era una emisora barrial que cubría tal vez mil metros en redondo de la antena emisora. “Radioooo Gairaaaaa… Su alegre compañía… a continuación, “La cumbia sampuesana”, en interpretación de La Banda del Barrilitoooo”. Nos pareció simpática esa emisora sintonizada en diez cuadras a la redonda y patrocinada por la tienda del barrio, la carnicería del barrio, la peluquería del barrio, la modistería del barrio, etc. 

Total que, con esos antecedentes, cuando llegó a mis manos una novela del escritor y periodista radial, y diplomático, David Sánchez Juliao, la leí con fruición. Sánchez Juliao, como se sabe, era un hombre de mucho humor. Esa novela se titulaba “Buenos días, América”, y trataba sobre el dueño y locutor de una emisora pueblerina en cercanías del municipio de Lorica, enamorado de una vecina suya de nombre América, que cuando él la veía asomar en la puerta de su casa para barrer la acera la saludaba al aire desde la ventana de la emisora con un efusivo acento costeño soltado a todo pulmón, como si lo estuvieran sintonizando hasta en la Patagonia: “¡Buenoj díaj, Américaaa!”. 

Así es que cuando la madre del niño Antonio dio a luz el 22 de noviembre de 1934 en el barrio Manrique de Medellín, su hijo tal vez llevara nueve meses oyendo radio en el vientre materno. Puede decirse que él nació con la radio metida entre el tetero, puesto que las emisoras Radio Medellín (después La Voz de Antioquia), y Emisora Medellín (después La Voz de Medellín), transmitían desde 1929; y la emisora Ecos de la Montaña lo hizo desde 1932. 

Era un jovencito que apenas había acabado de dejar atrás la niñez cuando entró a trabajar en la radio, y desde entonces don Antonio Yesid Pardo García no ha dejado de hacerlo, porque hasta sus años de retiro como pensionado los ha ocupado en la recolección de datos, organización, redacción, presentación, y puesta a punto para la publicación de este libro en el que recoge la historia del centenario de la radio comercial en el mundo y los 90 años de existencia en Colombia; y que ni la televisión, ni los teléfonos celulares, ni el Internet, han logrado destronar de su sitial. Nuevos nombres de emisoras y nuevos formatos de programa han aparecido, pero se escucha mientras las amas de casa hacen los oficios, y en los taxis y los buses se escucha mientras transportan los pasajeros a su destino. 

No es coincidencial que este libro haya sido presentado en el mes de noviembre de 2020, pues el día 2 se cumplieron 100 años de la primera emisión de la radio comercial en los Estados Unidos y el mundo; y el 22 de noviembre cumplió 86 años su autor. En el 2019 se habían cumplido los 90 en Colombia. La salida del libro, puede decirse, marca el mes de esos hitos cruciales en la vida de don Antonio Pardo García. Para su salida, el periodista Orlando Cadavid Correa publicó en la revista Eje 21 una reseña que puede leerse en este enlace: 

https://www.eje21.com.co/2020/11/100-anos-de-radio-90-en-colombia/

 Antes de adentrarnos en la reseña conviene que hagamos una composición de lugar o una puesta en sus botines. Supongamos que a alguien se le ocurre escribir un libro sobre el Congreso de Colombia en la segunda mitad del siglo XX. Muy dispendioso será escribir los nombres de la alineación del centenar de congresistas que se relevan cada cuatro años, los proyectos presentados, los debates, la suerte de esos proyectos, y sus consecuencias. Una labor monumental. O supongamos que alguien quiere escribir sobre el fútbol colombiano en los últimos cincuenta años del siglo. Los equipos, sus directores técnicos, sus alineaciones, los resultados en el campeonato año por año, los dirigentes de los equipos, el accionar de la Dimayor, las anécdotas y circunstancias ocurridas en este medio siglo. Una proeza. Este libro sobre la radio podemos decir que no es menos, y podemos afirmar así mismo que no es algo que pueda escribirse a punta de recuerdos en los últimos diez años de la vida de una persona, ni puede ser escrito por alguien que no lo haya vivido en carne propia. 

Es un libro que Pardo empezó a escribir casi que desde sus comienzos en este medio, porque contiene tal profusión de datos y nombres que no es posible que puedan confiarse solamente a la memoria, y lo hizo desde los tiempos en que el computador como herramienta de escribir no existía, o sea que hizo uso de fichas, tarjetas, cuadernos, libretas, documentos, recortes de prensa, y toda clase de soportes guardados en cajas. Para cuando pudo hacer uso de la tecnología moderna, ya tenía un gran bagaje de recopilaciones puestas a buen recaudo y ordenadas con el sentido de a donde quería llegar. 

Es claro que nadie, y eso lo incluye, puede reseñar la totalidad de los acaeceres en una industria como la de la radio en todos los rincones; y, por lo tanto, él se limita a lo que tiene en sus recuerdos, a lo que a él le llamó particularmente la atención, a lo que llegó a su conocimiento. Lo que él pone en su libro es su visión, que con seguridad diferirá en tal o cual detalle de la de los lectores. Encuentro, por ejemplo, una muy somera mención al programa “Serenata del medio día”, patrocinado por la calcetería Pepalfa, cuando para mí fue un programa tan importante en mi niñez; pero no es de extrañar puesto que se oía cuando ya él estaba viviendo en Bogotá. Menciona, en cambio, otros programas similares que fueron exitosos en la audiencia capitalina, y por aquí no se oían. Es lo normal. Menciona a los artífices del programa “La ley contra el hampa” en Bogotá, pero no menciona a Jaime Valdés Molina y a Jaime Barona Home, que lo fueron en Medellín. Menciona a don Carlos Pérez Ángel, pero no el hecho de que él en Caracol Cúcuta fue toda una institución por muchísimos años, y fueron allá instituciones Álvaro “El Mocho” Barreto Niño y Fermín Delgado, que en este libro no se mencionan, como no menciona a Electo Gil Bustamante y a Julio de la Rosa Insignares, que lo fueron en la radio de Valledupar. Es normal, y lo lógico es que sus recuerdos estén centrados en la radio capitalina y en la de las dos o tres ciudades principales donde él laboró. 

Llegó a vivir a Bogotá, y allá se ha movido como pez en el agua “de toda la vida, ala”. Paso a copiar el enlace del escrito de su amigo y compañero de trabajo don Óscar Domínguez: 

https://www.eltiempo.com/opinion/columnistas/oscar-dominguez-giraldo/columna-de-oscar-dominguez-giraldo-sobre-antonio-pardo-garcia-550226

 Desisto de puntualizar glosas o anotaciones de lectura que no tendrían sentido citadas fuera de contexto, pero invito a los interesados a ponerse en contacto con la editorial para pedir instrucciones sobre cómo adquirir el libro, bien sea de manera física o de manera virtual: 

www.edicionesaurora.com

 Me quedó claro que aunque es este un libro fácil de leer, escrito en un agradable estilo periodístico y no en estilo literario, sí se trata de una obra de consulta a la que uno deberá volver una y otra vez cuando se trate de asuntos relacionados con la radio en nuestro país. 

De todos modos, para no dejarlos con la intriga, les cuento que una de mis anotaciones tiene que ver con la radioactriz y locutora de radio, primero; y luego de la televisión, Teresa Gutiérrez. Teresa es mencionada en el libro en varias veces, naturalmente; y también son mencionados varias veces los hermanos Carlos, Fernando, y Max Gutiérrez Riaño. Fernando fue director de Radio Sutatenza. Carlos fue propietario de la emisora Nueva Granada. Teresa Gutiérrez Argáez era hija de Carlos y trabajaba en su emisora conversando en cabina con la cantante Carmencita Pernet cuando vieron entrar a un hombre muy apuesto que resultó ser el cantante Alberto Granados (Luis Alberto Giraldo Holguín). “Mira qué hombre tan bello”, le dijo Teresa a Carmencita, “ese va a ser mi marido”. Mujer acostumbrada a conseguir lo que se proponía, se casó con él y fue el padre de su hijo Luis Alberto Giraldo Gutiérrez. Luego se separaron, pero las actividades en la emisora la pusieron en contacto con don Américo Belloto Varoni (Don Américo y sus Caribes) un músico llegado de Buenos Aires a presentaciones en Colombia. Belloto fue su segundo esposo, y gracias a él vivió diez años en la capital argentina en donde nacieron sus hijos Miguel Belloto Gutiérrez (Miguel Varoni) y su hermana Ylia. 

Sentí que en el libro hacían falta estos datos, pero de haberlos tenido las 550 páginas se hubieran duplicado o triplicado en un contenido que era ya de por sí voluminoso. De hecho, me enteré de que el primer borrador de este libro pasaba de las mil páginas y tuvo que ser reducido para poder publicarlo. Aun así, quedó un volumen tamaño biblia que yo apodé en broma “Pequeño Larousse Ilustrado” por comparación con un diccionario de mi niñez que de todo tenía menos de pequeño. También he dicho a mis amigos que “estoy leyendo de un tirón el bolsilibro sobre la radio que sacó don Antonio Pardo García”, cuando para cargarlo no se requiere de un bolsillo sino de una mochila espaldera de las amplias. La impresión que me quedó de su lectura, es que un “Libro Gordo de Petete” que contiene todas las respuestas y vale lo que pesa. No tiene desperdicio para los que hemos sido amantes de la radio de toda una vida. 

Hay tal cantidad de amigos míos cercanos, de mis afectos, que figuran mencionados en el libro y brillan por su presencia, que se me haría muy dispendioso repetir sus nombres a riesgo de dejar algunos por fuera; y mucha es también la cantidad de mis conocidos que brillan en él por su ausencia. Desistí de compartir con ustedes esas anotaciones porque equivaldría a publicar un libro tan voluminoso como el reseñado. 

En conclusión, tal vez no seamos multitud los viejos que estamos en capacidad de degustar este libro deleitándonos con fruición, ya que lo vivimos en el día a día desde la niñez, porque nos hemos venido muriendo. En cuanto a los jóvenes milenials y centenials, dudo que resistan la lectura de un libro que supere los 140 caracteres delimitados por Twitter para caber en el pequeño rectángulo de una pantalla de celular. 

ORLANDO RAMÍREZ-CASAS (ORCASAS)